Las otras muertes de Abel 33
80%

33

El comisario Riquelme sacó una cajita de caramelos de menta y se lo ofreció, primero a la inspectora Rizos, después al subinspector Carrasco.

Ambos negaron con la cabeza, tras lo que, el hombre tricolor, se metió en la boca dos de aquellos caramelos y comenzó a saborearlos mientras se acomodaba mejor en su sillón.

—Son muy pequeños —justificó mientras movía los dulces de un lado a otro dentro de su boca—. Parece que hemos avanzado en la resolución del caso Oliver.

—Tenemos la confesión de culpabilidad —confirmó Rizos—, pero no podemos probar la participación de las personas que Fidel Sanz señala como colaboradores en el crimen.

—¿Habéis detenido ya a Barroso?

—Se ocupa Sánchez. En estos momentos han ido a buscarle a su domicilio.

—Bueno, en ese caso pronto obtendremos también su confesión. La viuda se ha librado de la cárcel, pero se ha llevado la peor parte —volvió a mover los labios con glotonería—. ¿Y qué pasa con la furgoneta que la atropelló? ¿Es que nadie ha sido capaz de encontrarla?

—Hasta el momento, no —se apresuró a decir Rizos—.

En el polígono industrial no ha aparecido; tampoco nos han dado referencias de haberla visto por los alrededores.

Los datos que tenemos de ella son tan pobres que con esas referencias va a ser dificultosa su localización.

Nos hemos centrado en las personas cercanas a la familia, pero nadie tiene una furgoneta.

Teníamos la esperanza puesta en que pudiera ser la que utilizaban los Pastor en su actividad de carpintería, pero ha resultado que no tiene nada que ver, esa vieja furgoneta no se ha movido del taller durante los últimos años: solo tiene polvo y no coinciden los neumáticos.

—Yo he pensado que, tal vez, estamos buscan- do un vehículo equivocado —intervino Carrasco.

—Yo también lo he llegado a pensar —apoyó Rizos—. Las referencias que la testigo nos dio pudieron ser inexactas, ella reconoció que no veía muy bien y no llevaba las gafas puestas en el momento en el que miró el vehículo. Es posible que nos estemos equivocando de objetivo.

—¿Y en cuanto a la posible relación entre el asesinato de Oliver y las demás muertes de la zona? —incidió el comisario.

Rizos continuó con la palabra.

—La principal dificultad con la que nos encon- tramos es la cantidad de años que han pasado desde aquellos sucesos.

En el caso del yonqui, todo apunta a que, presuntamente, estuvo en contacto con los restos de serrín de la carpintería, puesto que en el informe del forense se apunta que se encontraron virutas de madera entre el pelo del cadáver, pero no se conservó esa prueba por encontrarla insignificante y atribuirla al lugar donde se le encontró, lleno de basura.

Sin embargo, al menos por las fotos del escenario, no había allí nada que justificara virutas de madera en el pelo de Vicent Espí.

—Tal vez, algo tuvo que ver el inspector Ferrándiz en esa interpretación de una prueba que pudo ser importante —apuntó el comisario.

—Yo estoy convencida de que fue así, pero lo que está claro es que esa prueba no existe, se evaporó.

Solo es una aseveración en el informe sin un vestigio físico donde sustentarla.

No podemos situar físicamente al yonqui en la carpintería de los Pastor, ni tampoco tenemos un móvil que pudiera vincularle con ellos. En definitiva: no tenemos nada.

—El interrogatorio de Silvia Pastor lo tenéis previsto para mañana ¿verdad?

—Sí.

—Pues solo queda una bala.

—¿Cómo?

—Eso: lanzadle un órdago, un anzuelo, una mentira, a ver si pica.

Rizos y Carrasco se miraron.

—Ya veremos a ver por donde le entramos, Silvia parece tonta, pero estoy segura de que no lo es en absoluto.

De momento, bastante es que la podemos acusar de conspiración y complicidad en el asesinato de Abel Oliver, pero tenemos poco para acusarla de haber participado en el del yonqui y el de la anciana.

En este último —continuó Rizos—, hemos recogido como prueba una silla del salón de Remedios Calabuig que al parecer entregó Silvia a la hija de la fallecida unos días después del crimen, argumentando que su madre se la había dado para arreglar en la carpintería de los Pastor.

—¿Sospechas que pudo ser el arma del crimen?

—Yo sí lo creo, lo que no puedo es probarlo. Hice que la recogieran los de Criminalística para su análisis, pero, de momento, solo podemos probar que la silla se arregló, no sabemos cómo se rompió y tampoco podemos saber a priori si es en realidad una prueba sólida.

El hombre tricolor se recostó en su sillón, ya no quedaban restos de caramelo en su boca y suspiró ha-ciéndoles llegar un halo dulzón y mentolado.

—Difícil profesión la nuestra —aseveró, con- firmando con la cabeza—. En estos casos, la confesión es nuestra única esperanza y, si el delincuente es listo, nos podemos quedar con dos palmos de narices. Eso pasa todos los días, son gajes del oficio, por mucha rabia que os dé.

Sonaron unos golpecitos en la puerta.

—Adelante —ordenó Riquelme con energía. El subinspector Sánchez apareció en la puerta y cerró tras él

antes de tomar asiento junto a sus compañeros—. ¿Qué noticias nos traes?

—Pues no sé si decir que son malas o buenas.

—Bien empezamos.

—Barroso no estaba en su casa. Su mujer dice que no sabe dónde está, que debería haber vuelto hace horas del trabajo. Le ha llamado por teléfono, pero lo tiene fuera de cobertura o apagado directamente.

—¿Ya se ha corrido la voz de que hemos dete- nido a su amigo Sanz?

—Lo sabe hasta el gato.

—Entonces tenía claro que iba a cantar como un ruiseñor.

—Pero lo mejor es lo siguiente —Sánchez se acercó más a la mesa e hizo que los demás también echaran hacia delante sus cuerpos—: Barroso es autónomo, tiene una empresa de distribución de artículos de papelería y, ¿a que no sabéis dónde?

—Desembucha ya —le pidió Carrasco impaciente.

—En el polígono de Els Morrons. Y ¿sabéis qué vehículo conduce?

—¿No me digas que una furgoneta azul? —inquirió el comisario con los brazos abiertos.

—Pues no. Conduce un Kia Carnival azul, cuyo modelo de neumáticos coincide con el que dejó mar- cado en el arcén el vehículo que atropelló a Rebeca Martínez.

—Ese es un coche bastante grande.

—Lo suficiente como para que una anciana medio ciega lo confunda con una furgoneta.

—Y que, como hemos sospechado hace solo un momento —aportó Rizos—, al ser un vehículo de dimensiones más grandes que un coche normal, la testigo no solo lo confundió, sino que nos ha llevado como pollos sin cabeza durante todo este tiempo. ¡Hay que joderse!

—Pues sí. En lo único que acertó la buena mujer fue en el color ¡La madre que la parió!

—¡¿Pero, por qué la mató de esa manera?! —clamó Rizos levantándose de la silla.

—Posiblemente porque le amenazó con romper el pacto de silencio que había entre ellos.

Me temo que hasta que no le echemos el guante, no lo vamos a saber, pero, tranquilos, que ya está dado el aviso y tienen la descripción del vehículo y de su ocupante los agentes de todas las carreteras alrededor de Valencia. No tardaremos en dar con él.