Las otras muertes de Abel 30
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Fidel Sanz parecía haber reducido su cuerpo en unos pocos días. Con los hombros caídos y la cabeza ladeada, escuchaba sin atención las instrucciones que, junto a su oído, le daba su abogada.

Al oír entrar a la inspectora Rizos y al subinspector Carrasco, levantó la cabeza y les miró con los ojos vidriosos.

El hombre de actitud prepotente de unos días antes, había dado paso a otro hombre, esta vez abatido y vulnerable.

Esa fue, al menos, la sensación que Rizos tuvo al cruzar con él la mirada.

—¿Le han encontrado? —exclamó el detenido ansioso y mirando alternativamente a Rizos y a Carrasco.

—¿A quién? —preguntó Rizos sentándose frente a él.

—A la persona que mató a Rebeca.

—Todavía no. Pensábamos que la furgoneta implicada en el atropello estaría dentro del taller de carpintería de su suegro, pero la que hemos encontrado allí no coincide ni en el color, ni en la marca de los neumáticos, pero estamos cerca.

—¡Ha sido ella, estoy seguro!

—¿Quién?

—Silvia. La odiaba —escupió con la mandíbula tensa y los puños apretados.

—Señor Sanz —le recordó Rizos—, no estamos aquí para informarle del avance de nuestra investigación sobre el caso Rebeca Martínez, me imagino que su abogada le habrá puesto al corriente y nuestros agentes también le habrán dicho el motivo de su detención, así que, si le parece, vamos a empezar con el interrogatorio y nos vamos a centrar en primer lugar en el origen de todo este embrollo: la muerte de Abel Oliver porque, como le diría uno de mis colegas, se nos amontonan los muertos.

Sanz cerró los ojos, irguió la espalda y confirmó con la cabeza.

—Le informo de que, igual que la vez anterior, vamos a grabar este interrogatorio —puso en marcha el aparato.

—Hemos sabido hace pocas horas que el inspector Ferrándiz, encargado de la investigación del caso Oliver, tenía con ustedes una vinculación familiar, en concreto, era tío de su esposa, un detalle muy relevante que usted no mencionó cuando le llamamos a declarar.

—No me lo preguntaron.

—Claro que no. Usted sabía perfectamente que era un dato desconocido para nosotros, puesto que tuvieron buen cuidado en que no apareciera en el informe que redactó Ferrándiz.

—Mi defendido no es responsable de la redac- ción que el anterior inspector hiciera en su informe, ni de la omisión de algún dato que ustedes echen en falta ahora —se apresuró a decir la abogada.

—Eso es cierto, letrada, pero no podrá negar que el hecho de haber mantenido en secreto ese dato, incluso cuando, tomando declaración a su defendido y habiéndole preguntado cómo había llegado Ferrándiz a la conclusión de que Oliver se había suicidado, respondió que lo desconocía y no aludió en ningún momento a que lo hizo en una conversación en el ámbito familiar.

—¡No es cierto! —gritó Sanz—. Yo admití ha- bérselo contado.

—Pero, ¿En qué contexto se lo contó?

—¿Qué importa eso? No puedo acordarme.

—Señor Sanz, Ferrándiz era un inspector experimentado, no pudo ignorar todas las pruebas que nosotros hemos encontrado tan solo con las fotos de la escena y el informe del forense.

Está muy claro que actuó y cerró el caso en falso para tapar la implicación de los miembros de su familia: su esposa Silvia y usted, en aquel crimen.

Ese simple hecho ya nos demuestra que, bien ella o bien usted, o tal vez los dos, son culpables de la muerte de Oliver, así que, por favor, cuéntenos qué fue lo que pasó, porque quien o quienes estuvieron implicados en la muerte de Abel Oliver, también es o son culpables del asesinato de Rebeca Martínez y usted tiene muchas papeletas en ese sorteo, señor Sanz.

—Tengo que insistir en que mi defendido no es responsable de la actuación del inspector Ferrándiz, lo que ustedes tienen es humo, solo pruebas circunstanciales que de ninguna manera hacen culpable a mi cliente.

—Señora letrada, ni Ferrándiz ni ningún otro inspector actuaría así en caso de que no tuviera un motivo muy fuerte para hacerlo y el único motivo era una estrecha vinculación familiar con Fidel Sanz y con su sobrina, Silvia Pastor.

La abogada se volvió hacia su cliente.

—No tienes que responder a ninguna pregunta que vaya en ese sentido.

—¡Ya está bien! —Gritó Sanz con las manos tapándose las orejas—. ¡Estoy harto! ¡Estoy cansado! ¡Ya me da todo igual! —comenzó a sollozar convulsivamente con la cabeza hundida entre los brazos.

—Señor Sanz —intervino Carrasco— ¿Se en- cuentra bien? ¿Le traigo un vaso de agua?

Rizos asintió con la cabeza y Carrasco salió de la sala.

—¡Yo solo quiero que vuelva! ¡No quiero que esté muerta! ¡No quiero!

—Señor Sanz, tranquilícese, por favor. Vamos a encontrar al culpable, pero para ello tiene que colaborar. Necesito saber qué pasó aquel día.

—Yo la quería, la quiero. No sé cómo pude enamorarme tanto de ella, pero era en lo único que pensaba.

Después de la muerte de mi hijo, mi matrimonio se vino abajo completamente.

Me refugié en Rebeca, una buena compañera, una buena amiga, Ella fue un bálsamo para el dolor que yo tenía en aquellos días, cuando el niño amaneció muerto, sin más.

Dios se lo llevó, me dijeron —comenzó a reír burlonamente—.

¡Dios! Hay tanta gente que tenía que haberse llevado y eligió a mi hijo, tan pequeño.

¿Quiere que le diga lo que pienso de ese dios a que tanto se venera?

—No es necesario, señor Sanz. Le comprendo perfectamente.

—Empezamos a vernos, primero abiertamente, como dos amigos; luego, era una necesidad y empezamos a hacerlo a escondidas.

Nunca he tenido más ilusión por volver cada día a mi trabajo, lleno de niñatos tontos, insolentes y maleducados, pero sabía que iba a verla, entre clases, en las horas vueltas en la sala de profesores…

y luego, por la tarde, algunas tardes… volvíamos a vernos.

Era mi alma gemela, la mujer con la que hubiera pasado toda mi vida.

Carrasco entró en ese momento portando una botella de agua, un vaso de cartón y una caja de pañuelos de papel que puso frente al detenido. Este hizo un impasse en su relato para limpiarse y beber dos vasos de agua seguidos.

—Abel no era como vosotros creíais —continuó mirando con ironía a Rizos, para recalcar su condición de exalumna—.

El profesor guay, tan simpático con los alumnos, tan comprensivo, el hombro donde todos llorabais cuando teníais problemas con papá o con mamá —volvió a reír—.

Era un hijo de puta. Me odiaba, me ponía en evidencia siempre que te- nía ocasión, sin importarle nada.

—¿Y no le pareció lógico? El daño que usted le había hecho era mucho mayor.

—No, no me parecía lógico. Si se refiere a lo que pasó cuando éramos adolescentes, ese era un asunto más que pasado, olía a naftalina, no tenía sentido. Aquello pasó siendo unos niños, pero ya éramos hombres, seguir con esa mierda era una estupidez.

—No lo era para él, casi le costó la vida.

—¡De eso no me puede culpar! La decisión de rajarse las venas fue suya porque era un débil, un fracasado, un mierda que no le echaba cojones a nada.

—Esa es su opinión. ¿Pero le pidió perdón? Tal vez era lo que necesitaba.

—¡Nunca le pedí perdón ni pensaba hacerlo! Fue una chiquillada, una tontería que ocurrió hace un siglo. Él debía haber estado a la altura.

—Muy bien, continuemos, por favor. ¿Qué ocurrió?

Sanz tomó aire y otro vaso de agua. Continuó hablando.

—Cuando Rebeca supo que estaba embarazada, él ya conocía nuestra relación. Al principio tuvo sus dudas, como todos, ni siquiera Rebeca sabía qué hacer, si continuar o no con el embarazo… menos yo.

—¿Usted quería que continuara?

—Sí. No hacía ni un año que yo había perdido a mi hijo y pensar que este podría ser mío… me ilusioné. Soñé que podría continuar una nueva vida con ella y con nuestro hijo, pero las cosas no fueron como yo hubiera querido.

»A Oliver le daba igual de quién fuera la criatura.

Yo creo que incluso deseaba que fuera mío para poder quedárselo y arrebatármelo.

Era su venganza. Amenazó a Rebeca con pedir la custodia de los tres hijos y prohibir que los volviera a ver, argumentando infidelidad, abandono y yo qué sé más…

ella tenía miedo de que la apartara de los niños, por eso continuaba con él.

Su relación empezó a ser insoportable, entre sus desprecios y sus amenazas.

Rebeca decía que no podía más y cada vez estaba más desesperada.

»Cuando el niño nació, decidimos hacer la prue- ba de paternidad.

Fue fácil. Yo estaba dispuesto a pe- lear por él hasta la muerte.

Le dije a Rebeca que si el niño era mío, no me iba a parar nadie, iba a llegar a los tribunales internacionales si era necesario.

No quería perder otro hijo. Si quería separarse de Abel, perfecto, estaríamos juntos con nuestro hijo; si no quería hacerlo, aunque me produjera dolor, no podía obligarla, pero ella tampoco me podría obligar a no ver a mi hijo.

Cuando llegaron los papeles de las pruebas decidimos abrir juntos el sobre.

Los dos temblábamos —Fidel se quedó en silencio, pensativo y serio.

—¿Y…? —Urgió Rizos.

Fidel Sanz negó con la cabeza.

—No era mío. Se me vino el mundo al suelo.

El niño era de Abel. En aquel momento vi como un gesto de alivio en ella.

Le pregunté enfadado por qué ese resultado le hacía sentir mejor.

Me dijo que Abel habría sido capaz de separarse de ella y dejar que nos fuéramos con el pequeño, pero que jamás consentiría que se llevara a los dos mayores.

La separaría de ellos. También eran sus hijos. La comprendí.

—¿Abel supo que tenían los resultados de la prueba de paternidad?

—No. Nunca se lo dijimos. Eso le hubiera dado aún más fuerza frente a ella. Nos sentíamos atrapados.

—Y la única forma de liberarse era matándole.

—Sí —reconoció.

—No digas ni una palabra más —advirtió la abogada.

—¡Cállate! ¡Qué más da! Esto tenía que pasar antes o después. Lo supe desde el momento en el que Rebeca me avisó de que sus hijos habían abierto de nuevo el caso.

—Entonces, ¿lo planearon entre los dos?

—Sí.

—¿Seguro que fue entre los dos o es más fácil culpar a una persona fallecida que no puede defenderse?

Sanz miró a la inspectora con el ceño fruncido.

—¿Por qué iba a hacer eso? Sin ella era imposible y yo fui igual de culpable.

—De acuerdo. ¿Qué pasó esa noche?