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De pie y con los dedos entrelazados detrás de la nuca, Susana Rizos miraba fijamente el panel que cubría gran parte de una de las paredes de su despacho.
Las fotos de Abel Oliver y de Rebeca Martínez aparecían en primer término, seguidas de todos los que habían tenido que ver, de una forma o de otra, con la pareja y que eran testigos o sospechosos de sus muertes.
Las líneas temporales de los dos casos llevaban implícitos varios interrogantes que aún estaban por despejar.
Susana necesitaba aclarar su mente, ordenar las ideas, los pensamientos y las preguntas que iban sur- giendo a borbotones en su cabeza. Las pruebas eran escasas o nulas en el caso de Oliver, y en el de su esposa aún se estaban rastreando.
Pensó en el excomisario Torralba, su mentor y amigo. Él siempre le ayudaba de alguna manera a clarificar las situaciones complicadas, sobre todo en esos momentos en los que parecía que las posibilidades se tapaban con una cortina de espesos nubarrones imposibles de diluir dentro de su cabeza.
Dudó unos segundos con el móvil en la mano y buscó a continuación el número del anciano.
Tan solo sonó dos veces antes de que escuchara su voz, tan alegre y jovial como si la vida no le hubiera hecho mella.
Ella sabía bien que no era así, pero conocía a aquel hombre como si fuera su propio padre.
Confiaba en su sagacidad de policía experto y su llamada era casi un grito de socorro.
—¡Qué alegría ver tu nombre en la pantalla, Susi! Ya me estaba preguntando yo si te habrías olvidado de mí.
—Yo jamás me olvido de usted, don Antonio. Al revés, le sigo necesitando como cuando era mi comisario, o tal vez más.
—Pero, mujer, ¿es que no te trata bien el hombre tricolor? —soltó una carcajada al nombrar a su sucesor.
—Claro que sí, pero no tengo la misma con- fianza. No es igual.
—Ten paciencia, Susi, Riquelme es un hombre inteligente y un buen policía, tal vez excesivamente recto para mi gusto, pero no te fallará.
—Estoy convencida de ello, don Antonio. En una hora tengo una reunión con él para el seguimiento del caso Oliver.
—¡Ah, claro! ¿Cómo va ese asunto?
—Pues, la verdad, complicándose por momen-tos. No sé si sabe que apalearon y atropellaron a la viuda de Oliver hace dos días.
—¡Vaya! Eso sí es una noticia desagradable. Lo siento mucho, de verdad. ¿Habéis localizado al autor de la agresión?
—Aún no, pero no tardaremos. Sánchez se está encargando de peinar, con algunos agentes, toda la zona de Els Mollons y los alrededores, que es donde la víctima dejó su coche aparcado, para localizar el vehículo implicado del que solo tenemos una descripción no muy clara; hay un par de sospechosos, pero ninguna prueba todavía.
—Es muy triste que sus hijos hayan perdido a su padre y después a su madre de forma violenta. Resulta traumático para cualquiera saber que ambas muertes y to-
do el dolor que conlleva han sido realizadas por gente sin conciencia. Es horrible.
—Sí lo es, don Antonio. Hace un rato me llamó Yolanda, la hija mayor de los fallecidos, para decirme que van a solicitar ya las pruebas de hermandad con el hijo pequeño de la pareja.
Para el chico es un trámite importantísimo.
Es muy joven y se encuentra perdido después de estos acontecimientos.
Yolanda dice que a su hermano Jaume y a ella les importa un comino el resultado, Alex sigue siendo su hermano, pero el muchacho necesita conocer la verdad sobre su ascendencia.
Yo puedo comprenderle y está en su derecho.
—Naturalmente. Yo también comprendo la posición de chico, aunque el resultado, sea el que sea, no le va a ayudar a recuperar a sus padres.
—Creo que eso lo tiene claro.
—Por cierto, Susi, ¿recuerdas que te dije que me enteré del fallecimiento de Ferrándiz por la revista “Policía”?
—Sí. ¿Por qué?
—Porque haciendo limpieza del trastero, ingrata tarea que mi señora esposa me ha obligado a hacer sin ninguna compasión —ambos ríen—, que no se conforma con atiborrarme de acelgas, encontré algunos números atrasados y me dio por echarle un vistazo a ver si entre ellos estaba la revista donde vi lo de Ferrándiz.
—¿No me diga que lo ha encontrado?
—Pues sí, lo encontré. Lo tengo aquí y, aunque solo sea una curiosidad, te voy a enviar el artículo y las dos fotos que aparecen: una es la de José María Ferrándiz con el uniforme de gala y la otra, una foto del entierro con algunas personalidades y miembros de su familia.
Te puedo enviar el link del artículo por e-mail si quieres.
—Sí, por favor, tengo curiosidad por conocer la cara de quien nos ha traído tantos problemas con este caso.
—Pues en un ratito lo tienes.
—Bueno, don Antonio, qué bien me sientan las charlas con usted. Tengo que ir a visitarle un día de estos, que me apetece ponerle al día en persona y darle un abrazo.
—Estoy deseando que lo hagas, Susi. Hasta pronto.
La puerta del despacho se abrió y Carrasco irrumpió con cara de urgencia.
—Rizos, estabas comunicando y Sánchez me ha llamado a mí.
Uno de los hombres que trabajan en una empresa del polígono ha reconocido la foto de Rebeca.
Asegura que la vio entrar en una antigua carpintería que lleva cerrada mucho tiempo.
Es una pequeña nave en la que casi nunca se ve a nadie.
Alguna vez han visto la puerta entreabierta, pero no deben usarla desde hace mucho, porque no se acercan clientes por allí.
»El hombre asegura que hace dos mañanas le extrañó ver a una mujer plantada en la puerta de esa nave, la puerta estaba cerrada. Él se marchó a su tra- bajo y nada más.
—¿Ha averiguado el nombre del propietario?
—Está en ello.
—Pues hay que pedir inmediatamente una orden para entrar en esa nave. Acompáñame al despacho del comisario. Si es quien me imagino, esto va a ir rápido.
—¡Rizos! —La voz de Dolores le hizo volver la cabeza—. ¿Pediste al laboratorio que analizasen una muestra de aceite o algo así?
—Sí.
—Pues ha sido fácil y rápido, es el tipo de aceite que se les pone a las motos.
—¿No es de coche?
Dolores miró el papel que sostenía en su mano.
—No, en absoluto.
—¡No jorobes! —Se volvió hacia Carrasco—. Tampoco en eso decía la verdad Sanz. Estuvo reciéntemente en casa de su ex. La verdad es que tenía la esperanza de que fuera aceite del que se pone a las furgonetas, en fin... —Se volvió de nuevo hacia la administrativa— Gracias, Dolores.
—Pues yo espero que esto no nos retrase mucho —anunció Carrasco entregando a su jefa un sobre marrón mientras recorrían los cinco metros que les separaban del despacho de Riquelme.
—¿Qué es?
—Los informes forenses que pediste del yonqui y de la anciana asesinada pocos días después del fallecimiento de Oliver.
—¡Ah! Gracias, casi me olvido de ello. Menos mal que estás ahí, Carrasco —le sonrió agradecida—. ¡Qué haría yo sin ti! —Carrasco tragó saliva y sonrió a su jefa sin decir una palabra.