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De los diarios de Abel Oliver
Abel desgranaba en sus cuadernos los sentimientos encontrados que albergaba dentro de sí durante aquellos meses en los que Rebeca gestaba un nuevo hijo.
Parecía que todo había vuelto a la normalidad, o mejor dicho: a una normalidad muy parecida a la anterior, en la que ambos cónyuges se esforzaban por mantener las apariencias y, sobre todo, de no dañar a sus hijos, Yolanda y Jaume.
El profesor había asumido la inminente paternidad como suya a pesar de las dudas que en los primeros momentos le había generado.
La criatura era el ser más inocente de todo aquel desagradable asunto.
Asumir esa paternidad era parte del trato que había concertado con su esposa.
Ambos habían valorado qué era lo mejor y también habían renunciado a una posible prueba de paternidad para no poner en peligro ese pacto.
Susana Rizos sintió un pinchazo interior, una alerta que conocía de otras veces.
Continuó leyendo, esta vez a mayor velocidad, deslizando el dedo índice por las líneas de palabras azules; pasó varias páginas en las que no vio nada destacable hasta que llegó a otro párrafo que le hizo detenerse y leer despacio, casi masticando las palabras.
“Hoy he ido a casa de Vicent, su padre y yo hemos hablado durante mucho rato.
Se me ha roto el corazón al ver llorar al viejo.
No sabe qué hacer con su hijo. A veces le roba dinero e incluso se ha llevado pequeños electrodomésticos para venderlos y costearse así la droga, pero el padre prefiere que le robe a él y no a otros para que no acabe en la cárcel sin esperanza de curación alguna.
Es lo que tiene la cárcel, que aunque esté para eso, no reinserta a estos pobres diablos.
Anoche, Rafael, el padre de Vicent, salió a buscarle hasta tarde. Le encontró tirado y durmiendo en la calle, en la acera, junto a un seto. Le levantó como pudo y se lo llevó a casa con mucho esfuerzo. Hoy apenas puede levantarse del dolor de espalda que tiene el pobre hombre.
He entrado a su habitación y aún seguía ahí, tirado sobre la cama deshecha, con la ropa sucia.
Apestaba. Yo mismo le he metido en la ducha.
Los dos hemos acabado empapados, pero le he enjabonado bien y entre su padre y yo le hemos obligado a comer un guiso de carne y patatas que había preparado Rafael.
Me dice el viejo que desde que falta su mujer, todo ha ido de mal en peor. Vicent no razona, solo quiere evadirse, drogarse y salir a beber con otros como él. Me ha confesado que a veces ha tenido miedo de su propio hijo, y yo le comprendo, cómo no le voy a comprender.
Yo también soy padre, me pongo en los zapatos de este pobre viejo y me entran ganas de llorar.
No tengo mucho, ahora es incluso más complicado esperando al bebé.
En cuanto Rebeca dé a luz, tendré menos tiempo y creo que es ahora cuando debo hacer el esfuerzo de convencer a Vicent para que empiece a limpiarse en un programa de rehabilitación, conozco a las personas que pueden ayudarle. Mañana mismo empiezo”.
Susana Rizos dejó reposar el cuaderno abierto sobre sus piernas.
Era posible que no tuviera nada que ver, tal vez una simple coincidencia, pero…
recordó la conversación que había mantenido con su cuñada y con su hermano días antes, durante la comida.
En realidad, y desgraciadamente, en Torrent, como en to- dos los pueblos y ciudades, existía el mismo triste problema de los jóvenes enganchados a los estupefacientes de todo tipo, no era una novedad, sin embargo, no sabía por qué, pero sintió ese vuelco en el centro de su pecho, como si el corazón le avisara de que había dado con una tecla importante en todo ese asunto.
Miró su reloj. Aún no eran las once de la noche, un poco tarde tal vez, pero no podía esperar al día siguiente.
Saltó de la cama y rebuscó en su bolso el móvil.
Marcó el número de Yolanda Oliver y escuchó el sonido del aparato llamando una, dos, tres veces; pensó entonces que era tarde, que quizá dormía o aguardaba noticias de la evolución de su madre en la sala del hospital, pero, justo cuando se disponía a colgar, la voz de la chica sonó al otro lado.
—¡Diga!
—¿Yolanda? Soy la inspectora Rizos.
—¿Han encontrado ya al agresor de mi madre?
—No, lo siento, tan solo han encontrado su coche en Els Mollons.
Mañana investigaremos en la zona, alguien debió verla llegar y bajar del vehículo.
A esa hora tan temprana aquello está lleno de trabaja- dores que comienzan su jornada laboral en las empresas del Polígono.
Pero no es por eso por lo que te llamo a estas horas. Discúlpame, por favor.
—Sabes que me puedes llamar a la hora que quieras.
—Gracias, Yolanda. Pero, antes de nada, dime si
hay novedades con el estado de tu madre. Supongo que estás en el hospital.
—No, estoy en casa, aunque no debes preocu- parte por mí, no tengo sueño. Mi madre continúa en estado crítico, solo podemos esperar.
—Vaya, lo siento. Te quería preguntar algo: ¿Recuerdas a un amigo de tu padre llamado Vicent Es- pí? Era un chico de unos 25 o 26 años, con problemas de adicción.
—¿Vicent? Sí, claro que le recuerdo, aunque solo le vi con mi padre una vez, pero nos explicó cuál era el problema que tenía. Estaba enganchado a la heroína, llevaba así varios años, pero mi padre consiguió insertarle en un programa de desintoxicación.
—¿Sabes si le puedo encontrar en algún sitio?
Yolanda suspiró antes de responder.
—Me temo que en el cementerio. Falleció unos días después de morir mi padre. Creo que tuvo una recaída y le encontraron muerto por sobredosis. No le ex-
trañó a nadie. A pesar de los esfuerzos que hizo mi padre por él, no sirvió de nada. Esa gente no tiene solución.
—No digas eso, Yolanda, es difícil ponerse en sus zapatos y entender cómo se sienten. La vida es más difícil para unos que para otros.
—Ya, pero me da rabia pensar que mi padre hizo tanto por él y al final, ya ves cómo acabó.
—Bueno, no te entretengo más. Procura des- cansar. Buenas noches.
—Buenas noches, Susana.
Cuando la inspectora Rizos acabó la llamada, supo que aquello no había hecho más que empezar.
Podría ser una desgraciada casualidad, claro que sí, pero no le gustaban los cabos sueltos.
Necesitaba conocer de primera mano las circunstancias de la muerte de Vicent Espí.
Tenía la sensación de que se le acumulaban demasiadas cosas y todas ellas cogidas con pinzas.
Eso le agobiaba. Definitivamente, esa noche tampoco pegaría ojo, tenía mucho que planificar para el día siguiente.