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Susana Rizos abrió los ojos con la sensación de haber dormido demasiado.
Dio un salto de la cama y com- probó su móvil, temía no haber oído alguna llamada, que nadie la hubiera podido sacar de la profundidad de su sueño.
No había nada. Llamó al número de Carrasco, si alguien sabía algo, con toda seguridad era él. Respondió enseguida.
—¿Cómo estás? —fue su saludo.
—Después de estos días de descanso, te confieso que he descansado poco, no dejo de pensar en Sánchez, en cuándo le despertarán de ese coma inducido para poder darle un abrazo.
—¡Quién sabe! A lo mejor no tardan mucho. Cada día que pasa hay un poco más de esperanza en su recuperación, aunque la gravedad continúa. ¿Sabes quién me llamó ayer muy preocupado?
—¿Quién?
—El agente Luciano. Quería saber si Sánchez iba evolucionando bien. Se le notaba compungido al hombre.
Susana se echó a reír.
—Están siempre como el perro y el gato, pero está claro que le aprecia y le echa de menos. ¿Sabes que ayer empezaba sus vacaciones?
—Sí, lo sé. Tardará en volver al trabajo, porque estoy seguro de que volverá bien repuesto, pero mien- tras tanto hay que seguir —suspiró—. No te he preguntado por la entrevista que mantuviste con los hijos de Oliver.
—Y es mejor que no me preguntes. Lo pasé fatal. El caso está resuelto, pero el dolor que les queda a ellos ahora, después de saber que su madre estaba implicada en el asesinato de su padre… eso no es fácil de superar.
—Me lo imagino.
—Espera. Me acaba de entrar un wasap.
El mensaje de wasap provenía del número de la mujer de Sánchez. «LE LLEVAN A PLANTA. SIGUE GRAVE, PERO NO TEMEN YA POR SU VIDA. LE DESPIERTAN ESTA TARDE, PERO OS AGRA- DECERÍA QUE VINIÉRAIS A VERLE MAÑANA, HAY QUE DARLE TIEMPO»
Susana respondió de inmediato: «POR SUPUES- TO. ES UNA GRAN ALEGRÍA. ALLÍ ESTAREMOS MAÑANA. GRACIAS POR AVISAR».
* * *
La habitación del hospital parecía una floristería, había ramos de flores por todas partes.
La esposa de Sánchez no se había movido de su lado desde que le trasladaron de la UCI y se notaba a la legua su cansancio; Julián Sánchez, postrado en la cama y enchufado a varios cables y goteros, parecía haberse reducido a la mitad.
A pesar de lo demacrado que le pareció a Susa- na Rizos, les recibió con una sonrisa.
—Ya sé que no soy nada original —dijo la inspectora después de darle un suave beso en la frente—, pero te he traído unas flores.
Todos rieron al ver que Susana no sabía en qué sitio ponerlas.
—Tengo curiosidad —planteó Carrasco a su compañero—. ¿Viste el famoso túnel? ¿En qué pensabas cuando Barroso te disparó?
—Del túnel no me acuerdo y en lo único que pensaba era en mis hijos, fue el último pensamiento consciente que tuve,
—¿No pensaste en mí ni por un momento? —bromeó Carrasco.
—Siento decepcionarte, pero no.
—En cambio yo, no he dejado de pensar en ti todos estos días en los que nos has tenido en ascuas, compañero.
—¿Debo recordarte que soy un hombre casado? —respondió el herido con sorna.
—Qué alegría ver que continúas aquí y que no has perdido tu sentido del humor.
La puerta se abrió y dos médicos entraron en la habitación.
—Sintiéndolo mucho, deben ustedes salir, vamos a hacerle algunas pruebas al paciente.
Rizos y Carrasco se miraron sonrientes.
—¿Volvemos al trabajo? —propuso la inspectora.
El subinspector asintió.
—Volvemos al trabajo.
FIN