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Se nos amontonan los muertos, jefa —soltó Sánchez nada más ver salir a Rizos de su despacho.
—Lo sé, lo sé —suspiró ella dirigiéndose hacia el despacho del comisario con una botella de agua en la mano.
La “parejita”, ha pedido un abogado. —informó—. No van a declarar nada si no les representa un letrado.
—Están en su derecho.
—Eso está claro, pero vamos a tener que esperar un rato, en pleno verano parece que se han puesto todos de acuerdo para marcharse de Valencia y no lo critico ¡eh! que lo entiendo. Con este calor también me iría yo bien lejos, pero es que no encontramos ni a los de oficio.
—No te quejes tanto, que te queda una semana para tus vacaciones.
—¡Qué suerte, Sánchez! —voceó el agente Luciano desde la puerta—. ¡Vacaciones para ponerte a pun- to, cabronazo, que parece que ya caminas más derecho!
—¡Luciano, ¿sabes por dónde amargan los pepinos?! ¡Pues por ahí te pueden dar!
—¡Por favor! —le reprendió Rizos mientras se escuchaba reír a los presentes—, No entres al trapo, que te tiene tomada la medida y siempre consigue que reacciones. No le hagas caso. ¡Joder!
—¡Vaaale! ¿Te traigo algo del bar de Mauro? Se te nota el cansancio a kilómetros de distancia.
—Gracias, Sánchez, pero solo necesito un poco de agua fresca para hidratarme, esto acabará pronto.
Los subinspectores Sánchez y Carrasco, con las manos en los bolsillos, vieron a Rizos desaparecer tras la puerta del hombre tricolor. Sánchez, dirigiéndose a su compañero, fue el primero en hablar.
—¿Te has pensado ya si te presentas o qué a la plaza de inspector?
—No —respondió tras unos segundos de silencio.
—Pero, ¿a ti qué te pasa? Tienes la oportunidad delante de las narices y sabes que con toda probabilidad sería para ti. Más sueldo ahora, más para la jubilación… Tu mujer está enferma, seguro que eso también os ayudaría, cada vez va a necesitar más atención.
—Tenemos suficiente para los dos y yo la cuido bien…
—¡Y una mierda! Mira, Luis, ya sé que la cuidas, haces lo que puedes, pero no te engañes, porque, que intentes engañarme a mí, pase, pero que te engañes a ti mismo… Es por ella, ¿verdad? —movió la barbilla en dirección al despacho del comisario.
—Estás diciendo tonterías.
—Luis, somos amigos, ¿verdad?
—Claro.
—Anda, vamos a la sala del café, aquí hay demasiadas orejas.
—Abrió la puerta, que chirrió como de costumbre y dejó entrar a su compañero delante de él.
Carrasco evitaba mirarle a los ojos. Le incomodaba la conversación, pero también la necesitaba, se sentía aturdido ante la seguridad de Sánchez, y, sí, era su amigo, tal vez el único en el que de verdad confiaba—.
Mira —prosiguió Sánchez—, ya sé que a veces parezco tonto, pero te aseguro que no lo soy.
Igual que yo me he dado cuenta, se darán otros. Incluso ella, si no se ha percatado ya.
Carrasco le miró interrogante.
—Tranquilo, es una mujer inteligente. Si se ha dado cuenta lo ha disimulado muy bien y si no lo ha hecho, es porque tiene la cabeza metida en el trabajo desde que se levanta hasta que se acuesta.
—Julián, no sé qué hacer —confesó casi en un susurro, dejando caer su peso sobre la primera silla que vio.
—Me lo imagino. Tienes el corazón “partío”, pero tienes que sopesar qué es lo mejor para ti y para tu futuro, no vayas a dar un traspiés que no tenga vuelta atrás.
Luis Carrasco miró a su compañero de frente por primera vez desde que comenzaron aquella con- versación.
—No voy a dejar a mi mujer, si eso es lo que temes.
—No, no te equivoques, ya sé que no eres capaz de hacer eso en las circunstancias en las que se encuentra la pobre mujer en estos momentos.
Serías un grandísimo hijo de puta si lo hicieras.
Pero me parece una gilipollez que no quieras presentarte a ese puesto, es bueno para ti y, ya sé que lo que voy a decir te va a joder, pero sería también una oportunidad para alejarte un poco de Rizos, a lo mejor es solo un enchochamiento y con la distancia se te pase y te centras en lo que de verdad importa.
Carrasco movía la cabeza a derecha e izquierda.
—Pero es que no quiero, Julián. Es que no quiero.
—¡La madre que te parió! —exclamó Sánchez cruzando los brazos y dejándose caer sobre el respaldo de la silla—.
¿Y qué es exactamente lo que quieres? ¿Pasarte la vida como subinspector a las órdenes de Rizos?
Porque te recuerdo que es unos pocos años más joven que tú.
Ella cualquier día despega y te quedas ahí, mirando al cielo con cara de pasmao. ¡Tío! Espabila y reflexiona un
poquito, anda. Menuda película tienes en la cabeza. ¿Es que no ves que esto no puede acabar bien?
—Es que no sé lo que me pasa, Julián. De verdad que entiendo lo que me dices y si yo no fuera yo, y estuviera sentado frente a mí, también estaría diciendo las mismas palabras que escucho de tu boca.
Te lo digo en serio. Soy muy consciente de que esto no tiene sentido y me siento como en un callejón sin salida, pero no soy capaz de dar la vuelta y salir de él, ni siquiera tengo fuerzas para buscar alternativas.
Tal vez tengas razón, debería poner tierra por medio, pero es que no quiero, eso es lo único que tengo claro.
—Pues mira, haz lo que quieras, yo no te voy a traicionar, ya lo sabes, pero estás haciendo la tontería del siglo. Procura al menos disimular mejor y no poner esa cara de gilipollas cuando estamos en el bar, por ejemplo, es solo una sugerencia. ¿Sabes Romeo?
—Lo procuraré —rio Carrasco.
—¡Joder, tío! Es que es una putada lo que haces, una putada para ti, claro, a los demás no nos afecta, pero tu vida te lo puede poner panza arriba, ¿sabes?
—Claro que lo sé.
—Yo también sé lo que es estar enamorado, de hecho, lo estoy, aunque te cueste creerlo. Pero en tus circunstancias… ¡Joder! No quisiera estar en tu pellejo.
La puerta de la sala se abrió y Rizos apareció mirando hacia todos lados.
—¡Vaya, estáis aquí!
—¿Has informado ya al comisario? —preguntó Carrasco algo azorado, como si temiera que la inspec- tora hubiera escuchado parte de la conversación. Ella no mostró ningún síntoma de haberlo hecho.
—Sí, Riquelme ya está al corriente. Os buscaba porque una de las abogadas ya está aquí, creo que es la que representa a Fidel Sanz. La fiesta va a empezar.
—¡Pues no hay que perdérsela! —aprobó Sán- chez. Se puso de pie de un salto y se dirigió raudo hacia la puerta. Se volvió hacia su compañero—. ¿Vienes, Carrasco? ¿O es que se te ha quedado el culo pegado a la silla?
—¡Voy, voy!