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El potente calor de esos días y la falta del riego habitual, estaban haciendo mella en aquellas flores que ahora se veían deslucidas, cabizbajas y dejando paso al tono marrón que evidenciaba cómo se estaban marchi-tando a pasos agigantados.
Rizos sintió lástima por ellas. Pasaría mucho tiempo antes de que alguien volviera a ocuparse de su riego y de su poda para que volvieran a alegrar con sus corolas blancas y sus centros amarillos casi dorados, aquel patio testigo de, no sabía aún, qué escenas terribles.
Apartó la mirada de la casa de Silvia y se centró en aquello para lo que había viajado hasta ese lugar.
Los inquilinos eran una pareja de mediana edad que le abrieron la puerta con una amplia sonrisa, aunque con un mal disimulado nerviosismo.
Hasta que la hija de Calabuig les llamó, desconocían la historia del crimen en su salón.
Era algo que les inquietaba porque, dije- ron, a nadie le apetece comer con su familia y amigos sobre el mismo lugar en el que una mujer fue terriblemente asesinada, sobre lo que en su momento fue un charco de sangre.
Rizos rio para sus adentros pensando que, a partir de ese día, y a pesar de que la casa la venían alquilando durante los últimos cuatro veranos sin que nada ni nadie minara su descanso vacacional, iban a empezar a escuchar por las noches lamentos y arrastrar de cadenas.
Procuró que, la ironía de sus pensamientos, no se mostrara demasiado evidente en su rostro.
La hicieron pasar al salón de la vivienda. Rizos miró alrededor de la estancia buscando el conjunto de sillas de las que le había hablado la hija de Calabuig.
—¿Fue aquí donde…? —preguntó el hombre titubeante.
—Sí. Fue exactamente aquí —la inspectora se- ñaló el centro de la sala—. Pero lo que me interesa inspeccionar son las sillas. Supongo que son las mismas que han existido siempre en la casa, ¿o han incorporado algún mueble nuevo?
—No, no. Siguen siendo los mismos muebles, nosotros no hemos metido ni sacado nada de la casa, está tal y como la venimos alquilando en los últimos años.
—¿Quiere que la dejemos sola? —inquirió la mujer casi escondida detrás de su marido.
—No, en absoluto. Prefiero que estén presen- tes, no tardaré mucho.
Rizos puso una junto a otra, pegadas a la pared, las seis sillas de madera que parecían del mismo conjunto. El diseño era antiguo y, como le había comentado la propietaria de la vivienda, eran, efectivamente, piezas fuertes y macizas.
Comparó las dos primeras girándolas en varios sentidos, pero las vio iguales; la tercera, como las ante- riores, no difería en nada sustancial de las otras, pero al llegar a la cuarta sí observó algunas diferencias.
Las dos patas traseras, no solo eran ligeramente más gruesas que las delanteras, también el color del barniz era un poco más oscuro, sin embargo, las patas delanteras eran exactamente iguales que el resto de las sillas.
Se aseguró revisando también las dos sillas que restaban: todas eran iguales, pero no la número 4.
—Discúlpenme si esto les causa algunas moles-tias, pero tengo que llevarme esta silla. Informaré tam- bién, por supuesto, a la dueña de la casa.
—¿Es… una prueba de algo? —preguntó el hombre señalando con el dedo la silla y haciendo un gesto de aprensión.
—Aún no estoy segura, eso es lo que tendremos que averiguar.
Marcó un número en su teléfono y solicitó un equipo de criminalística para retirar el mueble. Era una prueba posiblemente definitiva, que debían analizar con precisión en el laboratorio.
—Me temo que tengo que quedarme hasta que mis compañeros vengan a llevarse esta silla. Es posible que tarden una hora o más. Se presentarán lo más rápi- damente posible.
—Váyase si quiere —propuso la mujer solícita—, la silla no se va a mover de aquí.
—Lo sé, pero no puedo hacerlo. Tengo que quedarme hasta que vengan ellos. Siento de verdad si mi presencia les altera los planes que pudieran tener.
—Bueno… íbamos a salir a comer. Si no tardan mucho…
—Lo siento, de verdad. Esperemos que no.
—Bueno —exclamó el hombre en tono cordial—,pues mientras esperamos, un aperitivo y una cervecita vendrá bien, porque usted nos acompaña, ¿verdad?
Rizos agradeció el gesto. También ella deseaba que sus compañeros llegaran rápido.
Su intuición casi le hacía ver la escena de aquel desgraciado día en que Remedios Calabuig cayó herida de muerte sobre el suelo de su salón.
Tenía la fundada sospecha de que aquella silla que había apartado de sus compañeras, había participado como arma de un crimen cuyo culpable aún no tenía cara.
—Yo tomaré agua, si no es molestia.