Las otras muertes de Abel 24
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Susana Rizos se frotaba las sienes cuando el comisario Riquelme entró secándose las manos con una toalla de papel.

Llevaba sin probar bocado desde bien temprano, tan solo el café de la mañana en el bar de Mauro y su cuerpo pedía a gritos reponer toda la energía perdida durante el día.

Su estómago empezaba a reclamar algo sólido y, en realidad, se daba cuenta en ese momento, al parar por primera vez en todo el día.

—A ver, lo primero, ¿han localizado ya el vehículo azul que atropelló a la viuda?

—el hombre tricolor les miraba alternativamente a ambos.

Rizos tuvo claro que el comisario sí había comido, no solo por la energía que demostraba al hablar, sino porque no se le habían desprendido algunas miguitas en su camisa que lo evidenciaba.

—Aún no —respondió la inspectora—, pero es cuestión de poco tiempo, el cerco se va cerrando. De momento ya tenemos un testigo que asegura haber visto a la víctima esperando en la puerta en una de las naves del polígono, miraba a un lado y a otro como si estuviera esperando a alguien.

Es una antigua carpintería que lleva cerrada tiem- po. Pronto sabremos el nombre del propietario. Es posible que ese sea el lugar donde se oculta la furgoneta implicada en el atropello.

—¿Y qué conclusiones habéis sacado de los interrogatorios?

—Que todo chirría demasiado, comisario. Hay cosas que no cuadran, ni en la declaración de Fidel Sanz, ni en la de su exesposa, Silvia Pastor.

El hombre tricolor se apoyó en el respaldo de su sillón y se pasó la lengua por los dientes. En ese mo- mento se dio cuenta de los restos de pan sobre su ca- misa y se los sacudió sin ningún disimulo.

—En este asunto chirrían demasiadas cosas, Rizos. No dejo de preguntarme de dónde sacó Ferrándiz la teoría del suicidio con la cantidad de indicios que se saltó y que aseveraban otra cosa, eso sin contar con que ni siquiera comprobó la veracidad de la nota del presunto suicida.

—Solo pudieron hablarle de sus antecedentes psicológicos tres personas: Fidel Sanz, Silvia Pastor o Rebeca Martínez.

Nadie más conocía el intento de suicidio de Oliver en aquel momento, pero, aun así, tampoco explica que se cerrara el caso con un argumento tan pobre. No conocí al inspector Ferrándiz, pero…

—¡No hablemos mal de los muertos, Rizos!

Vamos a resolver el misterio y nos olvidamos de Ferrándiz.

Dejémoslo en que el difunto inspector no era, precisamente, un dechado de virtudes, pero no era tonto.

Ahí hay algo más. ¿Quién ganaba algo con la muerte de Oliver?

Y llegados a este punto de la historia, ¿Quién ganaba algo con la muerte de la viuda?

—Evidentemente —se adelantó Carrasco—, quien podría ganar algo era el amante de Rebeca, o sea, Fidel Sanz, sin embargo, no hemos podido probar na- da concreto, en todo caso, tenemos algunas incongruencias en su declaración y en la de quien le acompañaba aquella noche: su amigo Felipe Barroso.

—Pero no dejan de ser pruebas circunstanciales —apostilló Rizos—.

Al carecer de pruebas físicas que lo acrediten y, dado que los dos amigos reconocen haber ido muy bebidos aquella noche, cualquier explicación, incluso la debilidad memorística de los dos sujetos, podrían dejar en nada nuestras sospechas, aunque fueran ciertas.

Necesitamos una de dos cosas: una prueba irrefutable o una declaración de culpabilidad.

»El vehículo utilizado por Sanz y por Barroso aquella noche ya no existe y lo único de lo que quedó constancia en el informe policial, es que el golpe en la carrocería y las marcas de pintura del árbol contra el que aseguran haber chocado, coinciden con la declaración de los ocupantes.

Al no hacer ninguna referencia a un posible atropello, en ningún momento se peritó en el vehículo posibles rastros de sangre, piel o cabellos, y si había algo... nunca lo sabremos

—Pero —reflexionó Carrasco—, ¿Por qué, si quien se interponía entre ambos amantes, era Oliver, no acabaron juntos una vez muerto? Han pasado diecisiete años, tiempo de sobra para continuar con una relación normalizada. Es otro fleco que no acabo de ver claro.

—Si todas las tumbas del mundo desvelaran los secretos que se llevaron consigo, el mundo sería otro —suspiró Riquelme, e insistió—. ¿Y en cuanto a la segunda pregunta?

Rizos resopló antes de responder.

—Está claro que le interesaba a alguien que la viuda cerrara la boca y eso significa que conocía quién se había cargado a su marido. Lo que no entiendo, es por qué durante todos estos años no ha denunciado el crimen.

—Tal vez tampoco a ella le interesaba destaparlo —intervino Carrasco.

—¿Tú crees? —Rizos le miró con incredulidad.

—Nunca se termina de conocer a la gente.

—O tal vez protegía a sus hijos.

—Tal vez. O las dos cosas.

—Esta lluvia de ideas está muy bien —medió el comisario, moviendo sus regordetas manos con impaciencia—, pero lo que yo creo es que hay que volver a interrogar a toda la pandilla y machacarles hasta que alguien cante la verdad.

Ahora disponemos de un participante menos en la historia: la viuda, pero, descubrir quién se cabreó tanto como para quitarla de en medio nos puede facilitar el camino para llegar a quién mató a Oliver.

¿Estamos de acuerdo? —Rizos y Carrasco asintieron.

El sonido del teléfono de la inspectora desvió su atención. Sánchez era el nombre que aparecía y Rizos se apresuró a responder a la llamada.

—¡Jefa! Te adelanto el nombre del propietario, los papeles ya están de camino. El nombre es José Pastor Requena y si mi intuición no falla, tiene algo que ver con Silvia Pastor.

—Claro, es su hija. Gracias, Sánchez, esperad la orden de registro, vamos para allá.

Los dos hombres la miraban impacientes espe- rando las noticias que acababa de recibir.

—La carpintería pertenece al padre de Silvia. Estoy segura de que la furgoneta está dentro.

—Hablo inmediatamente con el juez —se apre- suró Riquelme—. La orden no tardará en llegar. Es- perad fuera y preparaos para salir, vamos a entrar en esa nave.