Las otras muertes de Abel 17 #2
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—Tan en serio como que es una de tantas hipótesis que podemos barajar este caso.

Ha confesado que odiaba al señor Oliver, que tenía razones sobradas para desearle la muerte: una mujer a la que querían los dos; un hijo que podría ser de cualquiera de los dos; unos planes de futuro con la esposa del fallecido que se hubiera hecho realidad quitando al marido de en medio…

. Sin embargo, tengo una duda que le agradecería que me aclarara: una vez que el señor Oliver hubo fallecido, ¿por qué no se unió a la viuda tal y como usted deseaba? No logro entenderlo.

El profesor miró fijamente a Carrasco, luego a Rizos, que esperaba expectante su respuesta y de nuevo clavó los ojos en Carrasco. Apoyó despacio la espalda contra el respaldo de la silla y chascó la lengua antes de contestar.

—Ella no quiso —abrió las manos mostrando las palmas—.

Nunca me dijo por qué, ni siquiera tiempo después de aquello.

Los dos estábamos libres ya: ella viuda y yo, separado, pero dio igual.

Se negó en redondo a que retomáramos la relación, solo decía que no era posible y cuando yo le preguntaba si era porque había dejado de quererme, no contestaba, eludía responder y me dejaba

con la palabra en la boca. Le rogué mil veces hasta que me di por vencido.

—¿Y esta mañana tampoco habló con ella? —insistió Rizos—. ¿Se citó con la señora Martínez? ¿Le llamó ella en algún momento?

—Le aseguro que no y si así hubiera sido, yo jamás le haría daño.

La sigo queriendo y ni yo mismo lo entiendo.

La veo todos los días en el trabajo y eso es para mí un suplicio y al mismo tiempo, la razón por la que sigo levantándome todos los días.

Así que, si no tienen nada contra mí, permítanme marcharme.

Estoy cansado y quiero ir al hospital a ver a Rebeca, eso es lo único que quiero.

—Aún no hemos terminado, señor Sanz —le recordó la inspectora.

Él resopló impaciente—. Según el informe del inspector que llevó el caso Oliver, usted salió sobre las 18’20 horas de esa tarde, del gimnasio con tres amigos, dos de ellos, compañeros del gimnasio: Damián Caturla y Fernando González; y con un tercero: Felipe Barroso. ¿Es correcto?

—Es correcto —confirmó con los brazos cruzados sobre la mesa y mirando al techo.

—Le pido que me mire cuando le hablo —advirtió Rizos.

Sanz la miró con media sonrisa de desafío—.

Sin embargo, alrededor de las 21 horas, Barroso y usted se marcharon.

¿Podría decirme dónde fueron? ¿Qué pasó entre esa hora y las, aproximadamente 23 o 23’30 que, según su esposa llegó usted a su domicilio?

—Ya se lo expliqué al otro inspector —respondió con el ceño fruncido.

—Pues nos los vuelve a explicar a nosotros —recalcó Carrasco en tono imperativo.

Sanz cerró los ojos y se restregó la cara con am- bas manos mostrando su cansancio antes de contestar a la pregunta. Ambos policías le miraban con calculada calma.

—Los cuatro habíamos bebido bastante, pero Felipe se había pasado de la raya, tenía cierta tendencia a coger curdas muy gordas, ya saben.

Quería cambiar de bar, pero Damián y Fernando decían que no, que de allí se irían directamente a su casa; yo estaba de acuerdo en cambiar de ambiente, así que nos fuimos.

Pensé que podríamos ir a un pub que hay dos calles atrás, pero la idea de Felipe era coger su coche y marcharnos a Valencia.

»Ni él ni yo estábamos en condiciones de conducir, sobre todo él.

Le pedí las llaves de su coche, pero no quiso dármelas, decía que no iba tan bebido, que podía conducir perfectamente, pero era evidente que llevaba una tajada como un castillo y yo no me quería arriesgar a dejarme los sesos en la carretera.

Discutimos por las dichosas llaves y a final cedí, no me pregunten por qué, no pensaba con claridad.

Arrancó el coche, ya había empezado a llover mucho y la visibilidad no era muy buena, a esa hora ya había oscurecido y lo remataba el agua.

Por suerte, no llegamos a salir del pueblo, y, también por suerte, Felipe conducía muy despacio, no sé si llegaba a veinte kilómetros por hora, porque no se veía nada.

Se le fue el volante, patinó con la lluvia o yo no sé qué hizo, el caso es que chocamos contra un árbol de los que flanqueaban el arcén y ahí quedó todo.

Su coche no llevaba airbag, era antiguo.

Yo no me hice daño porque tuve la precaución de ponerme el cinturón, pero Felipe ni siquie-

ra se lo había podido abrochar, así que se dio un buen golpe en las costillas y se contusionó el hombro y la cara.

»Tenía que sacar el coche de allí, así que, aunque también iba algo perjudicado, pero no tanto como él, me puse yo al volante y, como pude, le llevé a urgencias de la calle Pintor Rivera.

—¿Condujo hasta allí? —se interesó Rizos.

—Sí. Creo que en ese momento se me pasó la borrachera, me asusté. Le atendieron allí y luego le llevé a su casa.

—Pero entre la hora aproximada en la que se produjo el accidente y el momento en el que apareció usted con su amigo en el hospital, pasó mucho tiempo, casi hora y media. ¿No le parece que es un espacio de tiempo excesivo para el recorrido que tenía que hacer hasta el centro hospitalario?

—¿Qué quiere que le diga? Yo iba también car- gado de alcohol, tuve que mover a Felipe, que pesaba como un muerto, sacar el coche del arcén sin apenas visibilidad y con la mente espesa.

Conduje despacio y me equivoqué de dirección varias veces.

Bastante es que conseguí llegar, tardé mucho, posiblemente, pero no era para menos.

—¿Qué hizo con el coche de su amigo?

—Nada. Llovía mucho, así que, como seguía teniendo las llaves y él no lo iba a coger en un tiempo, por lo de sus contusiones, conduje hasta mi casa y se lo devolví al día siguiente.

—Hay otra cosa que no quiero dejar de preguntarle, tengo curiosidad por saber si fue usted quien informó al inspector Ferrándiz sobre los anteceden- tes psicológicos de Oliver y su intento de suicidio en la adolescencia.

Dígame, ¿fue usted quien convenció al inspector que investigaba el caso, de que Oliver podría haber repetido su intento de suicidio y esa vez con éxito?

—¡Yo no convencí a nadie de nada! —rechazó molesto—.

Abel dejó claramente escrita una nota en la que anunciaba que se iba a quitar la vida, eso lo sabe todo el mundo.

Y claro que se lo contaría cuando me preguntó cuáles eran los vínculos que tenía con Abel.

Solo le dije que nos conocíamos desde niños y que, después de aquella crisis que tuvo y por la que estuvo en tratamiento psiquiátrico, hasta que le contrataron en el mismo instituto en el que yo trabajo.

No le había vuelto a ver ni habíamos retomado la amistad que nos unía de chavales.

—¿Y solo eso le hizo sospechar al inspector que era un claro caso de suicidio?

—Y yo qué sé… el investigador era él. Con las pruebas que tenía lo debió ver muy claro para llegar a esa conclusión. ¿No cree?

Ambos policías se miraron incrédulos, las piezas no acababan de encajar, sin embargo, tenía razón en una cosa: el investigador era Ferrándiz, no él. Le dijera lo que le dijera, la responsabilidad última en el caso era del inspector, no de Sanz.

—La nota de suicidio de la que nos habla ha re- sultado ser falsa —le informó Rizos esperando una reacción por parte de Fidel Sanz.

Se quedó callado durante un momento sin ni siquiera mirar a los dos policías que tenía delante.

—Yo no sé nada de eso.

—De acuerdo, pero permítame hacerle otra pregunta: ¿Tiene usted vehículo?

—Sí, lo tengo.

—Me podría decir marca y color.

—Una moto BMW R18 de color gris metalizado.

—¿Una moto? ¿No tiene usted coche?

—Nunca lo he tenido, siempre me han gustado más las motos.

—Pero tiene usted carnet de conducir de vehículos de cuatro ruedas.

—Sí, lo tengo, pero prefiero las motos.

—¿Conoce a alguien que tenga una furgoneta azul?

Sanz quedó un momento pensativo, rebuscan- do en su memoria. Trago saliva antes de responder.

—No, no recuerdo a nadie que tenga algo así —y añadió—: ¿Puedo marcharme ya?

—Sí —suspiró Rizos—. Puede marcharse, pero procure estar localizable, esto aún no ha terminado.

Sanz se limitó a encogerse de hombros y a salir a toda prisa de la sala sin esperar ni siquiera a que los policías se levantaran de su silla.

—¿Cómo puedes dislocarte un hombro a veinte kilómetros por hora? —preguntó Rizos a su compañero con suspicacia.

—No sé, lo de las costillas lo puedo entender al golpearse con el volante, pero lo del hombro… no sé, no le veo sentido. Tienes razón, algo no cuadra en ese accidente.

—¿Crees que podremos conseguir el parte de urgencias del hospital?

—Sí, debe conservarse en el historial médico de Felipe Barroso. Lo consigo antes de interrogarle.

—Ok. Perfecto.

En ese momento, Sánchez apareció en la puerta haciendo un gesto de llamada a ambos policías.

—Han localizado el vehículo de Rebeca Martínez

en los alrededores del Polígono Industrial Els Mo- llons, a la altura del Ecoparque Alaquás.

—¿Han encontrado su teléfono móvil?

—No. Ni el teléfono ni su bolso.

—¿Y huellas?

—Solo las suyas y las de su hijo. No hay rastro de nadie más.

—Sus hijos están descartados en principio, utilizan el coche junto con su madre.

—Ya lo sé, jefa, pero es lo que hay. Debió cam- biar de vehículo al encontrarse con quien sea que se citara, seguramente el de la furgoneta azul.

—Alguien debió verla llegar, o salir del coche, o subir al otro…

no sé, en esta época del año hay luz suficiente a esa hora y es una zona industrial, debe haber testigos, seguro.

Preguntad en todos los alma- cenes, en todas las empresas del polígono.

Que te asignen tres o cuatro agentes y no dejéis ninguna puerta sin llamar.

—Me pongo a ello, jefa.