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Fidel Sanz inició su relato mientras los investigadores y su propia abogada escuchaban el testimonio con atención.
—Habían anunciado fuertes lluvias para esa tarde. Sabíamos que el pueblo entero cerraría las puertas de sus casas y se pondrían a salvo. Había bajado mucho la temperatura y ya saben que aquí, mojarse con ese frío no es del agrado de nadie.
»Yo había quedado en tomar unas copas esa tarde con motivo de la próxima boda de uno de mis compañe-
ros de gimnasio. Llamé a mi amigo Felipe para que nos acompañara.
—¿Felipe Barroso era también compañero de gimnasio? —quiso saber Rizos.
—No. Felipe es amigo desde la infancia, pero no formaba parte del grupo del gimnasio.
—¿Y por qué le hizo participar de esa fiesta? Usted sabía que tenía un problema de alcoholismo.
—Sí, claro que lo sabía, formaba parte de mi coartada. Reconozco que le utilicé aun a costa de su salud. Le he pedido perdón muchas veces durante es- tos últimos años.
—Continúe, por favor.
—Decía que le llamé porque sabía que no aguantaría ni tres cervezas antes de empezar a desvariar y a dar muestras de una tremenda borrachera; yo también bebí, pero no tanto como mis compañeros creyeron.
Fingí estar más bebido de lo que en realidad iba, necesitaba tener el suficiente control, pero hacerles creer que, tanto Felipe como yo, llevábamos una tajada de proporciones similares.
Era la excusa perfecta para marcharme acompañado, todo el mundo podía verlo, no era posible conducir en esas condiciones.
Incluso nos animaron a irnos, pero no a otro bar, como clamaba Felipe, sino a casa a dormir la mona.
»La tormenta aún no había comenzado cuando salimos de allí.
Tras discutir con Felipe, conseguí tumbarlo en el asiento de atrás de su coche y yo conduje hasta el lugar donde solíamos reunirnos Rebeca y yo: un parque cercano a su domicilio, era nuestro punto de encuentro durante todo el tiempo que había durado nuestra relación.
Desde allí salíamos siempre hacia otros lugares donde nadie nos conocía.
»Rebeca había hablado con Abel, le dijo que yo la había citado en ese lugar, pero que ella no quería ir, que yo llevaba varios días insistiendo, que la acosaba y que quería acabar con esa situación; que tenía que ir para tratar de convencerme de que la dejara en paz.
Conocía a Abel, sabía cuál iba a ser su reacción: Se pondría rojo de ira y la obligaría a quedarse en casa con los niños mientras él ajustaba cuentas conmigo.
No se equivocó. Conocía como nadie la caligrafía de su marido, cuando él salió de la casa para enfrentarse a mí, ella ya tenía redactada la nota que la policía tenía que encontrar, firmada por él y anunciando que se iba a quitar la vida.
»Aparqué el coche junto al parque, en el lugar por donde sabía que llegaría y esperé dentro, Felipe roncaba en el asiento de atrás; yo había guardado una llave inglesa en mi bolsa de deporte y la saqué nada más parar el coche, sabía que iba a ser tan puntual como yo.
Pasó por mi lado con la mirada fija al frente, seguramente esperaba verme sentado en un banco o apoyado en mi moto, lo que no esperaba es que yo saliera del coche en cuanto rebasó dos metros de mi posición.
En el parque no había nadie, y por la calle no se oía nada más que el viento, que empezó a aullar fuerte, tapando cualquier otro sonido; me armé de valor, no era algo que quisiera hacer, pero no tenía otra salida.
Caminé rápido tras él, solo fueron unos según- dos, le golpeé justo cuando me di cuenta de que se había percatado de que había alguien a su espalda, se paró en seco, no sé si me oyó o me intuyó, pero tuve que ser rápido y lo fui.
»Cayó al suelo y lo arrastré hasta un seto, no podía arriesgarme a que alguien pasara y lo viera.
Solo esperé unos minutos que me parecieron eternos; no sabía si lo había matado con aquel golpe o seguía vivo, pero tenía que esperar a que llegara Rebeca con su coche.
Llegó agitada, pero aún se puso más nerviosa cuando vio a Abel tumbado en el suelo inconsciente.
Entre los dos lo llevamos hasta su coche y lo sentamos como pudimos en el asiento del copiloto, luego, cada uno con su carga, condujimos hasta el Pont Vell.
Era un lugar a donde a él le gustaba ir a pasear, a reflexionar o a lo que fuera, el caso es, que era un sitio que Abel frecuentaba en solitario.
Fuimos rápido y no tardamos mucho. Cuando llegamos ya había empezado a llover.
Tiré de Abel y lo saqué del coche, continuaba inconsciente.
Lo dejé en el suelo al borde de la carretera y en ese momento, Felipe salió medio mareado preguntando a gritos que qué hacíamos allí.
Entonces Rebeca se asustó, no esperaba ver a
nadie más en aquella escena. Le dije que se marchara, que se fuera con los niños, que ya me encargaba yo.
—Entonces —concretó Carrasco—, desde el primer momento ustedes habían planeado tirarle puente abajo.
—Sí, no podía sobrevivir a ese golpe, y si lo ha- cía, la crecida del agua lo arrastraría y lo ahogaría, por eso elegimos esa tarde. Sabemos lo que sucede en esa zona del barranco cuando llueve de esa manera.
—¿Qué pasó entonces?
—Rebeca se fue. Yo caminé hacia Felipe para hacer que se metiera de nuevo en el coche y en ese momento sentí un golpe y un peso en la espalda: Abel se había levantado y me atacaba.
Peleamos. Logré zafarme de él y apartarme para contraatacarle, entonces escuché el coche derrapando que se nos venía encima; me tiré a un lado y le golpeó, voló por los aires y se quedó en medio de la carretera, sangrando.
»Felipe salió del coche y corrió junto a mí.
De una de las piernas de Abel sobresalía el hueso astillado y se había quedado inmóvil, le dije que estaba muerto, aunque en ese momento no lo sabía con seguridad, solo lo deseaba.
Sería más fácil hacer lo que había ido a hacer.
Entre los dos le arrastramos hasta la barandilla del puente, le levantamos como pudimos, pesaba mucho.
Yo estaba cubierto de sangre y barro, Felipe, no tanto.
Le dije que me dejara a mí, que no se implicara más, pero insistió en ayudarme.
—¿Fue ahí donde su amigo, Felipe Barroso, se lesionó el hombro? —preguntó la inspectora.
—Sí —reconoció Sanz—. Hizo un mal movi-miento y forzó el brazo en su afán por ayudarme. Él no sabía lo que pasaba, tan solo se despertó y vio que alguien me atacaba por detrás, lo único que quiso fue protegerme, quitármelo de encima…
—Y deshacerse de un cadáver.
—Pero no era consciente, al menos no del todo, era mi amigo y quería ayudarme… iba muy borracho…
—Ya. Y entonces decidieron montar el numerito del golpe contra el árbol en la otra punta del pueblo.
—Felipe no podía conducir, no solo porque el alcohol se lo impedía, sino también por el dolor del hombro.
Saqué un suéter y un pantalón de chándal de mi bolsa de deporte y me quité la ropa mojada y sucia que llevaba, no tenía otra cosa con la que cambiarme.
Conduje lo más rápido que pude. Apenas nos cruzamos con otros vehículos, la noche empeoraba.
Hice el “numerito” del golpe contra el árbol y luego llevé a Felipe al hospital, después le dejé en su casa y yo me fui a la mía.
—Y más tarde tejió junto a su mujer y su tío, todo un relato que les dejaba libres de toda responsabilidad —añadió incisiva Rizos—. ¿Cómo entró el inspector Fe-
rrándiz en toda esta trama para esconder un delito tan grave?
Fidel Sanz cerró los ojos dando muestras de cansancio.
—Chema apenas quiso hablar conmigo, solo habló con Silvia. Ella le convenció para que nos ayudara.
—¿Por Chema, se refiere a Jose María Ferrándiz?
—Sí, para nosotros era el nombre familiar.
—¿Cómo tramaron la historia para ocultar el crimen?
—Le asignaron el caso. Silvia decía que Dios se había puesto de nuestro lado; yo creo que solo tuvimos suerte.
»Aquella noche llegué a casa muy mal. Creo que tuve un ataque de pánico.
Sabía que iba a ser desagradable, pero lo viví peor de lo que había imaginado.
Rompí a llorar nada más entrar a casa. Me venía a la memoria cada momento, el golpe con la llave inglesa y el ruido que hizo al caer; el esfuerzo de arrastrar el cuerpo, la pelea en medio de la lluvia, Abel volando por los aires cuando el coche le golpeó, su pierna astillada, toda aquella sangre…
No era yo. Era como si otra persona hubiera ocupado mi cuerpo durante todas aquellas horas previas y, de repente, lo abandonara y volviera a reconocerme a mí mismo, pero con los recuerdos grabados y vivos, martilleándome con saña.
Había pensado muchas veces en matarle de cien maneras y ahora que lo había hecho…
, no podía quitarme de la mente el asco por mí mismo.
Pero estaba hecho, no había vuelta atrás.
»Esa noche no hablé con Silvia, no podía.
Ella quería saber qué había pasado, por qué mi estado de nervios, por qué toda aquella ropa manchada de sangre y barro…
me preguntaba y yo la apartaba de mí, no quería que supiera nada, pero también sabía, estaba convencido, de que no iba a tardar mucho en enterarse y tuve miedo.
No soy un asesino, había cometido muchos fallos, habían salido mal muchas cosas, no había sido tan limpio y tan fácil como lo había planeado en mi imaginación.
Me sentí vulnerable como nunca me había sentido.