31 #2
»No le dije nada, me encerré en mi despacho y traté de dormir.
No me fue posible hasta casi el amanecer.
Por la mañana, Silvia había lavado toda la ropa y la noticia empezaba a conocerse.
Me preparó el desayuno y se sentó frente a mí.
Recuerdo que no despegué los labios, solo hablaba ella.
No estaba muy segura de lo que había pasado la noche anterior, pero empezaba a sospechar que algo tenía que ver con lo que acababa de escuchar de boca de una de las vecinas: el maestro, el compañero de su marido, le habían encontrado muerto.
Para Silvia fue una ocasión de oro para chantajearme.
Me dijo que me taparía, que sería mi coartada, pero que me olvidara de Rebeca.
»Reconozco que en aquel momento tenía tanto miedo, que mi prioridad era yo mismo.
Rebeca podía esperar a que se calmaran las cosas, al fin y al cabo, no era el momento, ni lo sería durante algún tiempo para mostrar nuestro amor en público.
No tenía ni idea de por dónde iba a salir todo aquel asunto, ni siquiera nos habíamos parado a pensar un plan posterior a la muerte de Abel.
Me sentí un absoluto gilipollas y ya me veía en la cárcel de por vida.
Todo aquello no habría servido para nada, excepto para jodernos la vida para siempre.
Así que, acepté todas las condiciones que Silvia me puso sobre la mesa, sin rechistar. Estaba en sus manos.
»Cuando supe que el caso se lo había asignado a Chema, no estaba seguro de si era buena o mala suerte.
No es que el tío de mi mujer y yo nos lleváramos de maravilla, precisamente, pero éramos familia.
Silvia se encargó de todo. No sé qué hablaron, nunca estuve delante, solo sé que en mi interrogatorio expuse el relato que Silvia me indicó y Chema se limitó a tomar nota dándole mucha relevancia a la teoría del suicidio, la nota que Rebeca les había facilitado refrendaba aún más una recaída en el ánimo de Abel y una decisión como aquella.
Rebeca confesó que se había ido de casa raro, que aquella tarde se fue a pasear solo, como hacía tantas veces y a pesar de que la climatología se había anunciado peligrosa para esa actividad, que llevaba un tiempo depresivo, aunque el resto de compañeros, e incluso los alumnos dijisteis lo contrario.
—Entonces, acabó confesando a su mujer lo que realmente había pasado esa tarde, ¿no?
—Sí. Lo hice.
—¿Y qué nos puede decir de Vicent Espí? ¿Tuvo algo que ver en esta historia?
Sanz arrugó la frente.
—¿Vicent Espí?
—Sí, el yonqui amigo de Abel Oliver, creo que también fue alumno.
—Sé quién era Vicent Espí, pero no sé de qué me están hablando.
—Sabe que también fue encontrado muerto días después, ¿verdad?
—Sí, claro, me enteré como todo el mundo, pero, ¿no querrán cargarme a mí también ese muerto? Además, ese chico murió como todo el mundo sabía que iba a hacerlo: de una sobredosis.
—Tal vez no fue exactamente así.
—¿Están acusando a mi cliente de otro crimen? —Se apresuró a protestar la abogada— Espero que tengan pruebas.
—Letrada, no estamos lanzando ninguna acusación, solo es una pregunta.
—Una pregunta que no está relacionada con el caso y por tanto, está fuera de lugar. Mi cliente ya ha confesado sobre el caso que nos ocupa. No vamos a entrar en ninguna otra cuestión.
—Solo queremos saber si conoce algún detalle que pudiera relacionar los dos casos.
—¡Olvídense de eso! —aseveró la letrada con firmeza.
—¡Pero, ¿qué tiene que ver Espí en este asunto?! —clamó Sanz irritado.
—Tranquilícese, por favor, solo era una pre- gunta.
—¡Pues ya les he respondido!
—Está bien, tiene razón, no hay, de momento, nada que le relacione a priori con ese caso —concluyó Rizos—. Continuemos entonces.
—¿Cuándo se va a acabar esto?
—Cuando yo lo decida, señor Sanz. Verá, hay cosas que no me encajan en esta historia.
—¿Qué cosas?
—Usted ha confesado que después del crimen de Abel Oliver, tenía claro que durante un tiempo no podría mostrar en público su relación con Rebeca Martínez.
—Sí.
—Reconocerá que diecisiete años es un tiempo extrañamente largo, sin embargo, ustedes no han aca- bado juntos como planearon. ¿Por qué acabaron entonces con la vida de un hombre si ese era su objetivo? —Sanz se frotó la cara dándose tiempo para encauzar su respuesta.
—No lo sé. Durante un año después de la muerte de Abel, procuramos ser discretos al máximo, apenas nos vimos durante todo ese tiempo y siempre fugazmente; a partir de ahí, Rebeca empezó a estar mucho más distante. A veces que no me cogía el teléfono y si yo insistía, acababa dándome alguna excusa.
»Llegué a creer que había conocido a alguien y se le habían roto los sentimientos hacia mí, al principio me aseguró que no, pero al cabo del tiempo me dijo que no quería continuar, que todo le recordaba a lo que hicimos y que no podría vivir tranquila. No sé por qué, pero no la creí.
—¿Cree que su mujer intervino y presionó en la decisión de Rebeca?
—Estoy seguro de que sí, pero las dos lo negaron.
—Entonces, definitivamente, la muerte de Abel Oliver fue estéril en todos los sentidos.
Sanz asintió con los ojos cerrados, sin levantar la mirada.
—Lo siento —aseguró—. Para mí todo está acabado. Rebeca ya no está y yo… no sé qué voy a hacer.
—Creo, señor Sanz, que lo que vaya a hacer a partir de ahora no será decisión suya, sino de un juez, y quiero aclararle algo, dijo hace unos momentos que no es un asesino, pero debo disentir de esa afirmación: sí es usted un asesino, planeó y mató a un hombre con total frialdad y nunca se ha arrepentido de ello.
—Se equivoca, sí me he arrepentido mil veces de ello.
—Si se hubiera arrepentido de verdad, no hubiera hecho falta reabrir un caso casi dos décadas después.
—¿Y qué hubiera conseguido confesando? Ya no había vuelta atrás y tampoco esperanza para nosotros.
—Pues ya ve que así ha sido al final —respondió Rizos tajante—. Creo que, de momento, podemos dar por terminada esta sesión. Ahora tendrá que acompañar a uno de nuestros agentes, queda usted detenido y a disposición judicial.
* * *
Cuando todos hubieron salido de la sala, Rizos aún se quedó sentada frotándose las sienes.
Su dolor de cabeza se acrecentaba. Una parte de aquella historia parecía estar clara, pero aún quedaba mucho por resolver.
Ahora tenía una nueva preocupación: cómo decirles a los hijos de Abel Oliver, que su madre fue una parte implicada directamente en su asesinato.
¿Qué había pasado por la mente de Rebeca para participar en aquel horror sin sentido?
Nunca lo sabrían. Ella estaba tan muerta como su marido.
Y sus hijos, deseosos de que se les hiciera justicia, iban a encontrarse de frente con un nuevo dolor que no habrían sufrido de no esclarecer toda la verdad alrededor de sus padres.
Sin embargo, era una tarea que también tendría que llevar a cabo.
Dejó de lado sus pensamientos al escuchar abrirse
la puerta tras ella. Sánchez entró y se dejó caer en una silla junto a ella.
—¿Has presenciado la confesión?
—Sí, he estado todo el tiempo detrás del cristal.
—Ha tenido que morir Rebeca para que Sanz se rompiera y dejara salir toda la mierda que han ocultado durante todos estos años. Ahora tenemos un problema nuevo: contar a los hijos de Oliver la implicación de su madre en el crimen, como si no hubieran sufrido lo suficiente.
—Y un nuevo sospechoso que añadir al caso —apostilló Sánchez.
—Esa es otra. Reconozco que no le puse en el punto de mira en ningún momento, le creí más como víctima que como verdugo.
Así es este trabajo. Hay quien miente de fábula y Barroso ha sabido hacerlo.
La teoría de Carrasco solo era un tiro al aire, pero encajaba, ahora todo ha dado la vuelta.
Ya nos estamos poniendo en marcha para detenerle.
—Yo me encargo, pero antes quería informarte de que ha llamado la hija de la anciana asesinada, Remedios Calabuig.
—¡Ah, sí! ¿Qué te ha dicho?
—Que ha hablado con los inquilinos de la casa de su madre y que no hay problema en que vayamos cuando consideremos conveniente, que solo les avisemos antes para garantizar que están en casa. Me ha dado el teléfono.
—Bien, dámelo, yo misma les llamo ahora. Tú encárgate de traer esposado a Felipe Barroso. ¿Sabemos si va venir el abogado de Silvia Pastor?
—Ha pedido un abogado de oficio.
—Bien, que siga en el calabozo. Abajo, por lo menos, se está fresquito.