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De los diarios de Abel Oliver
La vida de Abel y Rebeca transcurría sin grandes holguras.
Sus hijos, Yolanda y Jaume, habían crecido casi sin darse cuenta y los cambios en sus necesidades y en sus hábitos sociales forzaban a sus padres a mantener sobre ellos una atención y unos gastos extraordinarios que, no siempre, podían ser atendidos al cien por cien. Eso preocupaba a ambos.
Aun así, Abel se consideraba un hombre afortunado y quitaba hierro a los aprietos económicos que la pareja sufría.
Los intereses de la hipoteca habían subido y esa preocupación hacía mella, sobre todo, en el estado de ánimo de Rebeca, lo que provocaba más de una salida de tono que acababa en discusión.
Aparte de esos estallidos de cólera de su esposa, Abel no cambiaría su vida por nada.
Quería tremendamente a sus hijos y también a Rebeca, y consideraba que era una mala racha que tendría que pasar antes o después.
Su paciencia no mermaba, aunque, a veces, añoraba los tiempos en los que el amor era tan fuerte que suavizaba cualquier contratiempo, fuera el que fuera.
Ahora las cosas habían cambiado bastante.
Trataba de iniciar cualquier conversación con su esposa sobre los niños, el instituto, sus padres, las noticias del telediario…
lo que fuera, pero nunca con- seguía un resultado satisfactorio.
Rebeca respondía con monosílabos o eludía la conversación dirigiéndose a sus hijos y dejando a Abel con la palabra en la boca.
Empezaba a sentirse ignorado por ella y no encontraba la forma de acercarse sin que su esposa le apartara de malos modos o iniciara una nueva discusión.
Una mañana, entre clase y clase, se dirigió a la secretaría del centro para entregar un informe de notas a la administrativa.
La chica le sonrió desde el mostrador al verle entrar y buscó dentro de un cajón.
Sacó un sobre blanco en el que, escrito en letras mayúsculas aparecía «ENTREGAR A ABEL OLIVER».
—Abel, esto lo han dejado esta mañana para usted.
—¿Quién lo ha dejado? —preguntó intrigado.
—No lo sé. Solo he salido un momento a buscar folios al almacén y lo he encontrado al volver sobre el mostrador.
Abel cogió el sobre y lo miró por el reverso, buscando un remitente o una pista que le indicara cuál era el origen de aquella carta. Abrió el sobre y encontró una cuartilla blanca doblada por la mitad. La desplegó. Solo había escritas cuatro palabras: «TU MUJER TE ENGAÑA».
El inicial gesto sonriente de Abel se transformó de inmediato en una mueca de asombro.
Releyó la frase dos veces más para convencerse de que, en efecto, era eso lo que ponía la nota.
Lentamente, y mientras el color de sus mejillas cambiaban de color, plegó de nuevo el papel y lo metió en uno de sus bolsillos; luego volvió a mirar por ambos lados el sobre sin encontrar resquicio alguno de cualquier cosa, tan solo las letras en mayúscula que ordenaban su entrega.
Lo dejó de nuevo sobre el mostrador y se apoyó en la pared.
—¿Malas noticias? —preguntó la administrativa alertada por el cambio de color del profesor y por la seriedad de su rostro.
—No, Macarena, no te preocupes. Nada que no pueda solucionarse.
Salió rápidamente del despacho y se dirigió al baño de profesores.
Tenía que ser una broma, una broma de muy mal gusto, pero no podía ser verdad.
¿Quién querría hacerle tanto daño? Abrió una de las puertas y se sentó en el váter cerrando por dentro.
Por suerte, en aquellos momentos ningún profesor entró en el recinto de lavabos y Abel, sin poder evitarlo, comenzó a llorar con angustia.
Se debatía entre creer a aquel trozo de papel o tirarlo a la basura no dándole ningún crédito.
Entonces le vino a la cabeza la escena de unas noches antes: cenaban casi en silencio Rebeca y él, solo los niños discutían entre ellos por las bobadas de críos que eran más un juego que auténticas discusiones, el móvil de su esposa sonó dentro del bolsillo de su bata y esta, al mirar el teléfono reflejado en la pantalla, se levantó de la mesa y salió del comedor hacia la cocina.
Durante un par de minutos estuvo allí y, al volver a sentarse para continuar su cena, Abel le preguntó extrañado que quién era.
Rebeca se encogió de hombros y, sin mirarle a los ojos, respondió que la había llamado Verónica, una amiga que había conocido durante sus clases de yoga y con la que decía quedar para cenar de vez en cuando.
Abel quedó satisfecho con la respuesta, no hubo más preguntas sobre la llamada, respetaba la vida social de su mujer, bastante más prolija que la suya.
Le parecía normal que saliera a tomar algo con sus amigas, aunque en los últimos meses no había querido salir con él ni al cine.
Pensaba que, dándole espacio para ella misma, se sentiría menos atada por las responsabilidades y lograría acercarla de nuevo a él.
Pero aquella llamada no fue la última. Hubo varias más en las que, de nuevo, ella se apartaba para hablar con la persona del otro lado del teléfono y siempre le decía que era Verónica.
Él no lo dudaba, pero sí empezaba a molestarle que sus conversaciones, siempre cortas, las mantuviera alejada de él, no permitiendo que escuchara ni una palabra y eso no era tan lógico.
Si eran confidencias, las llamadas deberían durar mucho más que dos minutos como aquellas; y si no eran más que llamadas para
saludar o para citarse en algún evento, no era lógico que se escondiera para responder.
Abel sintió náuseas. Era posible que aquellas llamadas no fueran de la tal Verónica, a la que ni si- quiera conocía. Nunca se la presentó.
Un dolor profundo comenzó a surgir del fondo de su pecho.
Cerró los ojos y sintió la humedad de las lágrimas correr por sus mejillas, calientes, saladas, ardientes.
Escuchó la puerta del baño abrirse y unos pasos apresurados.
Se tapó la boca con la mano para que el hipar de sus lamentos, no fueran oídos al otro lado del cubículo donde se escondía de la mirada de sus compañeros.
Alguien golpeó con los nudillos la puerta de al lado y a continuación aquella tras la que él estaba. La voz del director resonó como un eco en su cabeza cuando le nombró «¡Abel, Abel! ¡¿Estás ahí? ¿Te encuentras bien?!»
Tragó las lágrimas y se limpió la nariz con un trozo de papel higiénico. Pulsó el botón de la cisterna y decidió responder: «Estoy aquí, Manuel, y no, no me encuentro bien».
Hubo unos segundos de silencio y el director volvió a hablar a través de la puerta.
Su clase debía haber comenzado hacía ya diez minutos y no se había presentado ante el alumnado.
Alguien preguntó por él. El profesor Oliver nunca había faltado a su cita con los alumnos y no le encontraban en todo el recinto del centro, así que solo quedaba por mirar en los baños.
La única explicación que se podían imaginar era una indisposición.
—No te preocupes —le tranquilizó Manuel—. Márchate a casa y reponte. A los chicos les daremos esta hora de estudio, para que se preparen bien la próxima
evaluación. Si mañana sigues mal, dile a Rebeca que me llame a primera hora y yo mismo te sustituiré.
Manuel era un buen hombre, trabajador y metódico, con mucho sentido de la disciplina, pero, al mismo tiempo, sabiendo ser flexible en sus decisiones.
Salió del baño de profesores dejando a solas al profesor, que agradeció ese gesto.
Abel abrió lentamente la puerta del cubículo del váter y se dirigió a los lavabos que tenía enfrente.
En esos momentos, salvo alguna excepción, todos los profesores estaban impartiendo sus materias y no entraría nadie.
Abrió el grifo y se echó abundante agua en la cara.
El frescor le alivió por fuera, pero, por dentro, seguía sintiendo el mismo dolor que le quemaba en el pecho y le subía hasta las sienes.
No sabía de dónde surgía esa agónica sensación, pero recordó que no era la primera vez que la sentía.
Salió del recinto escolar casi corriendo.
Ni siquiera contestó a uno de los profesores que se cruzó con él en el pasillo y le preguntó si se encontraba bien.
No quería mirar a nadie para que no percibieran la rojez de sus ojos y la palidez de su rostro atormentado.
Le urgía salir, correr lejos, aún no sabía qué dirección tomar; meterse en su casa vacía en esos momentos, rodeado de silencio y de fotos familiares que le recordaban la felicidad que acababa de perder…
no era eso lo que quería. Pero vagar por las calles tampoco era la mejor opción, ni entrar en un bar para ahogar sus penas en alcohol, no era eso lo que recomendaba a sus hijos ni a sus alumnos.
No, no podía caer en tópicos destructivos, tenía que tranquilizarse y pensar.
Era posible un malentendido. Sí, eso debía ser.
Y allí estaba él, descompuesto por dentro y por fuera cuando, seguramente, todo iba a quedar en nada y se reiría de esa espantada que al final le resultaría cómica.
Pasó por delante de un parque. A esa hora es- taba casi vacío y pensó que ese sería el mejor lugar en donde debía sosegar su ánimo antes de continuar ca- mino de casa.