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»No supo decir si en el vehículo a la fuga, aparte del conductor había alguien más.
Al alejarse la furgoneta azul, observó un bulto en la cuneta que aún se movía y ella pensó que habrían abandonado algún animal, así que corrió hacia él encontrándose con el cuerpo ensangrentado de la señora Martínez, pero al llegar a ella, no supo si estaba viva o muerta y llamó enseguida al 112.
Eso es todo lo que la señora Ferrer me ha contado —cerró la libreta y esperó la reacción el comisario.
—De acuerdo —suspiró Riquelme echándose hacia atrás en su sillón. Entrelazó los dedos y señaló con la barbilla a Carrasco—. ¿Y usted? ¿Cuál es su informe?
—Yo… —carraspeó—, estuve presente en el lugar de los hechos durante todo el tiempo que ha durado el trabajo de los compañeros de la Científica y he tomado algunas fotos del lugar que prueban que no ha sido un accidente sin más, sino un intento de homicidio…
si es que sale viva del quirófano, si no, va a resultar un asesinato en toda regla —sacó la cámara y mostró al comisario algunas de las fotos tomadas—.
El vehículo dio marcha atrás tras arrojar el cuerpo de Rebeca Martínez a la cuneta; a continuación, aceleró, aquí puede ver las marcas del derrape de los neumáticos sobre el asfalto.
Pasó por encima del cuerpo de la mujer y continuó sin frenar en ningún momento, en esta otra foto puede ver también el mismo dibujo del neumático sobre la tierra del arcén donde ella estaba tendida.
El comisario cogió la cámara y observó con detenimiento todas las fotos del lugar.
—¿Cómo llegó ella hasta esa zona del pueblo? —preguntó sin dejar de mirar la pantalla de la cámara de fotos.
—Creemos que en su propio vehículo. —Respondió Rizos—. En este momento están peinando la zona para localizarlo. No tardaremos en saberlo.
—¿Y sobre las posibles razones por las que la viuda salió tan temprano? —insistió en saber Riquelme.
—Cuando hable detenidamente con sus hijos podremos saber algo más. Pienso que puede tener que ver con el nacimiento de su hijo Alex, el más joven.
El comisario levantó esta vez los ojos de la cá- mara y miró fijamente a la inspectora.
—¿Qué tiene que ver el nacimiento de su hijo con todo esto?
—No lo sé aún, solo sé que no está clara la paternidad de ese muchacho y esa duda, tal vez, fue la causa de la discusión que mantuvieron madre e hijo la noche
anterior, pero no tengo ni idea de a dónde con- duce todo esto.
—¿Se han rastreado los teléfonos de la víctima?
—El móvil no lo llevaba con ella en el momento del suceso —aclaró Carrasco—.
Creemos que lo pudo dejar en su vehículo, cuando lo encuentren lo sabremos y podremos ver las llamadas y los mensajes, o el agresor lo tiró en algún lugar lejos del escenario donde se produjeron los hechos; en cuanto al teléfono fijo de su domicilio, aún no hemos podido comprobar las llamadas entrantes y salientes, no ha habido tiempo material de hacerlo.
Riquelme devolvió a Carrasco la cámara y dio un golpe seco sobre la mesa.
—¿Y a qué esperáis? ¡A trabajar!
Todos se levantaron como impulsados por un resorte. Antes de que los tres policías salieran del despacho, el comisario llamó la atención de Carrasco.
—¡Luis! Supongo que se ha enterado de las pruebas de ascenso que hay convocadas, ¿no?
Carrasco se volvió hacia su superior.
—Sí —respondió sin entusiasmo—. Me he enterado.
—Creo que es una buena oportunidad para usted, ha demostrado excelentes dotes de inspector y ya es hora de que dé un saltito hacia arriba.
—Gracias, comisario —agradeció bajando los ojos—. Pero… el puesto no sería aquí según tengo en- tendido.
—Hombre, no sería aquí, en esta comisaría, pero tampoco sería muy lejos, si lo dice por los desplazamientos desde su domicilio. Estoy seguro de que está usted en
una situación muy ventajosa para lograr el ascenso. No se lo piense.
—Gracias de nuevo, pero es que aún no he decidido qué hacer.
Cerró la puerta del despacho del comisario a su espalda, quedando frente a sus compañeros de equipo que le miraban inquisitivamente.
—¿Qué pasa? —les preguntó abriendo los brazos.
—¡Nada, hombre! —exclamó Sánchez—. Solo que el comisario tiene razón, no sé a qué esperas.
—¿Tenéis ganas de libraros de mí? —rio Carrasco.
—No es eso, es que es una oportunidad que no de- berías desaprovechar: mejor sueldo, mejor jubilación…
—Tampoco hay una diferencia de sueldo como para volverse loco. En tu caso sería diferente, tienes cuatro hijos…
—Y un perro —añadió Rizos.
—Cuatro hijos y un perro —repitió Carrasco—. Pero yo no tengo ese problema. Con mi sueldo vivimos bien mi mujer y yo.
—¡No me jodas, Luis! ¿No me digas que no te vendría bien llevar a casa un poco más de pasta? Y también está lo de la jubilación.
—Queda mucho para eso.
—Eso llega antes de lo que nos esperamos —intervino la inspectora mientras abría la puerta de su despacho.
—¡Venga ya! —rio Carrasco— estáis locos por libraros de mí.
—No digas tonterías —regañó Rizos—, te queremos mucho, pero Sánchez tiene razón: tienes que pensar en ti y en tu futuro, a nosotros nos tendrás siempre.
Carrasco miró a Susana en silencio, luego sus- piró y soltó un cordial «¡Lo sé!» y cambió enseguida de conversación.
—Bueno, yo… tenemos pendiente de revisar las declaraciones de los testigos que fueron interrogados por Ferrándiz en el caso Oliver. Sánchez, lo hacemos entre los dos, ¿no? Porque son un puñadito.
—¡Pues claro!
La inspectora se dirigió a sus compañeros.
—Al primero que quiero ver en la lista es a Fidel Sanz.
Necesito saber todo sobre él, incluyendo si es poseedor de una furgoneta azul.
Qué sitios frecuenta, a qué hora se levanta, a qué hora se acuesta, con quién y dónde, lo quiero todo sobre él, pero no descartéis a nadie, por favor —rogó Rizos—, cual- quiera podría ser el autor o instigador del delito y con lo desastre que ha demostrado ser el jodido Ferrándiz…
—¡Que Dios tenga en su Gloria! —Exclamó Sánchez elevando la mirada al techo son sorna.
—Que lo tenga donde quiera, y espero que no encontremos más meteduras de pata, a ver si resolvemos esto antes de que ocasione más desgracias.
—Se volvió desde la puerta con un sonoro suspiro—.
¡Ah! Y también tengo que llamar a Yolanda por si hubiera noticias de su madre.
Quiero que vengan los tres hermanos e interrogarles cuanto antes.