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Hay veces que quieres mover una sola pieza y se te descoloca el tablero completo; hay veces que solo pretendes colocar un clavo y se te derrumba la pared; hay veces que la montaña entera se desmorona a tu alrededor cuando apenas has llegado a la cumbre; hay veces que tu único deseo sería salir corriendo sin mirar atrás, sin mirar a ninguna parte, solo al frente, sin ni siquiera esperar encontrar un objetivo, un destino, un lugar donde parar, porque temes que al dejar de correr vas a verte de nuevo en el punto de partida.
No se puede huir, solo cabe afrontar el golpe y confiar en que tu resistencia sea suficiente como para no ser arrastrado en ese intento hasta el fondo de la sima, allá donde fueron las piezas del tablero, la pared y la montaña.
* * *
—Tenemos que hablar, Yolanda, es importante. —La voz de la inspectora Rizos sonaba afectada. Esa fue la percepción que tuvo Yolanda Oliver al escucharla a través del teléfono.
—¿Habéis encontrado ya a los culpables?
—En el caso de la muerte de tu madre, tenemos a un sospechoso, aunque aún no hemos podido detenerle.
Creemos que está intentando huir. O le han alertado o, simplemente, se ha olido que íbamos a por él; en el caso de la muerte de tu padre, sí, tenemos a un asesino confeso, pero no es el único. De eso es de lo que tenemos
que hablar. Preferiría que fuera con los tres al mismo tiempo.
—Pero eso es una buena noticia, ¿no?
—Es mejor que vengáis para conocer los detalles.
—Me estás asustando, Susana, tengo la intuíción de que algo va mal.
—No es que vaya mal, es que no siempre se encuentra lo que se espera. Dime cuándo podéis estar aquí los tres, no importa si no es hoy mismo, incluso te agradecería que nos dieras un día más. Aún hay algunos detalles que no están del todo claros.
—De acuerdo, hablaré con mis hermanos y te llamo.
Susana Rizos sabía el terremoto que iba a provocar en Yolanda y en sus hermanos; sabía del dolor, de la negación, de la rabia, de la confusión… todo eso iba a provocar con sus palabras y todo eso iba a destrozar su esperanza, definitivamente, desgarradora- mente.
—¿En qué piensas? —la voz del subinspector Carrasco le hizo levantar la vista de la botella de agua que giraba una y otra vez entre sus manos, mostrando a su compañero unos ojos vidriosos al borde del llanto.
—Pienso en mañana.
Carrasco se acuclilló a su lado.
—¿Qué va a pasar mañana que te provoca esa tristeza?
—Tengo que informar a los hijos de Oliver.
—Entiendo. No puedes ocultarles que su madre participó en el plan que acabó con la vida de su padre. Eso es duro.
—Eso es infame. Y me toca hacerlo a mí.
—¿Prefieres que sea yo quien les ponga al co- rriente?
—¡No! ¿Cómo voy a pretender eso? Es mi res- ponsabilidad. Es a mí a quien pidieron abrir el caso de Abel y soy yo quien debe tomar las riendas hasta el final.
—Puedo estar a tu lado. No quiero que estés sola en esa entrevista, si flaqueas, siempre puedo echarte un capote.
Susana sonrió agradecida.
—Gracias, creo que estará bien tenerte cerca, me dará más fuerza no sentirme sola.
El comisario Riquelme les hizo una señal desde el fondo del pasillo.
—Se nos acabó el descanso —concluyó Rizos—. Hay que intentar sacarle a esa mujer una confesión. Estoy segura de que tuvo que ver directa o indirectamente en todas esas muertes.
—Entra tú primero —propuso Carrasco—, creo que podemos provocar la confesión de Silvia Pastor.
* * *
La joven abogada parecía más tranquila cuando Rizos se sentó de nuevo ante ella. Había tenido tiempo para hablar con su cliente, ordenar sus papeles y, cómo no, también sus ideas.
—He comprobado —comenzó la letrada—, que se ha detenido a mi defendida, no por un cargo, sino por varios.
—En efecto.
—Sin embargo, no veo que exista relación entre ellos.
—De lo que se trata, letrada, es de averiguar cuál es el nexo de unión, porque si no lo hubiera, el cargo sería aún más grave, puesto que se le acusa, además de un delito de encubrimiento en el caso del asesinato de Abel Oliver y cuyo asesino confeso la implica directamente, puede estar, presuntamente, relacionada con el crimen que acabó con la vida de su vecina, Remedios Calabuig.
Rizos miró disimuladamente la reacción de Silvia cuando pronunció el nombre de la vecina asesinada y comprobó que, aunque trataba de disimular, un ligero brillo de sudor apareció en su frente, se removió con incomodidad en su asiento y evitó mirar hacia la posición de la inspectora.
—Si los dos casos no estuvieran relacionados —continuó Rizos—, significará que cometió un asesinato a sangre fría, sin más motivación que el placer de cometerlo y eso, usted sabe, que conlleva mayores penas de cárcel y mayor rotundidad en la sentencia.
—Supongo que tendrá usted pruebas concluyentes que le lleven a esa acusación, o de lo contrario deberían retirarla.
Rizos puso ante Silvia Pastor, sobre la mesa, una foto.
—¿Reconoce esto?
—Silvia la miró sin interés.
—Sí, reconozco que es una silla.
—No se haga la graciosa, señora Pastor. Usted conoce bien esa silla.
La hija de la fallecida, su vecina, la señora Calabuig, nos contó que unos días después del asesinato de su madre, usted apareció en su casa con esta silla, alegando que su madre se la había entregado hacía unas semanas para que la arreglaran en la carpintería que regentaba el padre de usted.
—¿Y qué? Muchos vecinos nos encargaban arre-
glos en la carpintería o que mi padre les fabricara algún mueble de vez en cuando. No sé qué tiene que ver eso.
—Señora Pastor, usted sabe muy bien lo que tiene que ver.
Tan solo un día antes, el sábado 2 de diciembre, la familia de la señora Calabuig se reunió para comer en su casa, era su 82 cumpleaños.
La hija de la víctima asegura que el conjunto de seis sillas del comedor de su madre estaba intacto, y lo recuerda por- que esa comida familiar estaba compuesta exacta- mente por seis comensales: la señora Calabuig, su hija, su yerno, su nieto y sus dos nietas menores.
Exacta-mente seis personas, y cada una de ellas se sentó en una silla de ese conjunto de seis.
»Le daré más datos: La hija de Remedios Cala- buig asegura que cada día, sin faltar uno solo, telefoneaba a su madre alrededor de las ocho de la mañana para controlar que se encontraba bien y durante esos minutos de charla diaria, su madre la ponía al día de cualquier acontecimiento, de cualquier episodio o de cualquier anécdota, grande o pequeña, que sucediera a lo largo de las veinticuatro horas que transcurrían entre una llamada y otra, sin embargo, en ningún momento le habló de que, una de sus sillas, muy preciadas para ella, como todos sus muebles, se hubiera roto, ni ese hecho, ni ninguna circunstancia que acabara produciendo la rotura de esa silla.
¿Cómo es posible que usted apareciera días después de su muerte con ese mueble restaurado?
—Yo… no me acuerdo. No sé cuándo me en- tregó la silla para reparar.
—Mi defendida no puede recordar unos hechos que transcurrieron hará casi dos décadas, inspectora…
—¡Su defendida sabe perfectamente lo que pasó ese día!
No perdamos más el tiempo. Señora Pastor, se lo voy a preguntar de nuevo: si el 2 de diciembre todas las sillas estaban en perfectas condiciones hasta las siete de la tarde, hora aproximada en la que la familia de la señora Calabuig se marchó de la casa de su vecina, y el 4 de diciembre, a primera hora de la mañana, la anciana ya estaba muerta en el salón de su casa porque fue asesinada en la tarde o noche del día 3.
¿En qué momento y de qué forma se rompió la silla y cuándo se la entregó a usted para que la reparara?
—¡No lo sé, no lo sé! —Silvia Pastor se alteraba por primera vez desde que comenzó el interrogatorio, comenzó a respirar agitadamente y tragaba saliva sin parar. Solo necesitaba un empujoncito más.
La puerta de la sala se abrió y el subinspector Carrasco apareció haciendo con la mano un gesto de llamada a la inspectora Rizos para que se acercara.
Rizos se levantó y avanzó rápidamente hacia la puerta, cerrándola tras ella y dejando en auténtico caos el estado de nervios de Silvia Pastor y totalmente desconcertada a su abogada.
—¿Cuál es el plan? —pidió Rizos tomando aire, apoyada en la pared.
—Dile que Criminalística ha encontrado pruebas biológicas al analizar el mueble. Entramos juntos.
—Ok.
Ambos policías entraron de nuevo en la sala de interrogatorios. Sus facciones evidenciaban gravedad y el subinspector no dejaba de mirar con medida insistencia a Silvia Pastor. El nerviosismo de la sospechosa iba en aumento.
La inspectora miró a su compañero, que asintió con la cabeza, luego miró alternativamente a la abogada y a su defendida y comenzó a hablar con voz pausada y firme.
—El subinspector Carrasco me acaba de comu- nicar que hemos recibido la llamada de Criminalística en relación con el análisis de laboratorio sobre la silla que recogimos ayer como prueba de la casa de la señora Calabuig.
Han encontrado evidencias biológicas de la víctima en una de las patas del mueble que fue reparado en el taller de carpintería de Pastor.
—¿Qué tipo de evidencias biológicas? —preguntó la abogada.
—Cabellos y restos de piel procedentes, presuntamente, del cráneo —se apresuró a responder Carrasco.
—¿Después de diecisiete años?
—Al parecer, el barniz utilizado para proteger la madera aisló y conservó esos restos. Estamos a la espera de los análisis de ADN, pero, que me corten el brazo derecho si el resultado no confirma que esos restos pertenecen a la fallecida Remedios Calabuig.
Ambos policías contuvieron la respiración. La abogada miró a su clienta que tenía los ojos desmesuradamente abiertos y solo exclamó:
—¿Eso es posible?
—Científicamente comprobado —aseveró Ri-zos. El informe llegará en breve.