13
Los niños habían recogido la mesa y subieron a sus cuartos a descansar y a entretenerse con sus cosas.
Rebeca, de espaldas a Abel, se empeñaba en colocar la vajilla en el lavaplatos y fregotear por aquí y por allá.
Parecía nerviosa. De alguna manera intuía que la conversación que su marido quería mantener con ella esa tarde no iba a ser fácil.
Abel tuvo que cogerla de un brazo y hacerla girar hacia él. Su mirada, huidiza, no hizo más que agrandar el temor de él.
—Siéntate, por favor —casi le rogó—. Necesito que hablemos y que lo hagamos ahora mismo, no puedo mantener esta incertidumbre ni un minuto más, me estoy volviendo loco.
—¿Incertidumbre? —Le miró lentamente y tra- gó saliva, sentía la boca seca y cada fracción de segundo aumentaba la convicción de que aquella conversación que su marido suplicaba con la mirada, iba a derrumbar algo en sus vidas definitivamente.
Abel sacó la nota del bolsillo de su pantalón y la desplegó sobre la mesa ante los ojos de Rebeca. Ella echó el cuerpo hacia atrás y movió los labios como si quisiera decir algo cuyo sonido no pudo percibir él. Luego, tomó aire y, sin dejar de mirar aquel trozo de papel, preguntó en voz baja:
—¿Quién te ha dado eso?
Abel la observaba. Calibraba cada gesto, cada movimiento.
Ella podía haberlo negado directamente, mirándole a los ojos, enfadándose con él.
Podía hacerlo siendo verdad o siendo mentira, daba igual, Abel anhelaba que lo negara y estaba dispuesto a creerla, pero ella se mantenía cabizbaja, sin mirarle a la cara, con las manos escondidas en el pliegue de la falda que formaban sus muslos; los hombros encogidos, el rubor subido en sus mejillas…
era como una niña pillada en falta. No sabía mentir, la conocía bien y lo que veía ante él no era más que una declaración, una aceptación de que aquella breve frase que la acusaba en un trozo de papel, decía la verdad.
—¿Qué importa quién haya sido? —Respondió él con la voz ahogada de un sentimiento venenoso que le inundaba por momentos desde el pecho hasta el último pelo de su cuerpo—.
No lo sé y, sinceramente, en estos momentos me importa una mierda, lo que yo quiero saber es si es cierto, si ese comportamiento que, desde hace tiempo noto en ti, tu desdén hacia mí, tus salidas continuas y cada vez más frecuentes con tu amiga Verónica, lo poco que hablamos ya y, sobre todo, lo poco que follamos desde hace mucho, es por esto, porque me engañas con otra persona.
Dímelo. Dímelo y dime quién es, porque necesito saberlo.
Las últimas frases las había dicho casi gritando, dando un puñetazo sobre la mesa que hizo que ella saltara en la silla sobresaltada.
La ira se iba apoderando de Abel, su indignación, su dolor, su ego herido, el engaño, la traición, el mundo derrumbándose a su alrededor.
Quería que la tierra se abriera y se los tragara a los dos, o que la luz le diera en la cara y le despertara de aquel mal sueño.
Rebeca empezó a llorar, cubrió la cara con sus manos y se deshizo en lágrimas impidiéndole hablar. Abel se levantó y, de espaldas a ella, apoyó los puños sobre la encimera, con la barbilla pegada al pecho y los ojos fuertemente cerrados.
—¿Quién es? —Insistió.
—Todo fue tan… No lo busqué, surgió… no sé ni cómo —sollozó.
—Verónica no existe, ¿verdad?
—No —confirmó ella tras un silencio que a Abel le pareció eterno.
—¿Quién es? —volvió a preguntar, esta vez con la voz más firme y más alta.
—Es que, es mejor que…
Abel se volvió entonces, poniéndose frente a ella de una zancada.
—¡Que me digas quién es! ¡Hostia!
Los niños aparecieron en la puerta, la discusión se oía en el piso superior y bajaron alertados por los gritos de su padre.
Sus caras reflejaban sorpresa y temor. Abel los miró con ira, nunca había mirado así a sus hijos, a él mismo le dolió, pero era todo lo que tenía dentro en ese momento: ira, rabia, dolor.
—¡Fuera de aquí! ¡Subid ahora mismo a vuestra habitación! ¡Ahora mismo! ¡Ya!
Los dos corrieron escaleras arriba llorando asustados. Rebeca quiso salir tras ellos, pero Abel la sujetó por un brazo, tan fuerte que sus dedos quedaron marcados durante una semana.
—No sales de aquí sin decirme quién es, luego, si quieres te vas, como si decides no volver.
Ella supo que debía acabar con esa escena tan dolorosa para todos. Se sentía tan culpable…
—Fidel —dijo al fin.
Abel la soltó entonces. Su cara cambió por com-
pleto. Se sentó de golpe en la silla que tenía a su izquierda sin poder cerrar la boca del todo.
—Fidel —repitió él despacio, y la miró con incredulidad, como si pensara que todo era una farsa con el único fin de hacerle el mayor daño posible—. No. No puede ser Fidel. Dime que es otro y lo podría entender… pero Fidel… ¿Cómo has podido…?
Rebeca se arrodilló a su lado y trató de acariciar su mano, la misma cuyos dedos llevaba marcados en su brazo.
Él la apartó y se dirigió a la puerta, cogió su chaqueta y salió de la casa.
Deambuló durante horas por las calles. A ratos lloraba, a ratos maldecía y a ratos trataba de ordenar sus ideas y comprender lo que su corazón se oponía a comprender.
Se sentó en un banco del parque donde había estado aquella misma mañana y se recostó en él.
No supo cómo ni cuándo se quedó dormido.
Se despertó con frío, con la ropa helada y húmeda del relente de la noche.
No se sentía bien y no sabía dónde ir. Decidió volver a su casa y entrar en calor.
El día había sido largo y detestable, tal vez la mañana siguiente le devolviera algo de calma para afrontar el golpe recibido.
Cuando un rato después cerró la puerta de su casa tras de sí, todo era silencio.
La escasa luz de la luna creciente entraba a través de los visillos blancos del salón, lo suficiente como para no tropezar con los muebles.
No quería hacer ruido, solo quería ovillarse en un lugar cálido y bloquear su mente para no seguir pensando.
Se tumbó en el sofá y se cubrió, sin desvestirse, con la fina manta que colgaba de uno de los brazos del sillón. Le despertó el murmullo de unas voces que hablaban bajito, susurrando momentos antes de oír el sonido de la puerta de la calle al cerrarse.
Se incorporó y el sol le dio de lleno en la cara, obligándole a cerrar los ojos y a ponerse la mano frente a ellos.
Se asomó a la ventana con el tiempo justo de ver a Rebeca y a sus hijos desaparecer tras la esquina siguiente: ella en medio, cogida de las manos de los pequeños.
A Abel se le nublaron los ojos y sintió miedo de no volver a verlos.