Las otras muertes de Abel 34
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La abogada de Silvia Pastor parecía más nerviosa que su representada.

Era joven y, con toda probabilidad, era su primer caso o, al menos, uno de sus primeros trabajos como profesional de la abogacía.

«Un caso de asesinato es algo muy gordo para una novata» Pensó Rizos mirando con disimulo como la pobre chica movía de un lado a otro sus papeles, buscando algo que no conseguía encontrar y provocándole enrojecimiento en las mejillas y en las orejas.

Sintió lástima por ella, pero también pensó que eso le haría aprender algunas lecciones, como, por ejemplo, llevar los deberes hechos a un interrogatorio sobre un asunto de la magnitud de aquel; la sospechosa, en cambio, parecía muy segura de sí misma y les aguardaba con altivez y una mirada retadora, como si confiara plenamente en que en dos horas iba a salir de allí por la puerta grande y con la promesa de una disculpa pública.

Rizos y Carrasco tomaron asiento después de saludar a ambas mujeres. Tras el cristal que simulaba un espejo, a su izquierda, el comisario Riquelme observaba expectante el desarrollo de todo lo que sucedía en la sala.

—Me imagino que conoce usted los pormenores que nos han llevado a detenerla, señora Pastor. ¿Es así? —comenzó la inspectora.

—Lo que sé es que están cometiendo ustedes un grave error, yo no tuve nada que ver en la muerte del señor Oliver.

—Nosotros no lo vemos de esa manera. Es usted presuntamente culpable de encubrimiento de ese asesinato y, aunque no fuera la autora material del crimen, tiene usted una grave responsabilidad penal por ello.

Pero, además, su abogada le habrá informado de que pesan sobre usted otros dos cargos de homicidio en los que está usted presuntamente implicada y va a tener que dar cuenta de todo ello.

Silvia miró de soslayo a su abogada, esperando, posiblemente, una intervención que descalificara la acusación, pero la letrada continuó sin decir nada.

—Sigo insistiendo en que yo no tuve nada que ver en lo que sea que le pasara al profesor Oliver. Yo estaba en mi casa tranquilamente cuando él murió y me enteré de todo a la mañana siguiente, como todo el mundo.

—Supongo que tampoco tuvo nada que ver con la muerte del joven Vicent Espí.

—Por supuesto que no. Ese yonqui se murió él solito de lo que todo el mundo sabía que se iba a morir.

—Ya. Debo ponerle en antecedentes, a usted y a su abogada, de que se encontraron restos de serrín en su pelo durante la autopsia que, con toda seguridad, va a coincidir con las muestras tomadas de la carpintería y de la furgoneta de su padre. Ya lo están analizando en el laboratorio.

—El serrín es solo serrín —respondió mirándola con desdén.

—Eso ya lo veremos, pero aún hay más. Señora Pastor, dígame si se reconoce en esta foto. —La inspectora puso entre la abogada y Silvia la imagen en la que aparecía junto a su tía Maite, viuda del inspector Ferrándiz durante el sepelio de éste.

—Sí, soy yo.

—¿Diría que la relación que usted tenía con su difunto tío Chema era cordial?

—Sí, claro, siempre lo fue.

—¿Y no le parece extraño que, durante la investigación del crimen de Abel Oliver, de la que se hizo cargo el inspector Ferrándiz, es decir, el tío de usted, en ningún momento se alertara del vínculo familiar que le unía a uno de los que pudiera ser sospechoso en el caso de la muerte de Oliver ni se dejara constancia de que determinadas informaciones le fue- ron facilitadas interesadamente, bien por usted, bien por su exmarido?

—Yo no soy responsable de lo que mi tío hiciera o no dentro de su trabajo. Estoy segura de que obró con la mayor profesionalidad y…

—¡Señora Pastor! —interrumpió Carrasco evi- dentemente cabreado—.

Deje ya de intentar tomarnos el pelo. Su exmarido confesó ayer.

Sabemos que todo el plan para encubrir el asesinato de Abel Oliver, lo urdieron entre Ferrándiz y usted a cambio de que acabara definitivamente la relación de Fidel y Rebeca.

Ese era el plan y ese era el precio. La mala praxis llevada a cabo por su tío en esa investigación fue fruto de ese plan, algo que usted le pidió para tratar de enderezar su matrimonio, algo a lo que Ferrándiz accedió, primero porque a usted le tenía un cariño especial y no le negaba casi nada y, segundo, porque no tenía demasiados escrúpulos.

—¡Haga el favor de no hablar mal de mi tío! Y en cuanto a mi exmarido, yo no sé lo que les habrá contado, pero será todo mentira. Es un experto mentiroso —se volvió hacia su abogada—. ¡Y tú! ¡¿Es que no vas a decir nada en ningún momento?! ¡Vaya mierda de defensa que me han dado!

La chica tragó saliva totalmente azorada.

—Yo… quisiera preguntar si tienen pruebas de las acusaciones que están haciendo a mi clienta.

Rizos no le hizo mucho caso. Continuó con sus preguntas como si no la hubiera escuchado.

—Aquella noche, su marido, ahora ex, llegó con un ataque de pánico y no quiso hablar con usted.

Dejó su bolsa de deporte en el suelo y se encerró en su despacho.

Usted abrió la bolsa y vio toda aquella ropa embarrada y manchada de sangre.

Aunque en ese momento desconocía el alcance de lo que había sucedido, sí tuvo claro que Fidel se había metido en algún lío y eso le hizo pensar en que podría sacarle partido.

Cuando él salió a la mañana siguiente de su encierro y por todas partes empezaba a sonar que habían encontrado el cadáver de Oliver en el Barranc de l’Horteta, usted ya había lavado toda la ropa.

»El máximo golpe de suerte vino cuando el inspector al que encargaron el caso y que debía interrogar a los allegados y conocidos de la víctima, resultó ser su tío Chema ¡Oh, maravilla, Dios está conmigo! ¿Fue así?

Silvia no despegó los labios. Miró con cierto desprecio a su abogada que a su vez la miró a ella con la misma pregunta en la mirada: «¿Fue así?»

—Yo siempre lavo la ropa de mi marido sin mirar de qué está manchada.

—Eso no responde a la pregunta, señora Pastor, y además es absurdo. Todas las esposas miran de qué está manchada la ropa de sus maridos y, en su caso, con más razón, sabiendo que tenía una relación extramatrimonial con una compañera de trabajo desde hacía tiempo.

Silvia apretó los labios y siguió en silencio.

—Su exmarido ha confesado que, cuando usted se enteró de la muerte de Oliver, a la mañana siguiente y antes de que les visitara su tío Chema, le informó de todo lo sucedido y fue usted, y solo usted, quien le propuso encubrirle a cambio de que rompiera su relación con Rebeca Martínez.

Cuando supo que su tío era el encargado de investigar la muerte de Oliver, también fue usted quien elaboró todo un plan que daba una coartada a su exmarido y una hipótesis plausible en la investigación: reforzar la idea del suicidio sobre la que no hubo ninguna comprobación pericial.

»Usted conocía la historia de Abel Oliver por- que su exmarido se la había contado.

Nadie, excepto ustedes dos y Rebeca Martínez conocían aquel desgraciado episodio durante la adolescencia de Oliver y le vino al pelo.

Su tío no pensaba implicarla a usted y tampoco a su exmarido porque se alió con sus pretensiones de recuperarle, aunque fuera atado y bien atado con un secreto: Un secreto tan grande como un asesinato.

—Pruebe eso —alegó tajante Silvia.

—Sí, sí, pruebe eso, a ver cómo lo prueba —apostilló la joven abogada sin mucha seguridad.

—Desde el momento en el que se puede probar su, deliberadamente oculta, vinculación familiar con el investigador, junto a todas las pruebas que dejó pasar o no mencionó en su informe, concluyendo como motivo de la muerte una hipótesis ridícula que solo ustedes dos podían haberle facilitado, y si añadimos que su exmarido mantenía una relación sentimental con la viuda del fallecido, señora Pastor, poniéndole como guinda al caso, el hecho de que la nota de suicidio encontrada en su domicilio ha resultado ser falsa, ningún juez del mundo va a declararla inocente.

»Usted creyó ver en todo ese triste asunto una salida ideal a su crisis matrimonial. Era una forma de amarre, y no tuvo la menor duda en ponerla en práctica.

Rizos dirigió la mirada hacia la abogada.

—Tendrá usted que explicarle a su defendida que, la colaboración con la policía para esclarecer los hechos, pueden darle puntos para que el juez sea magnánimo al aplicarle la pena.

La joven asintió.

—¿Pueden ustedes dejarme un momento a solas con mi clienta? Me gustaría contrastar algunas de las afirmaciones que se han hecho en esta sala. En realidad, me han dado el caso esta mañana y no he tenido mucho tiempo para prepararlo. Se lo agradecería a ustedes.

—Por supuesto —aceptó Rizos—. Así nos to- mamos todos un descanso. Estaremos fuera, avisen al agente que está custodiando la puerta para que nos avise cuando estén listas para continuar.

—Gracias.