14 #2
Las últimas palabras que Yolanda Oliver le había dejado caer antes de despedirse en la sala de espera del hospital le habían dejado un sabor extraño.
Estaba claro que aún no había llegado al punto más importante de lo que Abel Oliver había dejado escrito en sus cuadernos y tenía que leerlo cuanto antes.
—Vamos en tu coche, por favor —pidió a Sán- chez mientras se dirigía a la salida del edificio hospitalario—. Tengo que hacer un par de llamadas y ¿te importa que pasemos por mi casa antes de ir a comisaría? Quiero coger uno de los cuadernos de Oliver, es importante.
—Claro, jefa, si mi cacharro arranca, no hay problema. ¡Ah! Que no se me olvide: El grafólogo ya ha informado.
—¿Y…?
—Que, en efecto, la nota no fue escrita por Oliver.
—Eso no deja en muy buen lugar a la viuda.
—No, eso crea más incertidumbre sobre quién pudo ser el verdadero autor de esa nota y encima, como no salga viva de ese quirófano, nos lo complica más todavía.
Rizos aprovechó el trayecto para contactar tele- fónicamente con el comisario Riquelme, tenía que informarle de todos los pormenores del caso hasta ese momento, pero aún no había hablado con Carrasco.
Necesitaba conocer de primera mano la situación y cualquier prueba o indicio hallado en el lugar donde Rebeca Martínez había sido atropellada, saber qué más cosas ocultaba la familia de Oliver y dar con la razón por la que la viuda había salido dos horas antes de la habitual de su domicilio en dirección a no sabía qué lugar o a encontrarse con no sabía quién.
No tenía ni idea de por dónde empezar cuando se sentara frente a Riquelme en su despacho.
Carrasco le informó de que la Científica casi había terminado y que podría adelantar algunos datos importantes del accidente.
En una hora, aproximadamente, podrían reunirse y tener la información suficiente como para aplacar el mal humor del comisario que seguía a la espera de todo ello.
—¿Has sacado algo en claro de la primera declaración de la testigo? —quiso saber Rizos dirigiéndose a su compañero.
—Poca cosa —adelantó Sánchez levantando las cejas—. La señora paseaba a sus dos perros por el borde de la carretera y vio pasar una furgoneta, pero no se fijó en él porque en ese momento estaba ocupada.
—Ocupada, ¿con qué?
—Pues… digamos que estaba ocupada porque los animales en ese momento también estaban ocupa- dos.
Rizos le miró con gesto de no entender.
—¡Jefa, por favor, que es fácil adivinarlo! Los perros estaban haciendo sus… cositas, vamos, que estaban cagando.
Susana soltó una carcajada. Incluso en una situación tan delicada Sánchez conseguía hacerla reír.
—Quieres decir que en ese momento estaba re- cogiendo las cacas de sus perros.
—No. Quiero decir que estaba ocupada “anali- zando” las cacas de sus perros.
—Me he perdido.
—A ver. La señora cuenta que uno de sus perros está “malito”, y que en ese momento estaba muy atenta a la consistencia, color, cantidad y calidad de la caca del perro enfermo, por eso ni siquiera miró a la carretera cuan- do el vehículo pasó, frenó y a continuación maniobró hacia atrás.
Bueno, eso dice que sí lo vio, pero sin sus gafas.
Esas las utilizó para hacerle el reconocimiento a la caca del perro, pero se las quitó cuando escuchó el motor del vehículo maniobrando, porque, claro, le extrañó el frenazo y le extrañó la maniobra del vehículo marcha atrás.
Luego, según dice, y siempre sin gafas, aceleró y fue entonces cuando vio a la mujer en el suelo y en ese punto se pone histérica y ya no hay forma de arrancarle muchos más detalles.
»En ese instante fue cuando se olvidó de la caca del perro ¡mira tú por dónde! Entonces se acercó a la víctima corriendo y comprobó que sangraba abundantemente y que no se movía, así que llamó al 112. Dice que solo se separó un minuto de ella antes de que llegara la
ambulancia y la policía, porque uno de los perros se le escapó y fue a buscarlo.
—¿Se le perdió el animalito?
—No, estaba oliendo las cacas. Fue un momento. Cosas de perros.
Rizos volvió a reír con ganas, aunque se censu- raba internamente por hacerlo. La situación no era como para reírse.
—Sabes mucho de perros, Sánchez.
—Por supuesto que algo sé. Mi hija se empeñó en adoptar un perro hace dos años y más de una vez me ha tocado sacarle de paseo.
—No sabía que tenías perro.
—No ha salido a colación, sencillamente.
Pero sí, mi hija tenía muchas ganas de tener perro, pero mi mujer decía que ni hablar, que con cuatro hijos tenía bastante.
Eso fue poco después de nacer el pequeño.
¡Pero qué quiere que le diga, jefa! Lo que mi niña quiera son órdenes para mí y a mi mujer ya se le ha pasado el enfado.
Yo eso ya lo sabía, ahora quiere al perro más que a mí.
—¡Eso no me lo creo! —rio la inspectora ante la afirmación de su compañero.
—¡En serio, jefa! Ahora, en vez de cuatro hijos, tengo cinco.
Sánchez paró el vehículo frente a la casa de la inspectora y puso los cuatro intermitentes. Susana Rizos bajó a toda prisa y desapareció tras la puerta de entrada al edificio para aparecer en pocos minutos con un par de libretas bajo el brazo.
—¡Listo! —apremió—. Pongámonos en marcha