Las otras muertes de Abel 15
35%

15

.

El trayecto hasta la comisaría lo hicieron en completo silencio.

Sánchez conducía mirando de tanto en tanto y de soslayo, a la inspectora Rizos.

Ella, absolutamente imbuida en la lectura de uno de aquellos cuadernos, pasaba rápido su dedo índice por las líneas manuscritas, buscando algo que destacara por encima de todas aquellas páginas cargadas de sentimientos, de desdichas y de esperanzas.

Solo escuchó dos palabras de su compañera de viaje, tan solo un momento antes de que comenzara las maniobras de aparcamiento frente a su destino: «¡Eso es!

» A continuación, miró a su alrededor reconociendo el lugar y, desabrochándose el cinturón de seguridad, le miró con los ojos muy abiertos y exclamó: «¡Ahora empiezo a entender! »

Ambos bajaron del coche y Sánchez casi corrió para alcanzar el paso de la inspectora que avanzaba a toda prisa hacia el interior del edificio.

—Pero, jefa, ¿me lo cuentas o no?

—Os lo explico en cuanto llegue Carrasco, que debe estar al caer.

* * *

Dolores se levantó de la silla en cuanto vio entrar a Rizos seguida muy de cerca por Sánchez en dirección a su despacho.

—¡Susana! El comisario Riquelme quiere verte, está un poco cascarrabias esta mañana. Te lo advierto para que no le hagas esperar mucho, que luego el mal humor lo paga conmigo.

—Por favor, Dolores —juntó las manos en actitud de súplica—, no le digas que he llegado hasta que llegue Carrasco y me traiga más novedades, en este momento aún no tengo hilado cómo informarle de la situación.

Dolores suspiró y dejó caer los hombros sacudiendo la cabeza abnegadamente.

—En cuanto llegue Carrasco, cinco minutos y le aviso —aceptó.

—Gracias, guapa. —Y con la mano le lanzó un beso al aire.

Carrasco llegó apenas unos minutos después. Saludó a Dolores, que irguió la cabeza al verle, y empujó la puerta del despacho de la inspectora tras un golpe de nudillos sin que esperara a escuchar la invitación para entrar.

Sánchez releía en ese momento la página del cuaderno de Oliver que Rizos le señalaba con el dedo.

—Cuéntame rápido lo que traes del lugar del accidente y te pongo yo también al día. El comisario nos espera en cinco minutos —urgió la inspectora a su compañero.

Carrasco sacó su móvil y buscó unas fotos que les enseñó a ambos.

—El cuerpo de Rebeca Martínez quedó tendido en uno de los márgenes de tierra de la carretera, casi al final de la calle Santander, pasados los últimos chalets, más allá del Barranc de l’Horteta.

—Eso está donde Cristo perdió la gorra —resopló Sánchez—. Mi suegro tenía un terrenito por allí hace años y…

—Sí, Sánchez —le interrumpió Rizos—, está lejos. Al menos, bastante lejos de la urbanización don- de vive Rebeca.

Carrasco mostró las fotos que guardaba en su teléfono móvil.

—Estas son las huellas de los neumáticos que quedaron marcadas en el arcén de tierra. En este momento la Científica está tratando de identificar la marca y el modelo. La debieron echar de la furgoneta como un saco, es decir, que ya iba muy tocada cuando quedó tendida en el suelo.

—¿Qué quieres decir? —quiso saber Rizos.

—Que le dieron una buena tunda. Esto ha sido algo personal, alguien le tenía muchas ganas. Cuando cayó del vehículo ya iba jodida, pero al pasar sobre ella…

—¡No me jodas, Carrasco! —exclamó Sánchez—. Un intento de asesinato en toda regla. Se metió en la boca del lobo cuando se citó con quien fuera.

—Ya lo creo. Y, es cierto, como habéis visto, que el lugar está bastante apartado del itinerario habitual de Rebeca, debió citarse con alguien por los alrededores y, desde luego, debió acudir en su propio vehículo, puesto que no lo tiene aparcado ni en su domicilio, ni en el instituto donde trabaja.

Están rastreando la zona para localizarlo.

—¿Habéis localizado evidencias de la dirección que tomó el vehículo a la fuga? —quiso saber Rizos.

—No hay marcas de viraje, creemos que conti-nuó en línea recta hasta el cruce de caminos que hay cien metros más adelante. A partir de ahí, todo son caminos y

carreteras secundarias entre huertas y paraje deshabitado. Pudo tomar cualquier dirección.

—¡Jefa! —Avisó Sánchez—. Cuéntale lo del secretito.

Carrasco les miró expectante.

—¡Ah, sí! Eso es importante —reconoció Ri- zos—.

Un mes después de que Rebeca confesara ante Abel que se veía en secreto con Fidel Sanz, comprobó que se encontraba embarazada.

Fue un duro golpe para ambos porque no supo decir a quién pertenecía el retoño, no podía saberlo, había mantenido relaciones, tanto con su amante, como con su marido.

»Rebeca fue incapaz de ocultárselo a Abel.

El aborto era ilegal y difícil acceder a él, hacerlo en alguna clínica privada suponía un coste económico que la familia no podía costear en esos momentos, porque la deuda hipotecaria que mantenían se lo impedía y, aunque la llegada de un nuevo hijo también suponía un gasto extra, no era inmediato y en los siguientes meses podría ocurrir cualquier cosa.

Así que no tuvo más remedio que decírselo a su marido y esperar la reacción de este.

—¡Menuda papeleta! —exclamó Carrasco.

—Pues sí —Continuó Rizos—. El niño podía ser de cualquiera de los dos.

Cualquier otro hombre, tal vez, no hubiera aceptado ese embarazo ante la posibilidad de no ser el padre de la criatura, pero Abel, ante las difíciles circunstancias que atravesaban, debió pensar que podría ser una forma de recuperar a su esposa, independientemente de a quién perteneciera el material genético de su nuevo hijo.

Razonó que, si hubieran decidido adoptar a un niño huérfano o abandonado, le darían el mismo amor que si se tratara de sus padres biológicos, por tanto, y teniendo en cuenta que las posibilidades de que fuera suyo eran de un cincuenta por ciento, decidió firmemente acoger a ese niño como cualquier padre.

—Posiblemente tengas razón: el niño solo era la

excusa para “atar” de alguna manera lo que quedara del amor entre su mujer y él —razonó Carrasco.

—Tal vez. Pero cuando nació Alex, él se enca- riñó desde el momento en el que le tuvo en sus brazos.

Las dudas sobre la paternidad del niño podían quedar en el aire, pero, como padre que siempre se sintió de ese niño, jamás tuvo dudas sobre el amor que sentía por él.

Abel Oliver era así. Lo dice en sus diarios porque así fue y así lo plasmó.

La voz de Dolores sonó cantarina desde la puerta, haciéndoles salir atropelladamente del despacho.

—¡El comisario os espera!

* * *

La frente del comisario Riquelme se extendía hasta casi la nuca.

Perfilaba su labio superior un fino bigote negro bastante pasado de moda que contrastaba con las anchas patillas blancas y las no menos blancas cejas, cuyos pelos centrales parecían querer escaparse por cualquier dirección.

Las lenguas viperinas de la comisaría le habían apodado “el hombre tricolor”: Patillas blancas, bigote negro y nuca gris, pero nadie se lo había dicho a la cara y él siempre fingió no saberlo.

Señaló con ambas manos, desde su sillón, las sillas situadas frente a la mesa de su despacho.

Solo había dos colocadas frente a él, así que, Carrasco, miró a su alrededor buscando un tercer asiento, lo encontró junto al perchero: una silla diferente y algo más baja que las otras.

La colocó junto a Rizos, situando a la inspectora en el centro, entre Sánchez y él.

—¿Y, bien? —comenzó el comisario—. Llevo esperando que me informéis del caso Oliver bastante más tiempo de lo que estoy acostumbrado a esperar —resopló y continuó hablando ante las caras de circunstancias de sus subalternos—.

Ahora me entero del atropello de la viuda, que, además, complica un poco más el caso, porque, lo que me huelo, es que no ha sido un accidente fortuito y si no es así, es que está vinculado a la investigación, así que, ya me estáis poniendo al día con todo detalle.

—Si me permite, comisario —tomó la palabra Rizos con una leve sonrisa conciliadora—. En estos momentos, y se lo digo con total sinceridad, tenemos todo cogido con pinzas, por eso no podíamos transmitirle grandes conclusiones y, lo que nos faltaba ya, era el accidente de esta mañana.

Aun así, hemos actuado con la mayor celeridad: Sánchez le informará ahora sobre las declaraciones de la única testigo que tenemos del suceso; Carrasco, le explicará, a falta del informe concluyente de la Cien- tífica, lo que ha podido averiguar sobre la escena y yo, estoy pendiente de hablar con los hijos una vez que la mujer herida salga del quirófano.

Lo único que he podido saber es que, anoche, tuvo una discusión con su hijo menor, el único que convive con ella, y que salió muy temprano con rum- bo desconocido, posiblemente para encontrarse con alguien, pero solo es una suposición.

—Ok, de acuerdo. Empecemos por la testigo. ¿Cuál ha sido su declaración?, Sánchez. —El subinspector sacó una libretita y la hojeó antes de contestar.

—¡Aquí está! —exclamó—. La señora Aurora Ferrer, paseaba a sus dos perros en una zona de vegetación anexa a la calle Santander. Oyó el motor de un vehículo que se acercaba, pero no puso atención porque en esos momentos estaba pendiente de sus perros que hacían sus cositas.

—Esos detalles no son necesarios, Sánchez —sugirió Rizos en voz baja.

—Es verdad. Disculpe. Decía que la señora no miraba a la calzada en ese momento, pero escuchó cómo el vehículo se detenía en seco y daba marcha atrás, acelerando a continuación y alejándose.

Esto último lo observó con extrañeza, pero se había quitado las gafas y el único dato identificativo del vehículo que pudo aportar, es que era de color azul, “azulón”, dijo en concreto.