Las otras muertes de Abel 22
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Felipe Barroso entró en comisaría con cara de despiste, se dirigió a uno de los agentes y preguntó por el subinspector Carrasco.

Él mismo salió a recibirle y le condujo a una sala para tomarle declaración.

Cuando se sentó frente a él, el policía puso ante sí varios documentos, entre los que a Barroso le pareció reconocer un informe hospitalario, por el logo de la Seguridad Social.

El hombre miró hacia el espejo que se encontra- ba en la pared de su derecha. Había visto muchas películas, como todo el mundo, así que supo enseguida que al otro lado estaba siendo observado.

—¿Estoy detenido?

—¡No, ni mucho menos! Está aquí en calidad de testigo.

—Pero, ¿de testigo de qué? Si es por aquel pobre diablo que se suicidó hace un huevo de años, ya declaré en su momento.

Yo no le conocía, nunca le vi, y mi amigo Fidel, le aseguro que estuvo conmigo desde que salió del gimnasio hasta bien entrada la noche.

Fue él quien me llevó al hospital después del accidente y el que me condujo a mi casa después.

No me dejó en ningún momento y le estoy muy agradecido, porque conforme iba yo aquella tarde…

vamos, que podría ser yo el muerto si no fuera por Fidel.

—Bueno —respondió sosegadamente Carrasco, ordenando los papeles frente a él—, usted deje que haga yo las preguntas, a lo mejor recuerda más de lo que cree en este momento. La memoria es así, a veces nos da sorpresas, a veces, incluso nos engaña… no se preocupe, so-

lo responda a mis preguntas y comprenda que debo grabar la declaración, espero que no le importe.

—No, claro… no me importa. Grabe si quiere.

—La tarde del viernes 1 de diciembre de 2006 —comenzó Carrasco—, usted salió a tomar copas con unos amigos, entre los que se encontraba Fidel Sanz y se reunieron en el bar Alonso, ¿no es así?

—Sí, lo es.

—Bien. Según declararon entonces y han vuelto a ratificar recientemente los señores Damián Caturla y Fernando González, los otros dos amigos que formaban parte de esa reunión, poco antes de las 21 h.

, Fidel Sanz y usted abandonaron el bar.

¿Podría contarme a qué se debió su marcha y qué fue lo que ocurrió posteriormente hasta que llegó usted a su domicilio aquella noche?

Barroso tragó saliva y se acomodó mejor en su asiento.

—Verá, yo en aquella época bebía mucho. Ahora no, ahora no bebo y estoy limpio desde hace…

va a hacer diez años, estuve muy enfermo y decidí acudir a Alcohólicos Anónimos, desde entonces no pruebo el alcohol, pero en esos tiempos, sí.

Me ponía ciego y hasta perdía el conocimiento, no sé cómo sigo vivo todavía.

—Céntrese en la pregunta, por favor.

—Sí, perdone. Es que tenía que dejar claro ese punto, a lo mejor a usted no le importa, pero yo…

bueno, voy al grano. Todos habíamos bebido mucho esa tarde, aunque también habíamos comido un poco, pero eso no importaba, a mí me hacía efecto la bebida mucho más y más rápidamente que a mis compañeros, así que a esa hora no me tenía casi de pie.

»No recuerdo casi nada, así que tampoco me puedo acordar de si fui yo o fue Fidel quien propuso cambiar de bar.

No es que no estuviera a gusto, ya sabe, sino que nos apetecía cambiar de ambiente.

El caso es que Damián y Fernando no quisieron, amenazaba lluvia y los dos preferían irse pronto a casa y dormir la mona calentitos, pero a nosotros no nos importaba, incluso nos parecía divertido, a mí siempre me ha gustado la lluvia.

Recuerdo vagamente todo eso, no crea. Había- mos salido con el último cubata recién tomado y una cerveza para el camino.

Solo recuerdo discutir por las llaves del coche y después, el golpe, seguramente perdí el conocimiento.

Casi no podía abrir los ojos de la cogorza que llevaba, solo la sensación de opresión en el pecho, el agobio de tener la cara aplastada contra algo y luego el dolor en el hombro, como si me lo estuvieran arrancando.

—A ver, hay algunas incoherencias en esta historia.

Si ustedes salieron del bar poco antes de las 21 horas, el accidente se debió producir quince o veinte minutos después, es decir, entre las 21’15 y las 21’20, por la distancia que les separaba del lugar del accidente y la velocidad mínima a la que, según el señor Sanz, avanzaron por la falta de visibilidad y el estado de embriaguez en el que usted se encontraba.

Sin embargo, en el parte médico de urgencias donde a usted le atendieron de sus lesiones, dice que entró a las 10’55 de la noche, una hora y media como mínimo, después del accidente.

La distancia entre ese lugar y el hospital es muy poca. ¿Cómo pudieron tardar tanto?

—No lo sé —respondió Barroso perplejo—. Ya le he dicho que no recuerdo apenas nada. Es posible que, como los dos íbamos pedo, Fidel tardara en reaccionar, porque tuvo que sacarme a mí y cambiarme al asiento del copiloto. No creo que fuera fácil con mi peso y lesionado.

—Esa es otra incógnita que me gustaría despejar, señor Barroso. ¿Cómo pudo lesionarse el hombro?

—Fidel tiraba de mí, recuerdo el dolor y que Fidel tiraba de mí.

—Pero, el hombro lesionado, según el parte médico, es el derecho. Si usted conducía, su compa- ñero trataría de sacarle por el lado izquierdo, porque el coche se quedó en el arcén, en ningún momento volcó.

—No, no volcó, es verdad. Trataría de sacarme por el otro lado para sentarme en el lado del copiloto.

—Eso es absurdo, señor Barroso. Esa operación hubiera sido mucho más complicada.

—Ambos quedaron pensativos durante unos segundos.

Carrasco volvió a la carga mirando a los ojos del asustado testigo.

Inclinó su cuerpo hacia delante sobre la mesa y suspiró sonoramente antes de continuar hablando—. ¿Sabe lo que creo, señor Barroso?

—Nnno.

—Creo que usted no conducía aquella noche.

—Pero… el inspector que nos interrogó cuan- do aquello pasó, lo vio todo lógico. Algo no estoy recordando bien, mire el informe del otro inspector, por favor, mírelo. Todo está ahí.

Carrasco negaba con la cabeza y con los labios apretados.

—Olvídese del informe del otro inspector, por favor. Si hemos reabierto este caso no es por casualidad, sino porque hubo errores de bulto en esa investigación. Usted no conducía su coche aquella noche…

—¡Recuerdo que sí, yo…!

—Usted no recuerda nada, señor Barroso, me lo ha confirmado en esta entrevista varias veces.

¿Quiere oírlo? Está grabado. Usted se limitó a confirmar la historia que su amigo el señor Sanz le contó.

Usted iba como una cuba, señor Barroso, por eso no cuadra nada, ni los tiempos, ni la posición de su brazo al lesionárselo.

—¡¿Qué quiere decir?! —interrumpió el testi- go— ¡¿Que yo no estaba allí?! Le aseguro que estaba allí: el golpe, el árbol, el tirón de mi brazo para sacarme del coche, el hospital… ¡todo fue real!

—Todo fue real, sí, pero usted no conducía y reconozca que no recuerda haberse puesto al volante.

—Vale, sí, es posible, pero eso no cambia nada. A lo mejor yo iba en el asiento del copiloto. ¿Y qué? No sé a dónde quiere llegar usted.

—Se lo voy a explicar enseguida: usted no podía ir sentado en el asiento del copiloto tampoco, porque si no, ¿por qué le iba a sacar su amigo a tirones? No era necesario, ¿no cree?

La cara de confusión de Barroso aumentaba.

—Entonces ¿qué pasó?

Carrasco volvió a apoyar la espalda en su silla sin dejar de mirar a aquel pobre diablo que empezaba a darle una pena tremenda.

—Usted debía ir acostado en el asiento de atrás de su vehículo.

Cuando el coche chocó, y no creo que fuera a 20 km/h, sino a bastante más.

Lo que creo es que la fuerza del golpe le impulsó y le hizo caer del asiento golpeándose las costillas y la cara y quedándose encajonado en el suelo del coche, en el espacio entre los dos asientos: el del conductor y el asiento trasero en el que iba durmiendo, de forma que quedó de lado con el brazo derecho en la parte superior.

Sanz tenía que sacarle de allí y colocarle en el asiento del copiloto, no podía decir que iba durmiendo detrás, no hubiera tenido coartada de ser así; tiró de su brazo para sacarle de ese espacio tan reducido y en esa operación le dislocó el hombro, por eso usted recordaba esa sensación de ahogo, porque su cara estaba pegada al asiento delantero.

—Es posible… yo… No lo recuerdo, pero… ¿por qué iba a hacer Fidel todo eso? Nos estrellamos contra el árbol, yo lo vi, el inspector que nos interrogó lo comprobó: el golpe, la pintura de mi coche en el tronco del árbol, cristales de uno de los faros… todo estaba allí.

—Eso nos encargaremos de verificarlo, puede estar seguro. No dudo de que eso ocurriera, pero veremos en qué circunstancias y en qué momento ocurrió, —Carrasco comenzó a recoger cuidadosamente los papeles y a ordenarlos dentro de la carpeta.

—Puede marcharse.

—¿Ya está?

—De momento, sí. Puede usted marcharse si lo desea. Le llamaremos en otro momento si lo vemos necesario.

Barroso se levantó como si le fallaran las piernas, susurró un «Gracias» y salió de la sala sin mirar atrás.