20 #2
—Tiene usted razón: este pueblo ha crecido mucho en los últimos años, aun así, podrían haberse cruzado en algún momento, no sé, en el mercado, en el cine, yendo de compras o de copas con los amig…
—No tenemos los mismos itinerarios, ni conocemos a las mismas personas —interrumpió irritada—. No nos vemos ni nos cruzamos.
—De acuerdo. Entonces respóndame con sinceridad y sin omitir ningún dato, por favor: ¿Cómo y cuándo supo usted que su marido tenía un romance con Rebeca?
Silvia tomó aire y cerró los ojos.
—Mi hijo aún no se había enfriado en su tumba
y él ya estaba con esa puta metiéndose mano por los rincones. Los dos me daban asco.
—Pero, no me ha respondido. ¿Cómo se enteró usted de esa relación?
—Me enteré a través de un familiar. Alguien los vio en Valencia besándose en un pub como si fueran unos novios de 18 años —apartó la cara con gesto de repugnancia—.
Esa persona me llamó y me lo contó, entonces empecé a seguirle cuando salía y lo comprobé por mí misma.
No tenían ningún rubor en citarse en un parque infantil cerca de su casa.
Lo que me extrañó es que en el instituto no se enteraran de la in- moralidad de dos de sus profesores.
—Tal vez allí se comportaban normalmente.
—Claro, “normalmente”. Seguro que se iban dando besitos cuando nadie miraba.
—Céntrese en la pregunta que le acabo de hacer, por favor. ¿Se sinceró su marido con usted y se lo contó, en algún momento?
—¡Él, que va a confesar! Yo le seguí varias veces, cuando decía que había quedado con los amigos y que volvería tarde.
La mayoría de las veces, con quien había quedado era con ella.
Ella le esperaba dentro del coche en el parque que hay ahí cerca de su casa; él salía mirando para todos lados, como los ladrones, y se metía en el coche.
Yo veía cómo se besaban, cómo se restregaban como perros en celo creyendo que nadie les veía y luego se marchaban en dirección a Valencia o a algún camino oscuro, vete a saber.
—Pero con respecto a aquella noche, declaró en su favor.
—Dije la verdad.
—¿En esa ocasión no se había marchado con Rebeca?
—No. Aquella noche no estuvo con ella.
—¿Cómo les vigilaba usted? ¿Los seguía en su vehículo?
—No hacía falta. Yo le seguía a pie, pero con distancia. Cuando él se metía en el coche de ella, me escondía detrás de los árboles y les veía hacer hasta que arrancaban el coche y se marchaban.
—Veo que tiene usted garaje. ¿Puedo ver su vehículo?
—No hay ningún vehículo.
—¿Lo ha tenido alguna vez?
—Sí, pero hace años que lo desguazaron, era un coche muy viejo.
—¿Cuándo murió Abel conservaba usted toda- vía ese coche viejo?
—Sí, posiblemente ¿Por qué lo dice? ¿Va a ir a buscarlo ahora?
—Evidentemente y si lo desguazó, no creo que sea posible, pero, sí que me hubiera gustado poder verlo.
—Pues qué se le va a hacer —sonrió sin malicia.
—¿Habló usted alguna vez de la infidelidad de sus parejas con Abel Oliver?
—Yo…, no.
—¿Está segura? ¿Y tampoco le dejó una nota escrita en el mostrador de la secretaría del instituto advirtiéndole de ello?
Hubo un silencio que la inspectora interpretó como un «Me has pillado».
—O sea —remató—, que sí. Fue usted quien escribió la nota y la dejó en el mostrador aprovechan- do alguna ausencia de la administrativa, ¿no?
—¿Eso es un delito?
—No, no lo es.
—Entonces, ¿de qué me acusa? ¿De hacerle un favor? ¿De ponerle sobre aviso de lo que estaba pasando a sus espaldas y a las mías?
—Solo intento comprender qué es lo que pasó y qué fue lo que llevó a Abel Oliver al Pont Vell.
—Lo de la nota pasó mucho antes, al menos dos años antes. No intente liarme y cargarme el muerto a mí.
—Sé perfectamente en qué momento ocurrieron ambos hechos.
Lo que quiero saber es qué pasó entre esos dos sucesos y quiénes, durante todo ese tiempo, rodearon la vida de Oliver.
Entre ellos está su asesino… o su asesina.
Usted me ha mostrado el odio y las razones que podrían haberle llevado a matar a Rebeca, pero, dígame, ¿qué relación tenía usted con Abel?
—Ninguna —se apresuró a decir Silvia.
—¿Hablaron alguna vez por teléfono o personalmente?
—No lo recuerdo. Hace mucho tiempo.
—Dadas las circunstancias, debería acordarse de si habló alguna vez con él o no.
—No tengo buena memoria.
—Ya veo.
—Eso tampoco es un delito, ¿no?
—Pero mentir, sí, y tenga por seguro que acabaré sabiendo si miente.
Silvia se encogió de hombros e hizo un gesto de desdén.
—Muy bien, pruébelo.
Rizos tomó aire y trató de tranquilizarse.
Aquella mujer no era trigo limpio y estaba segura de que sabía mucho más de lo que decía.
No podía concluir con exactitud que los dos asesinatos hubieran sido cometidos por la misma persona, pero, desde luego, sí tenía la certeza de que tenían una clara relación: quiénes estaban implicados en uno, también lo estaban de alguna manera, en el otro.
Silvia había confesado que odiaba a Rebeca.
En ese caso tenía una motivación: la rivalidad entre ambas mujeres por Fidel, los celos; pero ¿qué podría tener en contra de Abel Oliver?
En todo caso, debería haber una especie de solidaridad al sentirse ambos, víctimas de la infidelidad de sus cónyuges.
No encontraba razón por la que Silvia pudiera haber hecho daño a Abel, no le reportaba ningún beneficio ni le aseguraba la vuelta de su marido, sino todo lo contrario, la muerte de Abel podría suponer el camino libre para Rebeca y eso no era lo que Silvia quería.
—¿Dónde estuvo usted anteayer entre las 6 y las 8 de la mañana?
—¿A qué viene eso ahora?
—Responda, por favor.
—En casa —volvió a encogerse de hombros.
—¿Siempre está en casa?
—Salgo poco
—¿De qué vive usted? ¿No trabaja?
—Oiga —se removió incómoda en su asiento— ¿Esto va a durar mucho? Tengo cosas que hacer.
—Si me responde, acabaremos antes.
—Muy bien, usted manda. Sabe perfectamente que vivo de la pensión que me ingresa mi exmarido.
—¿Nada más?
—Bueno, a veces le echo un cable a mi padre. Ya es mayor ¿sabe? Y él me da lo que puede.
—Ok. Antes de irme, me gustaría que me enseñara el garaje.
—¿Para qué? No hay nada que ver, ya le he dicho que no tengo coche, solo trastos y, además, necesita una limpieza.
—No se preocupe, no voy a asustarme por eso. Usted ábrame el garaje. «Cuanto más sucio, mejor» —Pensó Rizos poniéndose de pie ante su anfitriona.
Silvia resopló y se dirigió hacia la puerta del ga- raje con desgana.
Tanteó a su derecha buscando el pul- sador y encendió la luz.
El espacio era amplio y, en efecto, necesitaba una limpieza, sobre todo un vaciado de objetos inútiles apilados y llenos de polvo que hubieran ocupado un contenedor marítimo.
Rizos miró a su alrededor buscando algo que pudiera llamarle la atención sin encontrarlo.
El aire olía a humedad, pintura y aceite usado, que hizo que la inspectora arrugara la nariz.
Se fijó entonces en el suelo de cemento desportillado en algunos puntos; había muchas manchas en él, pero destacaba en el centro una mucho más grande.
Se agachó y la tocó con el dedo, observando que parecía reciente.
Le hizo una foto con el móvil y buscó en su bolso un hisopo esterilizado, siempre llevaba algunos, se decía a sí misma que era por deformación profesional, nunca se sabe cuándo podrían serle útiles y en esa ocasión consideró que lo eran, así que, abrió el tubo de plástico y extrajo el hisopo para pruebas; humedeció la cabeza de algodón en el aceite quemado del suelo y volvió a introducirlo dentro del tubo.
—¿Qué cree que está haciendo? Solo es aceite de motor —advirtió Silvia, incómoda.
—Tan solo recojo una muestra. Es evidente que hace poco ha habido aquí un vehículo que pierde aceite, y este es reciente.
—Será de la moto de Fidel.
—¿La visita con frecuencia?
—No, pero a veces hay cosas que hablar.
—Claro, cosas que hablar —repitió la inspectora escéptica. Fidel había declarado durante su interrogatorio, que hacía mucho tiempo que no veía a su exmujer.
Uno de los dos mentía y si mentía, lo hacía por alguna razón inconfesable.
Rizos estaba segura que, de una forma o de otra, aquella pareja tenía algo que ver en las dos muertes.