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Susana Rizos volvió a comisaría dos horas después de su marcha hacia el hospital. Cerró la puerta de su despacho tras de sí y se quedó un momento con la espalda pegada a la puerta, con los ojos cerrados tratando de organizar sus ideas.
Había llorado junto a los hijos de Rebeca, y sintió escozor bajo los párpados hinchados.
Se había lavado la cara con agua fría antes de salir del hospital para tratar de disimular la rojez y la hinchazón que provoca el llanto, sentido como ella lo había sentido aquella mañana, abrazada a Yolanda.
No había tenido mucho éxito. Tomó aire hasta que su pecho no tuvo más espacio y lo fue soltando lentamente por la boca antes de dirigirse a su mesa, llena de papeles, como siempre, en un caos en el que solo ella sabía desenvolverse.
—¿Qué estamos pasando por alto? —se pre- guntó a sí misma.
Sacó la carpeta donde figuraban las declaraciones de los testigos del caso Oliver y revisó una a una las hojas del informe. No había en ellas nada relevante: los amigos de Fidel Sanz refrendaban su coartada, igual que su esposa… Su esposa, Silvia Pastor Guardiola.
Buscó bajo un montón de papeles la carpeta donde Carrasco había incluido toda la información sobre Fidel Sanz y leyó su contenido: Fidel Sanz Fabra, casado con Silvia Pastor Guardiola.
La esposa de Fidel era 10 años menor que él.
Su único hijo, nacido año y medio después de la boda, había fallecido de muerte súbita a los tres meses de edad y Silvia no volvió a concebir ningún otro vástago después de aquel suceso.
Aquella desgracia había ocurrido antes de que Fidel empezara a verse a escondidas con Rebeca, o tal vez fuera el desencadenante de su búsqueda de apoyo y consuelo en los brazos de ella; una relación que bien podría haber comenzado como una simple amistad entre colegas y que derivara en el enamoramiento de ambos.
Silvia y Fidel se habían divorciado definitiva- mente, doce años después de la muerte de Abel Oliver, es decir, cinco años atrás y los dos seguían residiendo en Torrent; ella en la misma dirección en la que residía el matrimonio cuando aún estaban casados.
Era Fidel el que había cambiado de dirección y se hallaba empadronado desde entonces en una casa de alquiler en el centro del pueblo, en la calle Padre Méndez.
No parecía haber nada raro en los datos que leía sobre la vida de la pareja, sin embargo, tenía la sensación de que se le escapaba algo. Anotó las señas de Silvia Pastor, en una zona tranquila en los márgenes del pueblo y salió resueltamente de las instalaciones en dirección a Torrent.
* * *
El antiguo domicilio de Fidel Sanz, era una casa unifamiliar de dos plantas en una zona del pueblo donde se levantaban, a ambos lados de la calle, bastantes viviendas similares, pero de estructura distinta.
Habían sido construidas en los años 60 por familias trabajadoras, pero bien posicionadas.
Con el paso del tiempo, las habían ido remodelando e incluso ampliando, puesto que todas ellas disponían de suficiente terreno alrededor; algunas habían utilizado ese espacio para albergar una zona ajardinada alrededor de la edificación, e incluso algún pequeño huerto; otras, tan solo habían dejado un par de naranjos y limoneros, pero se veía el suelo enlosado y zonas de barbacoa, sin más.
Sin embargo, también se levantaban algunos pisos de tres y cuatro plantas, construidos en los 90, aprovechando, posiblemente, el derrumbe o la venta de las viejas edificaciones de planta baja y que distorsionaban la armonía de las casas con árboles o jardín que las flanqueaban.
Rizos aparcó su coche justo delante de la dirección que buscaba. No había demasiado tráfico en esa zona y casi todos los vecinos disponían de su propio garaje, así que se encontró con la zona de aparcamiento suficientemente despejada.
Miró primero entre los barrotes de la puerta que daba acceso a un patio con cuatro grandes macetones de margaritas, dos a cada lado, formando un imaginario pasillo hacia la puerta de entrada de la vivienda; a la izquierda de la casa continuaba otro módulo anexo como garaje, con una puerta metálica cerrada y a la derecha, desde su posición, podía observar, en una zona de hierba no muy bien cuidada, que se mecían, con la suave brisa que corría a esa hora, sábanas y prendas femeninas secándose al sol colgadas de las cuerdas de un tendedero.
Buscó y encontró, a un lado de la puerta de barrotes metálicos, el telefonillo y el timbre, que pulsó varias veces antes de que viera apartarse el visillo de una de las ventanas de la planta baja.
El sol se reflejaba en el cristal y no pudo ver con claridad las facciones de la persona que la miraba.
Intuyó entonces que no le iba a abrir si no se identificaba, así que mostró su placa desde la puerta consciente de que serviría de poco, aunque tal vez desper-
tara la curiosidad de la persona que estaba dentro de la casa.
Volvió a pulsar el timbre insistentemente y esta vez escuchó a través del telefonillo la voz de la mujer:
—¿Quién es?
—¿Señora Pastor? Soy la inspectora Rizos, del Grupo de Homicidios de Valencia.
—¿Qué quiere? ¿Qué busca?
—Tengo que hablar con usted, no me haga hacerlo a gritos desde la calle.
Hubo un silencio que duró varios segundos. Sil- via estaba considerando el alcance de la amenaza que le acababa de lanzar la inspectora. Por fin sonó un timbrado largo y el “clic” de apertura de la puerta. Rizos la empujó y caminó por entre los margariteros hacia la entrada de la vivienda.
Silvia había dejado la puerta entreabierta y retrocedió tres pasos ante la presencia de la inspectora.
Había cruzado los brazos bajo su pecho, abrazando su cuerpo en clara actitud de autoprotección.
Aquella mujer tenía apenas unos años más que Susana Rizos, pero parecía mucho más mayor, se veía dejadez en su aspecto: el pelo oscuro, recogido en una coleta baja, se veía poco cuidado y algunos mechones rebeldes caían sin gracia a ambos lados de la cara; llevaba puesta una bata amplia, aunque se notaba su delgadez bajo aquella tela de cuadritos azul y blanco, y calzaba unas chanclas de goma que se inclinaban desgastadas por la parte interior del talón.
Durante unos segundos, ambas mujeres queda- ron mirándose, estudiando los gestos de la otra y esperando que alguna de ellas dijera la primera palabra.
Rizos avanzó un paso más dentro de la entrada de la vivienda, provocando que Silvia también diera un paso atrás, chocando su espalda con la barandilla de una escalera que partía desde allí hacia el piso superior.
A su izquierda, la inspectora observó una puerta cerrada que, con toda probabilidad, accedía al garaje; de frente, junto a la escalera, un metro detrás de Silvia, se veía una puerta semiabierta que dejaba entrever parte de la cocina en la que algo hervía en el fuego y cuyo aroma inundaba la entrada: a la derecha, una puerta más ancha con cristaleras mostraba parte del salón.
La inspectora cerró la puerta tras de sí y levantó los hombros algo perpleja por la rigidez y el silencio de la anfitriona ante su presencia.
—¿Nos sentamos, o quiere que hablemos aquí mismo de pie? —sugirió a la dueña de la casa.
Silvia apretó los labios, bajó la cabeza y, des- pegando el brazo izquierdo de su cuerpo, señaló la entrada al salón en un gesto de forzada invitación.
Se sentaron frente a frente, mediando una me- sita auxiliar de forma ovalada en la que reposaba un cenicero repleto de colillas apagadas.
—¿Va a dejar el fuego encendido mientras hablamos? —Rizos miraba con preocupación en dirección a la parte donde se encontraba la cocina y de donde venía el intenso olor al guiso que estuviera preparando la dueña de la casa.
—Sí —asintió ella sin inmutarse—. Está a fuego lento y tiene para un rato.
—De acuerdo entonces. Sacó una libreta y su bolígrafo, y se dispuso a empezar la entrevista ante la mirada expectante de Silvia.
—Hace diecisiete años, usted fue una de las perso-
nas que dio coartada a su marido la noche que murió el profesor Abel Oliver. ¿Lo recuerda?
—Sí…, lo recuerdo —dijo como si le estuvieran arrancando las palabras con unas tenazas.
—No le voy a preguntar de nuevo a qué hora llegó Fidel ni en qué condiciones, si estaba borracho, sobrio, con la ropa manchada o pulcra.
Eso ya lo declaró usted en su momento y no es lo que me interesa ahora.
Lo que quiero saber es algo que nadie le preguntó entonces: ¿Dónde estuvo usted aquella tarde, antes de que llegara a casa su marido?
Silvia levantó la cabeza y miró a la inspectora como si estuviera viendo un fantasma. Abrió los labios y volvió a cerrarlos cruzando de nuevo los brazos en torno a su cuerpo.
—Yo…, no me acuerdo bien. De eso hace mu- cho tiempo —balbuceó apartando la mirada y fijándola en un lugar indeterminado de la mesa.
—Haga memoria, por favor, es importante que responda a mi pregunta.
—Creo que… estuve en casa. Salí a comprar al supermercado y volví pronto. Estuve… en casa.
Las palabras salían lentas de la boca de Silvia.
—¿Conocía usted a Abel Oliver?
—No…, bueno, sí. Quiero decir, que le conocía, pero no tenía amistad con él.
—¿Y a Rebeca Martínez? ¿La conocía?
Silvia crispó los labios súbitamente al escuchar el nombre de la amante de su marido, quedó callada por un momento; descruzó con lentitud los brazos y frotó las palmas de sus manos abiertas sobre la tela de la bata que cubría sus muslos.
Rizos observó cada movimiento, su mirada per- dida, la tensión en su espalda, el temblor alrededor de su boca que luchaba por no gritar de rabia contenida… Por fin, habló mirando por breves momentos a la inspectora y evitando que sus miradas se cruzasen.
—Es compañera de trabajo de mi marido… de mi exmarido.
—¿Cuándo fue la última vez que la vio?
—¿Por qué tendría que verla? —escupió con desprecio. Miró a Rizos con el ceño fruncido y la mandíbula tensa.
—Residen en el mismo pueblo.
—Este pueblo es muy grande.