19
Las ojeras, profundas y oscuras, derivadas de demasiadas noches durmiendo apenas dos horas, se marcaban en el rostro de Susana Rizos.
Había tratado de ponerse un poco de color, consciente de su aspecto más bien demacrado, y de que iba a recibir sendos rapapolvos por ello, por parte de sus dos compañeros de equipo.
Entró en el bar de Mauro y se dirigió directamen- te a la barra, donde Carrasco sorbía su café con leche casi hirviendo, como a él le gustaba, apoyado con ambos codos y la mirada perdida entre las múltiples botellas de la estantería que tenía frente a sí, al otro lado del mostrador.
—Mauro, por favor —llamó la inspectora—, un café bien cargado con un chorrito de leche.
Casi sin darse cuenta, apoyó la frente en el hombro de su compañero y cerró los ojos.
Temió por un momento traspasar la frontera entre la realidad y los sueños, porque el cansancio empezaba a hacerle mella.
Carrasco la miró entre sorprendido y halagado, era la primera vez que su jefa buscaba cobijo en él.
La sabía cansada, demasiado cansada, y en un segundo reprimió su deseo de acurrucarla más, entre su brazo y su pecho.
Rizos dio un respingo al notar que su cabeza se inclinaba demasiado, vencida por el sueño. Con sensación de tener arenilla en los ojos, cogió agradecida la taza que Mauro dejó frente a ella y vació todo el sobre- cito de azúcar dentro.
—La voy a necesitar —murmuró mientras lo removía con la cucharilla. Luego, miró a Carrasco, que continuaba observándola con una sonrisa tenue en los labios y se adelantó a sus comentarios apartando los ojos para que no viera sus marcadas ojeras, aunque sospechó que ya era tarde para eso.
—¿Qué quieres que te diga, Carrasco? Hoy vamos a tener mucho trabajo y, sí, he dormido poco —suspiró—. Espero que Sánchez no se retrase, tengo que hablar con vosotros.
—¿Hay alguna novedad?
—Sí…, bueno… En realidad, no sé si es una novedad o tan solo una coincidencia, pero hay algo que deberíamos investigar también, aunque solo sea para descartar.
La voz de Sánchez sonó a sus espaldas tras el chirrido de la puerta del local al abrirse.
—¡Buenos días!
—¡Hombre, Sánchez! —Saludó Carrasco—. Estábamos hablando de ti en este momento.
—Pero, ¿bien o mal?
—Mal, por supuesto —rio su compañero.
—Pues, antes de nada, permitidme el cafetito para calentar motores.
—¡Mauro! Por favor, el cafetito de Sánchez, cargadito y con sacarina —señaló con la barbilla a Rizos—, la jefa tiene trabajo que darnos.
—¿Más? —inquirió Sánchez.
—Así es la vida —respondió la inspectora sor- biendo su café y encogiéndose de hombros.
Sánchez se frotó la cara con las manos tratando de despejar sus ideas.
—Vamos a ver, recopilemos —propuso dejan- do salir despacio el aire por la nariz—: El principal sospechoso ha dejado de ser el principal, aunque siga siendo sospechoso; en el caso de Oliver, tenía razones sobradas para cargárselo, en cambio, en el caso de la viuda, no tenía ninguna razón para matarla y menos de la forma en la que lo han intentado…
—Con mucha rabia y muchas ganas —intervino Carrasco—. Tenía algo muy personal contra ella.
—Exactamente —continuó Sánchez tras dar un largo trago a su café—.
Y en ambos casos Sanz te- nía una coartada indiscutible, a no ser que tuviera un compinche, claro.
Bueno, el caso es que yo me apuesto un ojo a que el agresor de la viuda es la misma persona que se cargó a Oliver.
Me puedo equivocar, pero… Lo que me jode de todo este caso es que no tenemos ni una puñetera prueba contra nadie en concreto, una prueba sólida, quiero decir.
—Has hecho un resumen impecable, Sánchez —concluyó Rizos—. Esa sensación de estar con un pie en el aire también la tengo yo. Supongo que has vuelto a interrogar a todos los testigos que aparecen en el informe de Ferrándiz.
—Sí jefa, lo he hecho, al menos a los que quedan vivos, porque un par de ellos han pasado a mejor vida.
De todas formas, no he conseguido aclarar mucho más de lo que ya sabíamos.
Compañeros de trabajo, algún amigo personal, aunque no tenía muchos fuera del instituto donde trabajaba y la poca familia que le quedaba ni siquiera vivía en Valencia.
Nadie ha aportado nada nuevo o nada relevante. Estamos en el mismo punto.
—Pues ahora vamos a investigar una posible conexión, aunque os reconozco que no tengo demasiadas esperanzas en que nos dé luz sobre cualquiera de las dos agresiones.
—Sea lo que sea hay que intentarlo, Susana —manifestó Carrasco—. No tenemos nada que perder y mucho que ganar si al final resulta ser una pista, por débil que nos pueda parecer.
—Bien —aceptó ella—. Os voy a contar algo: Oliver estuvo durante casi dos años, ayudando a reinsertarse y a dejar las drogas, a un antiguo alumno llamado Vicent Espí.
»Mi cuñada me contó que en los siguientes días de la muerte de Oliver, hubo al menos dos fallecimientos no naturales: una anciana cuyo cadáver apareció en el salón de su casa.
La habían tumbado con un fuerte impacto en la espalda, cuya moradura quedó bien patente en la autopsia, y la habían rematado a golpes en la cabeza, pero no se halló el objeto con el que fue apaleada hasta morir.
Ese caso nunca fue resuelto. También apareció el cadáver de un yonqui en una casa abandonada, al parecer por sobredosis.
El cadáver podría pertenecer a Vicent Espí, por- que coincide esa información con la que me ha ratificado Yolanda, la hija de Abel Oliver.
El orden de los fallecimientos lo desconozco, solo sé que fueron posteriores a la muerte del profesor, con espacio de unos pocos días.
—¿Y crees que podrían tener alguna conexión? —preguntó Carrasco.
—No lo sé. El caso es que no había dado importancia a esa información hasta que leí en los diarios de Oliver su relación con el chico y lo contento que estaba porque había conseguido que aceptara su ayuda para reinsertarse.
Entonces me acordé y llamé a Yolanda. Ella me confirmó que el yonqui muerto un par de días después que su padre, era, en efecto Vicent Espí y que se determinó muerte por una sobredosis de heroína.
—Pero, jefa, a veces los yonquis que han conseguido limpiarse, recaen y su cuerpo no soporta una dosis. A lo mejor el chico tuvo un bajón al enterarse de que Oliver había muerto.
—No puedo saberlo, Sánchez, llámale corazo- nada. No digo que no tengas razón, pero, como dice Carrasco, no perdemos nada, tal vez un poco más de tiempo, pero bien vale dedicarle un par de días a revisar ese caso y ver todas las posibilidades.
Carrasco levantó la mano pidiendo un momento de silencio para intervenir.
—Yo tampoco sé si esto tendrá conexión con la muerte de Oliver o no, pero, tal como me pediste —miró a la inspectora—, averigüé si la muerte del profesor fue o no el último caso del inspector Ferrándiz.
—¿Y…? —Preguntó Rizos impaciente.
—Y no lo fue. El último caso de Ferrándiz antes de marcharse a Sevilla fue el de un yonqui encontrado muerto por sobredosis.
¿Casualidad? Podría ser, aunque en realidad parece un típico caso sin mucho donde rascar: un yonqui muerto con la aguja aún pinchada en el brazo.
Papeleo rápido, un caso fácil de cerrar.
—Y ese era, con toda seguridad, Vicent Espí —concluyó Rizos.
—¿Y el crimen de la anciana? —se interesó Sanchez.
—No —le aclaró Carrasco—, ese otro asunto se lo darían a otro inspector.
Todo fue en cuestión de pocos días. Lo averiguo hoy mismo y, ya que nos ponemos, vamos a revisarlo también.
Es posible que no tenga nada que ver pero que nadie diga que no hemos mirado hasta debajo de las piedras para resolver el caso del profesor Oliver.
—Pide los informes forenses de ambas muertes —intervino Rizos—, les quiero echar un vistazo.
—¿Sabes que puede ser una pérdida de tiempo?
—Puede ser, pero se han perdido ya diecisiete años, unos días más no van a ser tan importantes en la resolución de este caso.
—De acuerdo, yo me encargo, a ver si mañana te los puedo entregar.
Pero lo que tengo muy claro es que el autor o autores del crimen de Oliver está estrechamente relacionado con el intento de asesinato de su viuda y, desde luego, es alguien muy cercano a la familia, alguien al que no le ha gustado nada que se reabra el caso del profesor y que ha querido cerrar del todo la boca de Rebeca Martínez.
Eso significa que aún había algo que ella no nos contó.
—Que no nos contó y que, posiblemente, trató de negociar con su agresor —concluyó la inspectora— Me huelo que eso la llevó a la muerte.
Susana Rizos estiró el cuello a ambos lados y reprimió con la mano un bostezo.
—¿Te encuentras bien? —Carrasco la miró preocupado.
—Sí, tranquilo. Solo estoy un poco cansada. —Se dirigió entonces a Sánchez—. ¿Cómo va el rastreo en Els Mollons?
—Ayer no hubo mucha suerte, nadie recordaba haberla visto.
Nadie se fijó en el coche de la viuda. Con los que hemos hablado hasta ahora, cada cual iba a su trabajo y pensaba en sus asuntos…
en fin porca miseria. Ahora voy de nuevo para allá, parece que no, pero ese polígono industrial tiene más puertas donde llamar de las que yo creía.
El teléfono de Rizos comenzó a sonar dentro de su bolso. Dejó la taza sobre el mostrador mientras sus compañeros apuraban sus cafés y sacó el aparato leyendo el nombre de entrada que aparecía en la pantalla: «Yolanda».
Se apresuró a coger la llamada. Yolanda no la llamaría a esas horas si el motivo no fuese de peso.
Pensó enseguida en Rebeca, tal vez había novedades con respecto a su evolución.
Sintió un cosquilleo molesto dentro del pecho, una especie de intranquilidad que hizo que sus manos temblaran al pulsar el icono verde de su móvil.
—Hola, Yolanda, buenos días. ¿Hay novedades?
No hizo falta que la voz de la joven le confirmara qué tipo de novedades tenía que comunicarle, lo primero que escuchó fue el sollozo y las palabras ahogadas de Yolanda al decir que su madre acababa de fallecer.
Era algo que esperaban, aunque con esa esperanza de quienes no quieren mirar de frente la realidad para esquivar el dolor inevitable de la tragedia.
Una esperanza lejana a tenor de la gravedad de las lesiones internas de Rebeca.
Susana pensó que bastante había aguantado el corazón de la mujer hasta pararse definitivamente.
Podría decirse que el vehículo que pasó por encima de su cuerpo había macha
cado literalmente, órganos importantes que difícilmente podían recuperarse.
—Voy enseguida para allá —le aseguró con resolución a la muchacha que apenas podía decir nada más—.
Me voy al hospital —comunicó a sus compañeros y ambos asintieron con gesto serio—.
Hemos pasado de intento de asesinato, a asesinato, sin más.
—Y añadió—. Carrasco, encárgate de volver a hablar con los tres amigos de Sanz que estuvieron bebiendo con él la noche en la que murió Oliver, sobre todo con el accidentado.
Tiene que haber alguna fisura en su historia que no estamos viendo.
Nadie como él se beneficiaba con su muerte.
Rizos puso unas monedas sobre el mostrador y salió casi corriendo sin mirar atrás.
En esos momentos se sintió impotente, rabiosa y apenada, todo a la vez.
La posibilidad de llegar al fondo de la verdad se acababa de esfumar y hacía aún más difícil la investigación, esa era, al fin y al cabo, la intencionalidad del asesino.