27
Apenas había dormido cuatro horas y la sensación de cansancio se iba acumulando hasta parecerle una pesada carga. Estaba segura de que pronto tendría todas las piezas de aquel rompecabezas que mantenía en su mente como un enorme mapa sin acabar.
Se prometió a sí misma que, una vez que cerrara el caso, se tomaría unas largas vacaciones de al menos quince días y no haría otra cosa más que aprovechar el resto del verano tumbada al sol, comiendo todos los manjares que pudiera sin pensar ni por un momento en los kilos de más que habría de quitarse más tarde y tomar daiquiris bien fresquitos sobre una tumbona.
Ese pensamiento la animó a dar un salto de la cama y ponerse en marcha, tenía demasiado trabajo aquella mañana como para perder ni un minuto más de tiempo.
Cuando aceptó el caso Oliver, no pensó ni por un momento que fuera a tomar la dimensión que había acabado tomando, pero allí estaba: dispuesta a descubrir todos los secretos que durante diecisiete años habían ocul- tado tres asesinatos y que habían derivado en un cuarto crimen.
Todo lo descubierto la noche anterior era una bomba que haría acelerar definitivamente la resolución de todo aquel asunto.
A las detenciones de la tarde anterior había que añadir la de Fidel Sanz de forma inminente y por las posibles conexiones que pudieran existir con el caso Calabuig, también debían informar a la hija de la mujer asesinada.
Su cabeza era un hervidero cuando Rizos arrancó su viejo coche.
* * *
El bar de Mauro era el punto de encuentro obligado antes de reunirse en el despacho del comisario Riquelme junto a los miembros de su equipo.
Carrasco, como siempre, ya estaba allí en el mismo lugar de la barra que parecía reservado exclusivamente para él.
Cuando vio llegar a Rizos a través del cristal de uno de los ventanales del local, pidió enseguida al hostelero el café con leche para su jefa.
Era una especie de ritual, una toma de contacto con cada nue-
vo día, un acto saludable y relajante al que ninguno de los dos quería renunciar.
—No has pegado ojo tampoco esta noche —fue lo primero que le dijo Carrasco a su jefa en cuanto la tuvo al lado. Ella le sonrió y se dejó caer en la silla vacía a su izquierda.
—¿Esos son tus buenos días?
—Sabes que siempre te los deseo, pero, dime, ¿calor o trabajo? —Susana le sonrió de nuevo con gesto cansado.
—El calor ha contribuido, eso no lo puedo ne- gar, pero ha sido por trabajo y te vas a caer de culo cuando te cuente todo lo que descubrí anoche en las carpetas que me diste. Ni siquiera las habías abierto, ¿A que no?
—No muy a fondo, la verdad —admitió Ca- rrasco frunciendo el ceño intrigado— ¿No me digas que has descubierto una conexión?
—Sí, hay una conexión entre los casos, pero aún hay algo más.
—¿Algo más?
—Sí. ¿Te dije que Torralba me envió un correo con el artículo de la revista donde se homenajeaba al inspector Ferrándiz tras su fallecimiento?
—Creo que no.
—Claro, tampoco yo le di ninguna importancia, no esperaba encontrar un dato tan relevante para este caso.
Carrasco se inclinó hacia ella con los ojos muy abiertos, esperando impaciente una sorpresa que no se imaginaba.
—¿Recuerdas el nombre completo de la esposa de Sanz?
—Sí, claro: Silvia Pastor Guardiola. ¿Por qué?
—Porque es la sobrina política del inspector Ferrándiz. La mujer del inspector es Maite Guardiola y aparecen juntas en la foto del sepelio de su tío con todos los honores.
—¡No me jodas! —Exclamó el subinspector. ¿Hasta cuándo pensaban que iban a tener eso en secreto?
—Ya ves, por el momento les ha dado resultado durante diecisiete años.
—Ahora es cuando no me queda la más mínima duda de la culpabilidad de esa pareja.
—Expareja —concretó Rizos.
—Da igual. Nos han tomado el pelo desde el primer momento.
—¡Qué hijo de puta el Ferrándiz! —Sánchez lo soltó a su espalda sin bajar un ápice la voz y sus compañeros volvieron la cabeza, sorprendidos—. No quería interrumpirte, jefa, te estaba escuchando y me estaba quedando alucinado.
—Pues tómate el café rapidito porque ya sabes el ritmo de mañanita que vamos a tener.
—Citamos a la parejita y les leemos sus derechos, ¿verdad?
—Sí, hay suficientes indicios como para presu- poner su culpabilidad, pero también quiero hablar con la hija de la anciana asesinada antes de interrogarles a ellos, quiero ver si nos aporta algún otro detalle que se le hubiera podido pasar a Castillo.
Quiero acorralarles sin que les quede un resquicio para respirar.