Las otras muertes de Abel 14
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Susana Rizos abrió los ojos sobresaltada cuando el despertador empezó a sonar con aquella urgencia que ella tanto detestaba.

Se había quedado dormida, no sabía a qué hora, con el cuaderno de Abel sobre el pecho y al incorporarse notó el sueño acumulado de demasiadas noches.

Los párpados le pesaban tanto que creyó que de un momento a otro iba a caer de nuevo sobre la cama sumida en un sopor que le impediría levantarse en las siguientes diez horas.

El agua caliente de la ducha la reconfortó y se sintió más despejada.

Mientras la dejaba correr por su cuer- po, rememoró las últimas páginas del diario del profesor Oliver.

Ahora sabía cuál era el secreto que Rebeca Martínez había guardado durante tanto tiempo hasta que su hija encontró aquellos cuadernos: su amante.

Podía imaginarse lo que aquello había supuesto para Oliver, no solo por la traición de su esposa, sino, sobre todo, saber que el hombre que se había interpuesto entre Rebeca y él, era el mismo que casi le destroza la vida veinticinco años antes.

«¿Cuántas veces morimos al cabo de la vida?

» Se preguntó Susana mientras limpiaba con la palma de la mano el vapor que se había depositado en el espejo del baño.

Imaginarse a Fidel Sanz acariciando, besan-do a Rebeca, debió ser una puñalada en el alma de Abel, no por ser otro hombre, sino por ser Fidel Sanz.

Ella sabía lo que él le había hecho a su marido años atrás, lo sabía porque Abel mismo se lo había contado: no quería tener secretos para ella.

Debió ser suficiente como para que su esposa rechazara cualquier posibilidad de romance con Fidel.

Sin embargo, había pasado por encima de todo ello sin hacer remilgos a algo que, a pesar de la extremada discreción con la que la pareja de amantes había llevado su relación, antes o después se tendría que descubrir.

Había que volver a investigar a aquel hombre; tenía que revisar de nuevo las declaraciones de todos los testigos, de todos los allegados a Abel, pero, ante todo, tenía que centrarse en el que, en ese momento, le pareció el principal sospechoso del caso.

Tal vez el inspector Ferrándiz no supo de la infidelidad de la esposa del profesor y por eso no centró la investígación en un posible homicidio, pero ahora tenían la prueba de esa relación extramatrimonial en los cuadernos y Rebeca, tal y como hizo años atrás, no se atrevería a negarlo.

Esa misma mañana estaba citada la viuda en su despacho, posiblemente habría más detalles que contar, detalles que, tal vez, ni siquiera Oliver supo nunca o, tal vez, supo demasiado tarde, por eso acabaron con su vida.

Sumida en esos pensamientos, Rizos pulsó el man- do a distancia de su vehículo. Había dejado atrás la somnolencia de un rato antes y estaba lista para despejar la duda, si era posible, esa misma mañana.

Aún no había girado la llave de arranque cuando su móvil, dentro del bolso que descansaba en el asiento del copiloto, sonó insistente. Suspiró y miró la pantalla: la llamaban de comisaría. «¿Qué pasa ahora?» pensó. La voz del otro lado del aparato sonó urgente:

—Inspectora, hay novedades en el caso Oliver: ha habido un accidente.

—¿Un accidente? ¿Quién ha tenido un accidente?

—Venga rápido, por favor, la víctima es Rebeca Martínez.

—¡Dios mío! ¿Qué tipo de accidente? ¿Cuándo ha sido? ¿Está hospitalizada?

—La han ingresado muy grave en el hospital La Fe.

Iba indocumentada, la han reconocido gracias a una de las enfermeras de urgencias, que es madre de uno de sus alumnos y miembro del AMPA.

Creemos que ha sido un atropello con fuga.

Ya se lo hemos notificado a la familia, ha sido esta misma mañana, muy temprano.

—¿Hay testigos?

—Sí, pero no ha tomado nota de la matrícula ni del modelo, solo del color del vehículo: azul oscuro.

—Me voy directamente al hospital. Avisad a Carrasco y a Sánchez, les veré allí.

* * *

Susana Rizos había repasado mentalmente las preguntas clave que debía hacer a Rebeca Martínez aquella mañana.

Ahora todo se desbarataba de nuevo: la cita prevista no era posible y temió que su antigua profe- sora no saliera bien parada de ese sospechoso accidente.

Había demasiadas preguntas aún en el aire.

Condujo rápido en dirección al hospital y le pareció que todos los semáforos de la ciudad y los con- ductores que se cruzaban una y otra vez, se habían confabulado para hacerle perder la paciencia; lanzó varios gritos destemplados por la ventanilla en mitad del atasco que un policía municipal se encargaba de despejar y se dio cuenta de que no se reconocía en aquella actitud agresiva al volante, normalmente respiraba hondo y se tomaba con filosofía esas situaciones, sin embargo, la idea de que el accidente de la profesora podría no haber sido casual, la había alterado tremendamente.

Se dio cuenta entonces de que todo el cansancio del que se quejaba momentos antes, había desaparecido por completo.

La noticia había sido una inyección de adrenalina y solo pensaba en llegar cuanto antes y saber qué había pasado y cómo había pasado.

El instituto no estaba lejos de la casa de Rebeca, entonces, ¿por qué había salido tan temprano, y en qué dirección?

Exhibiendo su placa de policía había conseguido llegar en tiempo récord a la sala donde esperaban los hijos de la víctima. No era posible ir más allá, la mujer atropellada estaba siendo intervenida en el quirófano.

Yolanda Oliver se levantó con los ojos enroje- cidos al verla aparecer, junto a ella, su hermano pequeño, Alex, hundido en la silla, apenas alzó los ojos para mirarla y volvió a encogerse sobre sí mismo con los codos apoyados en las rodillas y la mirada fija en las losetas del suelo.

—¿Qué ha pasado? —urgió la inspectora mi- rando fijamente a Yolanda, que temblaba y no dejaba de hipar.

—No sabemos exactamente, solo que alguien la atropelló y la dejó tirada al borde de la carretera.

—Pero, ¿os dijo dónde iba tan temprano? Aún no son las nueve de la mañana y el instituto está solo a quince minutos de su casa.

—Tampoco tenemos idea de a dónde se dirigía o de dónde venía. Yo hace años que no vivo con ella, Alex es el último que la vio anoche, le han despertado los mu-

nicipales con la noticia, aún dormía cuando todo esto ha pasado.

—¿Y tu hermano Jaume?

—Viene de camino desde Segorbe, le he llamado yo nada más saberlo.

La voz de Sánchez a su espalda hizo que la ins- pectora se volviese.

—¡Buenos días! —saludó inclinando ligera- mente la cabeza—. ¿Cómo se encuentra la señora Martínez?

Susana se acercó a él.

—Está en el quirófano, aún no sabemos nada. Confiemos en que salga de esta. ¿Dónde está Carrasco? —añadió.

—Ha ido a supervisar el lugar del accidente con la Científica.

—Bien. ¿Habéis citado al testigo? Quiero cono- cer todos los detalles de primera mano.

—La testigo. Ya he hablado con ella. Es una mujer mayor que paseaba a sus perros.

Estaba muy nerviosa y también han tenido que atenderla con un ataque de ansiedad, así que le hemos dado unas horas para que se reponga.

La he citado a primera hora de la tarde, eso si no tenemos que interrogarla directamente en la cama del hospital ¡Pobre mujer!

La inspectora se volvió hacia Alex, que continuaba en la misma posición. Se acuclilló a su lado y pasó suavemente su mano por el hombro del muchacho.

—Me gustaría hablar contigo, Alex, ya sé que estás muy afectado, pero tal vez me puedas decir algo que aclare por qué salió tu madre de casa tan temprano y hacia dónde se dirigía. ¿Te dijo algo la noche anterior que pudiera darnos una pista?

El chico se estremeció al contacto con su mano y apartó el hombro al tiempo que negaba con la cabeza. Yolanda quiso minimizar el gesto de rechazo de su hermano y avanzó conciliadora hacia Rizos.

—Alex no está en condiciones de hablar en este momento con nadie, Susana, lo tendrá que hacer, ya lo sé y también él lo sabe, pero, por favor, no en este momento.

Rizos miró a la chica. Había tanto miedo en aquellos ojos enrojecidos que tuvo la certeza de que había algo más, algo que apesadumbraba a la joven más allá del desgraciado accidente de esa mañana.

—Hay algo más, ¿verdad?

Las lágrimas volvieron a rodar por las mejillas de Yolanda.

—Alex discutió con mamá anoche. Todos hemos discutido, la hemos gritado e insultado en los últimos días. Los tres conocemos el secreto que guardó durante tanto tiempo, pero ahora creo que es lo que menos nos importa, ahora solo queremos que salga viva de ese quirófano.

La inspectora se levantó poniéndose frente a frente a la joven.

—Quieres decir, la infidelidad —bajó la voz para que aquella palabra no dañara la sensibilidad de los hijos de Rebeca.

La chica negó con la cabeza.

—No solo eso, también lo otro. —Yolanda miró de soslayo a su hermano que se resistía a cambiar de posición con la cara oculta, casi tocando el pecho con su barbilla.

—Está bien —consintió Rizos—. Pero sabes que esto no se puede demorar.

En cuanto los médicos os den un diagnóstico de su estado, por favor, llámame con toda urgencia.

Necesito hablar con vosotros cuan- do los nervios estén más templados, sobre todo con Alex —le miró con firmeza—.

Esto es muy serio, si queréis que el culpable pague por esto tenéis que colaborar al máximo.

No puede haber más secretos, hay que poner las cartas sobre la mesa, aunque sea doloroso hablar de ciertas cosas. No queda otra.

Rizos miró la pantalla de su móvil, tenía dos llamadas perdidas del comisario Riquelme.

Tenía que poner en conocimiento de su superior los pasos que estaban dando y también los problemas que estaban surgiendo para resolver un caso que, una vez corroborados los errores de la antigua investigación, debería haber avanzado en algún sentido.

La inspectora tenía la sensación de que, lejos de deshacer el nudo, este se iba apretando cada vez más, impidiéndole ver la luz por algún ángulo.