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La carpintería Pastor llevaba cerrada mucho tiempo como negocio. José Pastor, el propietario, había dejado de regentarla más por su enfermedad que por haberse jubilado, una jubilación forzada por la progresiva artrosis que había deformado sus dedos y que le sometía a fuertes dolores.
Tanto José como su hija Silvia, habían sido conducidos en coches policiales hasta la nave y, en su presencia, varios agentes se habían encargado de forzar las puertas ante la negativa de padre e hija de facilitar su acceso.
La orden de registro firmada por el juez puso fin a la acalorada discusión entre los Pastor y los policías encargados de inspeccionar el interior del recinto.
Nada más entrar, una vieja furgoneta de color gris, llena de polvo, que difería bastante de la descrita por la testigo del caso Rebeca Martínez, apareció aparcada en el interior. Parecía no haberse movido de allí en años.
—La Científica ya está trabajando para identificar todas las pruebas —informó Sánchez a la inspectora—. De momento, no hemos encontrado ni el móvil de la viuda, ni nada perteneciente a ella. Hemos mirado hasta debajo de los palés apilados en un rincón, pero nada.
—¡No me lo puedo creer! Bueno, interroguemos de todas formas a los Pastor.
—Pero, jefa. ¿Va a interrogarlos ahora? Se está haciendo tarde.
—De momento —suspiró Rizos—, tendremos que dejar en suspenso la posible culpabilidad de alguno de ellos en este caso. Les interrogaremos mañana. Que se vayan a su casa… y vosotros también, ya habéis trabajado suficientemente hoy, ¡con el calor que habréis pasado!
—Eso ya lo puedes jurar, jefa, menudo veranito. ¡Ah! Otra cosa —añadió—, el viejo parece que está jodido, no sé yo si…
—Dejaremos su interrogatorio para el final. No quiero riesgos.
* * *
El día había sido largo y el calor contribuía a aumentar el cansancio.
Rizos dejó que el agua fría fuera llenando la bañera mientras se despojaba de la ropa.
Se metió en el agua, cerró los ojos y extendió las piernas sin- tiendo como el frescor la liberaba de la sensación pegajosa que había tenido durante todo el día; se dejó resbalar hasta que su cara y su cabellera se sumergieron completamente y así se mantuvo durante varios segundos, dejándose empapar, sintiendo el ligero vaivén de las pequeñas olas que provocaba el movimiento de su cuerpo al sumergirse.
Sacó la cabeza del agua y aspiró el aire, llenando completamente sus pulmones.
Aun con los ojos cerrados, relajó cada centímetro de su cuerpo dejándose arrastrar hacia un plácido estado de duermevela.
Sin embargo, su mente se resistía a caer del todo vencida, haciendo girar en torno a ella las mil preguntas que aún quedaban en el aire con respecto a lo sucedido durante la jornada.
Un recuerdo le vino fugaz a la mente y le hizo abrir los ojos lentamente: ni siquiera había abierto los informes que Carrasco le había facilitado aquella tarde.
Pero aún se había olvidado de algo más: no había tenido tiempo de abrir el correo que el excomisario Torralba le había prometido enviarle con el artículo de la revista “Policía”, en el que se comentaba la noticia del fallecimiento del inspector José María Ferrándiz, aunque ese tema le resultaba secundario, un simple cotilleo, la curiosidad de saber algo más del polémico inspector.
Suspiró y consideró que el relajante baño debía tocar a su fin. Antes de prepararse algo de cena le echaría un vistazo a las carpetas que le había dado el subinspector Carrasco y leería el correo.
Se secó superficialmente para que la humedad continuara refrescando su piel durante más tiempo. Tenía hambre y sueño, pero no podría descansar del todo sin terminar de hacer lo que consideraba su responsabilidad.
La primera carpeta contenía un informe policial en el que no resaltaba nada digno de mención, un caso más de muerte por sobredosis; algunas fotos del pobre desgraciado tirado en medio de una estancia en ruinas: mierda, escombros y pintadas alrededor del cadáver de un hombre que debía ser delgado y joven cuando dejó de respirar, pero que en la foto aparecía ya hinchado, de color azulado o verdoso y que aún mantenía la aguja pinchada en el brazo; los ojos semiabiertos, turbios, hundidos y mirando a la nada.
El estado de descomposición del cuerpo, databan la muerte en, al menos, tres o cuatro días atrás, es decir, aproximadamente, dos o tres días después de la muerte de Oliver.
Desde el 3 de diciembre, la fecha en la que pudo producirse la muerte de Vicent, hasta el día 9, en el que fue encontrado el cuerpo, coincidía con los días que su padre llevaba buscándole, convencido de que había vuelto a las andadas y que se había reenganchado a su vicio. No se equivocaba, al parecer.
El cadáver lo encontraron unos chavales que jugaban por la zona y que dieron, rápidamente, la voz de alarma.
La carpeta también contenía el informe forense de la autopsia.
En ese documento, Susana se detuvo algo más.
Todo lo encontrado durante ese proceso, coincidía con el informe policial firmado por Ferrándiz, solo hubo una cosa que le llamó la atención.
Marcó con un rotulador amarillo fluorescente toda la línea: “Entre el pelo del cadáver, además de abundante polvo y pequeñas piedrecitas, también aparecieron numerosas virutas de madera que, dado el entorno en el que fue hallado el cuerpo, no fueron consideradas pruebas relevantes y, por tanto, se eliminaron en el proceso de lavado del cuerpo.”
Susana Rizos releyó de nuevo el informe policial sin que apareciera ninguna mención a aquellas virutas de madera; revisó con su lupa las fotografías del cadáver de Vicent Espí.
Alrededor del cuerpo, en efecto, aparecía polvo y suciedad, pero nada que justificara unas virutas, no había madera en el entorno, excepto algunos troncos medio quemados que habrían formado parte de alguna hoguera para calentar a los furtivos visitantes de esa casa en ruinas, pero, ¿virutas de madera?
No podía ser casualidad. El cuerpo de Vicent Espí tuvo que entrar en contacto, en algún momento, con la carpintería de José Pastor.
El hecho de que nada de esos hallazgos en el cuerpo del yonqui aparecieran en el informe del inspector Ferrándiz, le hizo arrugar la frente.
Abrió su portátil y tecleó entrando en el correo electrónico.
Torralba había cumplido su palabra, allí estaba su email con el link que le llevaba directamente al artículo de la referida revista.
Clicó y entró en la página. El artículo no decía nada que mereciera la pena resaltar, de los muertos siempre se habla bien, sobre todo si es un mando de la policía: unas palabras de alabanza por su magnífica labor durante todos los años al servicio de la Patria y de la ciudadanía, blablablá, blablablá, blablablá.
Miró detenidamente las dos fotos que aparecían ilustrando el contenido del artículo.
La primera, que observó con curiosidad, fue la de un primer plano del inspector Ferrándiz, vestido de uniforme, mirando serenamente al frente; ni guapo ni feo, un hombre de mediana edad de los que pasan absolutamente desapercibidos si te lo cruzas por la calle; la otra foto, en cambio, le llamó poderosamente la atención, le hizo aproximarse más, amplió la imagen y la observó con expresión de incredulidad.
Leyó el pie de foto: “La viuda, Maite Guardiola, sus hijos y otros familiares del fallecido durante el sepelio, recibiendo el consuelo de las autoridades que acudieron a despedir a nuestro compañero.”
—¡No me jodas! —dijo en voz alta, y en ese momento se dio cuenta de que el sueño y hasta el hambre habían desaparecido.
Junto a la viuda de Ferrándiz y sujetándola de un brazo, aparecía una figura femenina que reconoció de inmediato: Silvia Pastor.