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La hija de Calabuig se mostró ansiosa por acudir a la cita con la inspectora Rizos. Llevaba diecisiete años esperando que alguien hiciera justicia a su madre y ya había perdido la esperanza de que eso sucediera.
No tardó mucho en llegar junto con su esposo. El matrimonio llevaba jubilado unos años y pasaba los veranos en su apartamento de Cullera, en cuanto recibieron la llamada de la inspectora se pusieron en marcha hacia Valencia.
La mujer se mostraba nerviosa y su marido la tranquilizaba cuando la hicieron pasar al despacho de Rizos.
—Perdone —se disculpó la señora cuando estrechó la mano de la inspectora—, es que no me esperaba su llamada y estoy hecha un flan.
—Pues tranquilícese, por favor, solo la he llamado para informarle de que hemos encontrado una posible conexión con otro caso sucedido en aquellos mismos días en los que su difunta madre apareció asesinada, pero no podemos asegurarle que esta nueva investigación llegue a buen puerto, hace mucho tiempo de aquello y necesitaríamos más pruebas de las que tenemos para poder acusar a alguien concreto de los hechos.
Les indicó que se sentaran frente a ella mientras abría la carpeta que contenía el informe del inspector Gabriel Castillo, encargado de la investigación inicial.
—¿Recuerda usted si su madre le dijo en los días precedentes a su muerte, si había tenido alguna rencilla
con alguien de la vecindad o con cualquier otra persona conocida o desconocida?
—No, eso se lo puedo asegurar. Me lo hubiera contado, sin duda.
—¿Cuándo habló usted con ella por última vez?
—Pues, el mismo día que se supone que la ma- taron, pero por la mañana, a eso de las ocho.
La llamaba siempre a esa hora porque era cuando yo salía para el trabajo; la saludaba, le preguntaba si estaba bien o si necesitaba algo y hablábamos durante al menos cinco minutos.
Ella madrugaba mucho, de siempre, así me aseguraba de que estaba bien y los viernes me acercaba a verla, hacíamos compra y se lo dejaba todo en la nevera.
De vez en cuando, venía ella a mi casa y se quedaba un día o dos.
—Entonces, usted habló con su madre el día 3 de diciembre a las ocho de la mañana sin que le revelara ningún detalle importante ni nada que se saliera de lo cotidiano.
—Sí. Es más, el domingo anterior habíamos estado toda la familia comiendo allí con ella y cele- brando su cumpleaños. Mi madre estaba mejor que nunca —se volvió hacia su marido—. ¿Verdad?
El hombre asintió.
—¿Y el 4 de diciembre? —continuó la inspectora.
—Llamé y llamé hasta que se cortaba. Lo hice varias veces y me extrañó mucho, porque ella siempre estaba esperando mi llamada, a la primera descolgaba, pero esa mañana no lo hizo.
Yo me fui a mi trabajo preocupada, e incluso la llamé desde la oficina varias veces sin ningún resultado, así que, al acabar la jornada, ni siquiera fui a comer a mi casa, avisé a mi marido y me fui para Torrent.
El marido volvió a asentir muy serio, sin despegar los labios.
—Yo tenía un comecome dentro, como si en mi fuero interno ya supiera que me la iba a encontrar, si no muerta, al menos con una cadera rota o algo así, vamos, de alguna forma que le impidiera alcanzar el teléfono.
Lo que nunca me pude imaginar es que la hubieran matado y menos aún de esa manera.
Ella, dentro de los achaques lógicos de su edad, era una mujer muy sana.
—No quisiera hacerle revivir la escena que se encontró usted aquel día, pero usted conocía bien la casa y le quiero pedir que recuerde si observó algo fuera de lo normal.
Se lo pregunto porque en las fotos que tomaron del lugar donde apareció su madre y del resto de la casa, no se veía señal alguna de pelea.
Si ella sintió que iba a ser atacada, se defendería de alguna manera, eso, obviando que la puerta no estaba forzada, o sea, que ella abrió y dejó entrar a su agresor, luego, le conocía.
Sin embargo, no se llevó nada, al menos que se viera a primera vista —carraspeó ante la cara de confusión de la mujer—.
A ver, solo queremos establecer el posible móvil que llevó a su atacante a matarla con tanta saña.
Tal vez quisiera llevarse algo que consideraba valioso, o tal vez solo quería deshacerse de una vecina molesta.
—¡Por Dios! ¡Pero si mi madre se llevaba bien con todo el mundo!
Ni siquiera tenía perro que ladrara y molestara, porque era alérgica al pelo de animal.
Además, ella me lo contaba todo, bueno, algún chisme que otro del vecindario, pero esas cosas que son habituales en los barrios sin que nadie mate por eso, porque, aunque mi madre me contara alguna cosita de alguien, me lo comentaba a mí, pero no iba cotilleando por ahí.
—Entiendo. Y, ¿por casualidad le contó alguna cosa de sus vecinos de enfrente? Por ejemplo.
—¿Se refiere al maestro y su mujer?
—En concreto de ellos.
—¿Es que tienen algo que ver con su muerte?
—Solo le pregunto.
La mujer dudó un momento.
—Me contó lo del niño. ¡Qué pena! Ella ya no era la misma y, según me dijo, se habían distanciado desde que la criatura murió, pero eso lo sabía todo el barrio.
A mi madre le daba mucha lástima la chica y creo que, a su padre, que era carpintero, le encargó alguna cosa, un mueble auxiliar, me parece recordar que le hizo una vez para la tele que se puso en su habitación y… fíjese, eso se me había olvidado.
—¿Qué se le había olvidado?
—Que después del entierro de mi madre, estuvimos unos días allí mi hija y yo recogiendo su ropa y esas cosas que hay que hacer, aunque no te apetezca cuando tu madre no va a volver —suspiró apenada—, y llegó Silvia, la mujer del maestro.
—Su vecina de la casa de enfrente.
—Sí, eso es. Traía una silla de mi madre que le había dado para arreglar en la carpintería de su padre, según me dijo, unos días antes de morir. Yo, ni me había dado cuenta de que faltaba una silla en el salón, porque era del salón.
—¿Cuántas sillas tenía su madre en el salón?
—Seis, pero hasta ese momento no me había dado cuenta de que había cinco. No tenía yo la cabeza para ir contando sillas.
—¿Siguen teniendo los mismos muebles en la casa o los han cambiado?
—Seguimos teniendo los mismos muebles porque, aunque son antiguos, son buenos.
—Las sillas del salón también.
—Claro. Son de madera maciza, como las que hacían antiguamente, no como ahora, que te sientas cuatro veces y se rompen.
—¿Y no le dijo su madre cómo se rompió esa silla?
—Nno —dudó antes de responder—. Ni si- quiera me comentó que se le hubiera roto nada y ya es raro, porque les tenía mucho aprecio a esos muebles, los compró mi padre cuando se fueron a vivir allí, ¡fíjese si hacía años que los tenía!
—¿Por qué no le contó ese detalle al inspector Castillo?
—Porque en ese momento yo no le di ninguna importancia, como ahora, pero, es que, además, en aquellos días yo estaba muy deprimida, no tenía la cabeza en su sitio ni estaba para detalles. ¿Qué importancia puede tener que mi madre le encargara al carpintero el arreglo de una silla?
—Aún no lo sé. ¿Nos permitiría ver esas sillas?
La mujer miró perpleja a su marido que le devolvió la misma mirada de estupefacción.
—Por supuesto. Ahora la casa la tenemos al- quilada durante el verano, pero podemos hablar con los inquilinos, si solo es ver las sillas…
no creo que tengan inconveniente, yo les explicaré la situación —volvió a mirar a su marido con preocupación—, aunque, no sé cómo se lo voy a explicar, no les hemos dicho que allí mataron a mi madre, ya sabe, esas cosas dan mal rollo y nosotros ne-
cesitamos alquilar la casa, sobre todo los veranos. Como tiene su jardincito y eso, nos la pagan bien.
—Hable usted con ellos, se lo ruego. Nosotros trataremos de ser lo más discretos posible.
—De acuerdo, denme al menos un día para hablar con los inquilinos.
—Perfecto. Quedo entonces a la espera de que mañana me llame usted y nos vemos allí.
—¿Cree usted que le he servido de ayuda? ¿Se va a hacer justicia a mi madre por fin?
—Ha sido usted de más ayuda de lo que cabía esperar y, en cuanto a su madre, no le quepa duda de que vamos a dejarnos la piel para que se le haga esa justicia que lleva tanto tiempo esperando.