12 #2
Sentado en un banco, dejó que el aire fresco hiciera volver el color a sus mejillas y le despejara la mente.
Sentía el dolor de aquella posible traición y al mismo tiempo una rabia inmensa, unos celos que no había sentido hasta aquel momento.
Apretó los puños tratando de dominar ese sentimiento que le envenenaba.
Podía notar cómo viajaba a través de sus venas, de sus músculos, de sus pensamientos, y también notaba cómo, lejos de aliviarle, le producía más dolor.
Solo había una forma de acabar con la tortura: hablar cara a cara con Rebeca, dejar que ella disipara las dudas que reconcomían su alma y le convenciera de que todo era un error…
o no. ¿Y si fuera cierto? ¿Qué haría? No podía ni quería responder a esa pregunta, le producía demasiada incertidumbre.
Miró a su alrededor como aterrorizado. Había un vacío bajo sus pies que debía llenar de certezas y en ese banco del parque, con el único sonido del viento a su alrededor, no las iba a encontrar.
Se alzó sobre sus largas piernas temblorosas y caminó sin prisa por el sendero hacia la salida del parque.
Rebeca y los niños aún tardarían un par de horas en volver, había tiempo de sobra para calmar sus nervios, para sobreponerse a la náusea que presionaba la boca de su estómago, a la incertidumbre que pesaba como una losa sobre sus hombros.
Caminó sin mirar a su alrededor, como un autómata, por las calles que le separaban de su casa, sin prestar atención a la gente que se cruzaba por las aceras, ni a los escaparates que trataban de llamar la aten-
ción de los viandantes con sus productos, ni a los coches que frenaban y hacían sonar sus cláxones.
Un rato después se encontraba sentado en su sillón, poniendo música suave y cerrando los ojos para dejar pasar el tiempo sin tener que contar los minutos.
Ni siquiera recordaba cómo había entrado, cómo ha- bía sacado sus llaves, cómo había cerrado la puerta despacio tras de sí y cómo había colgado la chaqueta en el perchero de la entrada.
Tampoco sabía si era más grande su impaciencia o su temor.
Abrió los ojos despacio, deseando ver a su alrededor los cuadros y las cortinas de su cuarto y darse cuenta de que se había dormido y lo vivido no era más que un sueño, una pesadilla de esas que parecen tan reales y que tan solo son un cúmulo de temores que toman forma en el cerebro y nos convencen de que lo temido llega y nos alcanza, pero entonces te despiertas y el monstruo desaparece, y respiras por fin.
Sin embargo, seguía allí, tumbado en el sofá, y lo que veía eran las fotos familiares colocadas una junto a otra sobre el aparador y sobre la repisa de la falsa chimenea, unas con marcos plateados sin gran valor y otras enmarcadas en madera, bonitos pero baratos, comprados en el bazar chino junto al centro comercial.
Fotos de Rebeca y él abrazados junto al gran Buda, en aquel viaje que hicieron hacía dos años a Tailandia; fotos de los niños en la playa; de Yolanda levantando un trofeo de cuando su equipo de baloncesto del colegio ganó una liguilla contra otros centros el año anterior; la de Jaume cuando era un bebé de apenas seis meses, era un niño precioso; la de Rebeca ofreciendo sus brazos a Yolanda cuando apenas comenzaba a andar, qué foto tan hermosa… Fotos llenas
de sonrisas, de felicidad, de momentos inolvidables de su vida.
Se dio cuenta de que las miraba con los ojos nublados.
Se limpió los ojos con el dorso de la mano y se levantó a buscar un paquete de pañuelos.
Quería convencerse de que aquella congoja iba a quedar en nada en cuanto hablara con su esposa, pero, por otro lado, sentía una comezón dentro del pecho que le dificultaba respirar.
El recuerdo de las misteriosas llamadas de la tal Verónica y la forma en que Rebeca evitaba que él escuchara sus conversaciones, le dejaban un regusto amargo, una sospecha dolorosa que trataba de sacudirse, pero que volvía una y otra vez.
Recordaba que, hasta hacía muy poco, tal vez un año, solían hacer el amor regularmente, aunque en los últimos años habían espaciado la frecuencia.
Pero eso era normal en los matrimonios que llevan tantos años juntos.
Eso no le pareció en nada alarmante. Sin embargo, había notado un cambio en su, cada vez menos frecuente deseo sexual.
Siempre encontraba una excusa para no mantener relaciones sexuales con él y, cuando decidía complacerle, se mostraba poco colaboradora y más bien apática.
A Abel le costaba mucho asumir que su esposa ya no se sentía atraída por él, cuando en otros tiempos habían tenido una compenetración total y unas relaciones sexuales satisfactorias para ambos.
A veces, se sentía tan solo cuando lo hacían, que desistía, y su líbido caía en picado ante la actitud de ella.
En esas ocasiones, le parecía escuchar como su compañera exhalaba un suspiro de alivio que le dañaba en lo más profundo.
Tras varias horas de angustiosa espera, escuchó el ruido metálico de las llaves en la puerta y las voces agudas de sus hijos que, como cada día a casi todas horas, discutían por cualquier tontería.
Era su forma de jugar, picándose el uno a la otra y viceversa, en realidad se querían mucho y se llevaban bien salvo esos rifirrafes que parecía divertirles tanto.
Rebeca entró tras ellos riñéndoles, pero no parecía que importara demasiado.
Yolanda y Jaume corrieron hacía su padre y plasmaron sendos besos en sus mejillas, luego, sin dejar de correr, subieron a los dormitorios mientras su madre les gritaba que se lavaran bien las manos.
Durante esos segundos, Abel se sintió feliz de nuevo, pero solo fue un momento, la realidad estaba frente a él en forma de mujer y esa realidad tenía que mirarle frente a frente y disiparle las dudas que, como negros nubarrones, impedían que la luz volviera a su mente y el aire a sus pulmones.
Se miraron durante un momento, interrogantes, pero por motivos distintos. Ella se sentó junto a él con gesto preocupado.
—Me ha dicho Manuel que te has marchado porque no te encontrabas bien —manifestó inquieta—. ¿Qué te ha pasado? ¿Cómo te encuentras? ¿Quieres que llame al médico de urgencias?
La mirada de expectación de Abel se tornó en ternura al escucharla. Tal vez todo era un malentendido. Parecía preocupada de verdad.
—Estoy bien —respondió de forma casi inaudible.
—No estarás tan bien si no has ido a las últimas clases. Dime qué te ha pasado.
Los niños bajaron la escalera sin dejar de discutir. Era imposible mantener una conversación calmada en esas circunstancias. Necesitaba que ambos estuvieran solos para poder hablar con la tranquilidad que requería aquel asunto. Se levantó y le dio la mano a ella para que le siguiera.
—Ahora vamos a comer, por favor. Después hablaremos sosegadamente, lo necesito.
Ella asintió y le siguió hasta la cocina sin saber bien qué decir.