Las otras muertes de Abel 16
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Rebeca había cerrado de un portazo la puerta de su dormitorio ocultándose en él.

Su hija le hablaba enérgicamente tras la hoja de madera, enfadada por la reacción hostil de su madre.

«¡Dejad a los muertos en paz!», le había gritado antes de darle la espalda y dirigirse apresuradamente hacia su habitación.

Yolanda ya le había comunicado que el caso de la muerte de su padre no estaba tan claro como, durante años, les había intentado hacer creer, y que el juez había aceptado abrirlo tras el informe policial que dejaba a las claras irregularidades en la investigación inicial e indicios que revelaban el error al haberlo cerrado como un caso de suicidio.

—¡Esto no traerá nada bueno! —gritó Rebeca tras la puerta antes de hundir la cara en la almohada.

Aún escuchó la voz desencajada de su hija que mostraba su frustración con ira, golpeando con fuerza la barrera que su madre había interpuesto entre las dos para no enfrentarse a su mirada, a sus preguntas, a una cuestión que de antemano ya le había advertido que, tanto ella como sus hermanos, estaban dispuestos a pelear.

—¡Cobarde! ¡Eres una cobarde! Te dije que nosotros íbamos a ir a por todas, mamá. ¡Es justicia lo que queremos para papá! ¿Qué creías? ¿Que no iba en serio? ¿Es eso? —se le quebró la voz por el llanto—. ¡Pensabas que no nos íbamos a enterar nunca, ¿verdad?!

Dio un portazo al marcharse. En la casa quedó Rebeca, encerrada en su dormitorio y sollozando sobre la almohada, y Alex, sentado en el suelo de la cocina, junto a la puerta.

Había escuchado y aguantado la bronca que su hermana y su madre mantenían a gritos.

No lloraba, no sabía por qué las lágrimas no acudían a sus ojos, aunque sabía que necesitaba explotar de alguna manera, sin embargo, se sentía seco por dentro y ni eso podía hacer.

Rebeca abrió la puerta de su cuarto despacio.

Su hija se había marchado, escuchó, cómo no hacerlo, el golpe seco que dio al salir y que hizo retumbar las paredes; avanzó descalza por el pasillo, secándose los ojos enrojecidos y entró en la cocina, necesitaba tomar agua.

Sabía que aquello no había hecho más que empezar y sentía un miedo terrible.

Le hubiera gustado acostarse, cerrar los ojos y dejar que transcurrieran años, el tiempo que fuera necesario para que todo se calmara, para que todo dejara de ser presente y se convirtiera en un lejano pasado, pero no era posible, debía enfrentarse a las consecuencias de sus errores ante los jueces más implacables que podía tener: sus hijos.

Casi tropezó con Alex al entrar en la cocina. El chico se mostraba abatido. Conocía la historia, su her- mana le había contado de principio a fin todo aquello que había leído en los diarios de su padre. Él también sentía rabia y una tristeza indescriptible.

Rebeca se sirvió un vaso de agua y se sentó frente a la mesa de la cocina. A pesar de la sed que sentía, apenas había podido tragar dos sorbos. Miró largamente a su hijo, que continuaba sentado en el suelo rodeando sus rodillas con los brazos y la cabeza gacha. En silencio.

—Tú también quieres saber, ¿verdad?

El chico levantó despacio la cabeza y miró a su madre. No había rencor en aquella mirada, sino una especie de ruego callado. Se humedeció los labios secos y le habló.

—Mamá. ¿quién soy?

—Eres mi hijo.

—¿Y de quién más?

Hubo un tenso silencio antes de contestar.

—Tu padre siempre fue mi marido, Abel Oliver. Tú eres Alex Oliver, lo sabes bien.

—Pero, ¿era o no era mi padre de verdad?

Rebeca cerró los ojos y las lágrimas se desbordaron nuevamente.

—Lo era, claro que sí —Se levantó de la silla y se sentó en el suelo junto a su hijo—.

No quiero seguir hablando de eso, pero sí puedo jurarte que fue tu padre, que te quiso desde el primer momento en que te vio y te cogió en sus brazos.

Eras su niño pequeño, te adoraba, te cuidaba, te contaba cuentos…

Eso hace un padre, eso es el amor de un padre y eso nunca te faltó.

—Pero, mamá, yo no le recuerdo, no recuerdo haber tenido padre, no me acuerdo de él como mis hermanos y ahora ni siquiera sé si era de verdad mi padre.

—¡Y qué importa eso! Te quería con toda su alma, ¿es que eso no significa nada para ti?

—¡No lo sé, mamá! —Se levantó del suelo de un salto y abrió los brazos, furioso—. ¿Es que a nadie se le ocurrió hacer una prueba de paternidad o algo así? ¿Nadie pensó en mí?

—¡Los dos pensábamos en ti, solo en ti!

—¡He crecido sin padre! ¡No me acuerdo de él! ¡No sé quién soy! ¡Al menos antes creía saber quién era mi padre, quién era yo, pero ahora…, ahora, ni eso!

Corrió hacia la escalera que conducía a su cuarto y subió los escalones de dos en dos, dejando a su madre de nuevo sumida en un mar de lágrimas.

La mujer se sentía culpable, abatida, vencida…

Todo era por su culpa. «Los errores siempre pasan factura».

Era lo que se repetía internamente una y otra vez sin ver la salida.

Por la mañana partió muy temprano. Alex escuchó el sonido del motor saliendo del garaje, pero ni siquiera se movió de la cama.

Tampoco le interesó saber hacia dónde habría ido su madre, estaba demasiado enfadado con ella como para importarle en esos momentos.

Solo quería seguir durmiendo, si era posible, todo el día.

El timbre de la entrada le despertó. Habían pasado dos o tres horas, ni siquiera lo sabía.

Los timbrazos continuaban insistentes y, molesto y soñoliento, bajó las escaleras y, antes de decidirse a abrir la puerta, activó el videoportero.

Se quedó sorprendido al ver, al menos, a dos agentes de uniforme que empezaban a impacientarse.

Salió en calzoncillos y allí mismo le comunicaron la noticia del accidente.

No había tiempo que perder. La ira y el desdén que había sentido hasta esa misma mañana, dieron paso a la angustia y al miedo de no volver a ver a su madre.