Las otras muertes de Abel 17
41%

17

Los hijos de Rebeca Martínez habían salido de la sala donde Rizos había procedido a interrogarles sobre lo acaecido durante el día anterior al accidente de su ma- dre.

Fuera, sentado en una silla de plástico azul, espe- raba su turno Fidel Sanz, cabizbajo y demacrado, con las manos juntas y los dedos cruzados sobre el regazo, martilleando nervioso uno de sus pies contra el suelo de loseta de la comisaría.

Cruzaron brevemente las miradas con frialdad.

Jaume se paró ante él con los labios crispados, desa- fiante, pero su hermana le sujetó de los hombros y le empujó en silencio hacia la puerta.

No era el momento, no era el lugar, ni siquiera podían afirmar que aquel hombre, al que culpaban de todos los males de la familia, fuera en realidad el causante de su desgracia.

Rizos observaba desde la puerta, dispuesta a in- tervenir ante el posible enfrentamiento.

No era la pri- mera vez que una situación así se presentaba entre tes- tigos, víctimas y presuntos culpables, incluso, aunque el lugar plagado de policías armados, impusiera cautela a los impulsos más primarios de las personas implicadas.

Dejó que se alejaran un poco más y se volvió hacia Sanz, que la miraba impaciente.

Rizos pensó en ese momento que el profesor ni siquiera la había reconocido, tal vez ni siquiera le habían advertido de que era una de sus antiguas alumnas.

Tampoco era necesario recordarle esa circunstancia, al fin y al cabo, no era crucial ni mínimamente necesario hacerlo.

Aun así, no pudo evitar que la imagen de un profesor atlético y atractivo de diecisiete años atrás le viniera a la mente y lo comparara con el Fidel Sanz de la actualidad que, si bien aún conservaba gran parte de su físico anterior, no le resultaba ahora tan fornido.

En lugar de su firme estómago, abultaba ahora una barriguilla que tensaba el suéter beige tostado que vestía; sus manos aún parecían fuertes, pero su pelo canoso y unas marcadas bolsas bajo los ojos, no dejaban duda de que el tiempo había hecho tanta mella en él como en todos los demás.

—Pase, por favor —le indicó con amabilidad.

El profesor Sanz se levantó despacio, soltando por la nariz todo el aire retenido durante los breves momentos de profunda tensión frente a los hijos de quien fuera su amante.

Le hicieron tomar asiento frente a la inspectora. Carrasco se sentó también junto a ella y puso sobre la mesa una grabadora.

—Debo advertirle que mi compañero va a proceder a grabar este interrogatorio. Voy a dejar constancia del lugar, fecha y hora, así como detalle de las personas que estamos en esta sala antes de comenzar. ¿Le parece bien?

—¿Estoy detenido?

—No, claro que no, al menos de momento. Tan solo debe responder a nuestras preguntas para aclarar todo este asunto.

—¿Puedo preguntar algo antes de empezar?

—Adelante, hágalo.

—¿Cómo está Rebeca? Se va a salvar ¿verdad?

Ambos policías se miraron dubitativos. Rizos suspiró y respondió con voz suave.

—No soy la persona indicada para opinar sobre eso. Si le sirve de tranquilidad, ha salido viva del quirófano, pero sigue en estado crítico. No puedo asegurarle si se salvará o no, los daños internos son muy graves y los médicos han hecho todo lo que han podido. Ahora solo queda esperar.

Los ojos de Sanz se enrojecieron y pasó un puño por la nariz sin dejar de mirar fijamente a la superficie de la mesa, tratando de sorber las lágrimas que amenazaban con salir. Tomó aire profundamente y, señalando el apa-

rato que reposaba a la espera de que pulsaran el botón de encendido, aceptó:

—Cuando quieran.

—Como ya le habrán informado mis compa- ñeros —comenzó Rizos—, el motivo de citarle a usted, es debido a que hemos decidido reabrir el caso del profesor Abel Oliver.

—Sí, me han informado —suspiró Sanz.

—Le hablaré claro, Sr. Sanz, conocemos perfectamente la relación amorosa que mantuvieron entre usted y la esposa del profesor Oliver y eso le pone a usted en el foco de la investigación.

—Rebeca y yo habíamos acabado nuestra rela- ción hacía casi dos años cuando Abel murió.

—Querrá decir que fue ella quien decidió acabar la relación, ¿o me equivoco?

Sanz cerró los ojos un momento y respondió casi en un susurro.

—No, no se equivoca.

—A pesar de eso, ¿intentó usted retomar esa relación con ella?

Respiró hondo antes de responder.

—Sí, pero nunca la acosé, solo pude hablar y citarme con ella en un par de ocasiones, pero a partir de ahí se negó a que volviéramos a vernos, al menos fuera del instituto.

—Eso ocurrió después de que Abel fuera encontrado muerto en el Pont Vell, ¿verdad?

—Sí.

—Pero antes de esa fecha, ustedes se veían fur- tivamente fuera de su centro de trabajo, y esa situación

duró bastante tiempo hasta que ella decidió darle otra oportunidad a su matrimonio.

—Sí. Fue cuando me enteré que esperaba otro hijo.

—¿Pensó en algún momento que era suyo?

—Claro, pero ella no quería hablar de eso, se negaba, lo negaba… Yo no podía hacer nada.

—Debo confesarle, señor Sanz, que me sorpren- de el hecho de que su relación con Rebeca Martínez no haya tenido consecuencias en su ámbito profesional, quiero decir…

—Sí, ya sé lo que quiere decir —interrumpió Sanz—.

Se lo explico enseguida: Rebeca y yo somos compañeros de trabajo, respetamos absolutamente las normas del centro y, aparte de nuestra relación laboral, jamás tuvimos comportamientos que hicieran pensar a nadie que habíamos iniciado algo más que eso.

Ante el director, ante nuestros compañeros de trabajo e incluso ante los alumnos, nos mostrábamos indiferentes el uno con el otro, sin más vínculo que el que exige la relación laboral.

Todo ocurría después, fuera del horario y del espacio del instituto.

—De acuerdo, queda despejada la duda. Ahora dígame, ¿dónde estaba usted la noche en la que murió Abel Oliver?

Sanz negó con la cabeza.

—Todo eso ya lo respondí al otro inspector que investigó el caso.

—Pues algo se le debió pasar, porque diecisiete años después tenemos que preguntárselo de nuevo. Haga el favor de responderme —ordenó.

—Yo… esa tarde estuve en el gimnasio desde las seis, como hacía tres tardes por semana.

Además, precisamente ese día, al salir, nos fuimos a tomar unas copas para celebrar que uno de los compañeros se casaba y nos invitó al bar que había…

que sigue existiendo, dos manzanas más abajo, el bar Alonso.

Aquella noche llegué a casa pasadas las once con unas copas de más.

Al día siguiente era sábado y no tenía que trabajar, así que no me importó.

Pero —insistió—, todo eso ya está reflejado en mi declaración de entonces, lo pueden comprobar, incluso pueden verificarlo hablando con mis amigos; aún pueden encontrarlos a todos ellos.

Carrasco sacó de una carpeta varias hojas que se correspondían con las declaraciones del caso Oliver. Rizos las hojeó. Reproducían casi al milímetro la misma declaración que Sanz le había hecho al inspector Ferrándiz años atrás.

—Aquí dice que su esposa, Silvia Pastor, se encontraba en casa y que refrendó su coartada. —Levantó los ojos hacia él—. Está usted casado.

—Lo estaba entonces.

—¿Y ahora?

—Ahora estoy separado.

—¿Desde hace mucho?

—No sabría decirle. —Rizos levantó las cejas de forma interrogante—. Quiero decir que… nos hemos separado y vuelto a unir dos o tres veces en todos estos años y ahora… ahora estamos de nuevo en esa fase… es un matrimonio sin sentido —suspiró y se frotó la frente con ambas manos con gesto de hastío.

—¿Tiene hijos?

—No. —Dijo con sequedad.

—¿Discutió con el profesor Oliver durante los días previos a su muerte?

—¡Oiga! —Exclamo molesto—. Si lo dice por- que nos vieron discutir en un par de ocasiones a la salida del instituto, bien sabe usted que sí, lo tiene ahí escrito —señaló los papeles que Rizos y Carrasco tenían dentro de la carpeta—.

No pierdan el tiempo preguntándome por cosas que ya conocen.

Yo no me cargué a Oliver, ¿vale? No tuve nada que ver.

No nos llevábamos bien desde una chorrada que pasó en nuestra juventud, pero lo que le pasara no fue culpa mía.

—Señor Sanz, le aconsejo que baje la voz y no vamos a hablar de “aquella chorrada”, según usted que ocurrió durante su juventud, nos vamos a ceñir a los hechos que dieron lugar a la muerte de Oliver. Usted tenía razones sobradas para acabar con su vida.

—¿Razones sobradas? —interrumpió Sanz—. Rebeca estaba a un paso de abandonarle y venirse a vivir conmigo.

Me quería a mí y no a él. Todo cambió cuando supo que estaba esperando un hijo, un hijo que bien podía haber sido mío, pero todo se le vino abajo entonces.

La convenció, no sé cómo, pero la convenció.

Tal vez la amenazó con quitarle a sus otros hijos, ¡vete a saber!

Abel me odiaba y no lo voy a negar, yo también a él. ¡Claro que

tenía razones sobradas para matarle, pero no lo hice! Mi coartada y los testigos lo confirman.

—Eso, señor Sanz, es lo que vamos a averiguar.

—¿Y de qué manera quieren ustedes vincularme a ese crimen?

—No le estamos diciendo que queramos vincu- larle, sino que queremos averiguar si realmente usted tuvo algo que ver.

—¿Y cómo se las van a ingeniar? —rio—. Cuando Abel murió, yo estaba emborrachándome con mis amigos.

—A lo mejor es porque usted tiene muchos amigos —intervino Carrasco—. Quién sabe si alguno de ellos le debe algún favor.

Sanz borró de pronto la sonrisa de sus labios y miró al policía muy serio.

—¿Está hablando en serio?