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Susana cogió el teléfono, dispuesta a poner ese descubrimiento en conocimiento de Carrasco.
Por fin empezaba a comprender el porqué de toda aquella amalgama de errores durante la investigación del caso Oliver, pero también veía claramente las conexiones que presuntamente se vislumbraban con la muerte del yonqui Vicent Espí.
Pero no solo eso, si entre el inspector Ferrándiz y el ex matrimonio formado por Fidel Sanz y Silvia Pastor, había una vinculación familiar, tanto ella como él, habían mentido a lo largo de toda la investigación.
Eso les posicionaba como los principales sospechosos en todos los crímenes, solo había que averiguar el orden, la motivación, la estrategia con la que habían organizado todo ese turbio asunto y la implicación de cada miembro de la pareja en cada uno de los asesinatos.
El cerco se iba estrechando, pero todavía no lo veía del todo claro el asunto. Aún tenía mil dudas y mil preguntas para completar el complejo puzle que trataba de resolver.
Paró en seco. No había tenido en cuenta la avanzada hora de la noche y colgó antes de pulsar el botón de llamada.
Se sentía excitada y tenía que calmarse.
Lo mejor era tomar tranquilamente su frugal cena, repasar todos los indicios que acababan de llegar a sus manos y preparar un relato bien hilado para el día siguiente.
De nuevo, el excomisario Torralba, aun sin saberlo, había contribuido, como siempre, a ponerla en el buen camino para esclarecer los hechos.
Se volvió de nuevo hacia la mesa de trabajo y contempló el otro expediente sin abrir. Con la emoción de aquellas nuevas pistas se había olvidado del caso de la anciana, pero en ese momento su intuición le decía a gritos que también podría haber una conexión con las muertes precedentes.
El informe pericial estaba firmado por otro inspector: Gabriel Castillo.
No se había encontrado el arma usada para golpear hasta la muerte a la mujer.
Presuntamente, el asesino se la había llevado con él evitando así que se vinculara a alguien concreto con el objeto utilizado; no se habían encontrado tampoco huellas de personas ajenas a la familia.
La única hija de la fallecida había testificado y dado cuenta de una coartada sólida: una cena con su marido y con unos amigos en un céntrico restaurante de Valencia.
No fue hasta bien entrada la mañana siguiente del crimen, cuando la hija acudió al domicilio de su madre alertada porque no cogía el teléfono.
Al parecer, era costumbre entre ambas que todas las mañanas hablaran unos minutos para asegurarse de que la anciana se encontraba bien.
El cadáver había sido encontrado por esta en el salón de la casa, sobre un charco de sangre.
La habían golpeado hasta la muerte, sin embargo, la hija de la fallecida aseguraba no haber echado en falta ningún objeto de valor.
No habían desaparecido ni las joyas ni el dinero que guardaba la mujer para los gastos diarios.
La fiereza con la que aparecía golpeada, eviden- ciaba rabia y ensañamiento, algo que sucede con fre- cuencia en los crímenes donde existe un vínculo de rencor personal entre el asesino y la persona asesinada.
Todo el mundo aseguraba que la mujer, de 82 años de edad, no tenía rencillas con los vecinos ni se le conocían enemigos.
Salía de casa tan solo para hacer sus compras, pasear de vez en cuando o visitar a su hija y a sus nietos en Valencia, también muy de tarde en tarde; por otro lado, tampoco nadie había visto entrar o salir de la vivienda a nadie sospechoso.
Susana leyó los datos de la víctima: Remedios Calabuig Cañadas.
La fecha de la muerte se había producido en la tarde del 3 de diciembre, la misma fecha de la desaparición de Vicent Espí, o al menos, esa era la fecha en la que el padre del yonqui aseguraba que su hijo no había vuelto a su casa.
El domicilio de la mujer le resultó familiar a la inspectora Rizos: Calle Jardines del Turia, 132.
Por supuesto que había una relación directa, era la misma calle en la que residía Silvia Pastor, pero en la acera de enfrente.
Diecisiete años atrás, también ese era el domicilio de Fidel Sanz. Tanto Fidel como Silvia eran, en estos momentos, sospechosos de asesinato y los cadáveres se les estaban amontonando.
Solo le quedaba por revisar el informe de la autopsia de Remedios Calabuig.
La muerte se había producido por traumatismo craneoencefálico, pero además presentaba un enorme edema en mitad de la espalda, como si la hubieran hecho caer con el primer golpe y, una vez en el suelo, hubieran concentrado todas sus fuerzas en golpearle la cabeza hasta abrírsela.
Los brazos aparecían extendidos hacia delante en clara posición defensiva al caer al suelo, y la nariz rota, presuntamente al caer de bruces.
No había seña- les de arrastre del cuerpo, ni per se, ni por terceros.
La posición del cadáver evidenciaba que fue atacada por detrás con un fuerte golpe en la espalda y rematada sin posibilidad de levantarse, concentrando todos los gol- pes sobre el cráneo.
La escena del crimen estaba salpicada de sangre: paredes, muebles, objetos cotidianos sobre ellos…
Forzosamente, el asesino se habría manchado ropa y zapatos, aunque no aparecían huellas de calzado ni ninguna otra que hubiera dejado pistas sobre la identidad del criminal; tampoco se encontró el objeto con el que Remedios Calabuig fue asesinada tan brutalmente.
Fuera quien fuera, tuvo buen cuidado de llevarse el objeto con el que la golpeó, así como de limpiar cualquier otra cosa que hubiera podido tocar antes de marcharse.
No encontraron manchas de sangre ni el baño ni en la cocina, lugares donde el autor del crimen pudiera haberse lavado antes de salir, tan solo en el pomo de la puerta de la casa, aunque sin huellas dactilares, por lo que se concluyó que llevaba guantes o se cubrió las manos para salir cuando lo hizo.
Nadie, ninguno de los vecinos de los alrededores, había visto a alguien sospechoso, ni ajeno al entorno, ni habitual en las inmediaciones de la casa, y, ni mucho menos con la ropa ensangrentada.
También era cierto que durante esos días había habido lluvia, frío y viento, elementos atmosféricos que habían mantenido a los vecinos más protegidos dentro de sus hogares que en cualquier otra época con un clima más favorable.
El asesino debió encontrarse la calle más que despejada de testigos.
El inspector Castillo, encargado de la investígación del caso Calabuig, había sido minucioso, e incluso había hecho buscar en los contenedores de la zona posibles restos de ropa u objetos que pudieran estar relacionados con el asesinato de la anciana.
No se encontró absolutamente nada en los contenedores ni en los alrededores.
No había, de forma objetiva, ningún sospechoso como para pedir una orden de registro en las casas de la vecindad, no obstante, Castillo pidió la colaboración de los vecinos y todos se mostraron dispuestos a que fueran revisadas sus cola- das e incluso las herramientas de trabajo que guardaban en sus garajes. No hubo resultados.
A raíz de aquel suceso, los vecinos decidieron instalar cámaras de vigilancia en diversos puntos del barrio para prevenir que ocurriera alguna otra nueva desgracia, aunque estaba demostrado que la motivación para haber hecho tan horrible acto no fue el robo, sin embargo, el miedo a que algún psicópata estuviera suelto por las inmediaciones y que provocara un nuevo ataque, se extendió entre la vecindad.