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Susana Rizos se sentó al volante de su coche. Un sinfín de preguntas habían quedado en el aire sin respuesta. Le resultaba inaceptable que la investigación del inspector Ferrándiz hubiera sido tan deficiente, o al menos eso era lo que parecía.
No recordaba haber leído en los informes del caso nada que justificase la conclusión final y el carpetazo rápido.
Era evidente que se habían pasado por alto indicios bastante importantes como para tomar en cuenta otras hipótesis distintas al suicidio.
Dudó. Tal vez no había leído con la suficiente atención esos informes y se le habían pasado los detalles que sustentaban las conclusiones de Ferrándiz, pero no era probable.
Necesitaba repasar de nuevo todo el expediente para estar segura de que la investigación había sido un auténtico desastre, pero también necesitaba continuar leyendo los cuadernos del profesor Oliver.
La frase que Rebeca había dejado caer creyendo que ella ya conocía el asunto del que hablaba, la había dejado confundida y expectante.
Quería saber cuanto antes a qué se refería con: «luego, ocurrió aquello».
Algo ocurrió que acabó desmoronando el matrimonio de Abel y Rebeca, pero, ¿qué?
Tenía prisa por continuar descubriendo entre las páginas de esos diarios, cuál fue el desencadenante de lo que parecía la total ruptura del amor de ella hacia él.
Tal vez, también, había otra persona que podía darle algo más de luz sobre el proceso durante la investigación del caso Oliver: el viejo comisario Torralba.
Hacía tiempo que no hablaba con él, podía ser ese el momento. Se propuso llamarle en ese mismo instante, sin ni siquiera arrancar el motor del coche, allí, aparcada frente al instituto que tantos buenos recuerdos le traía de su adolescencia.
El timbre del teléfono sonó varias veces antes de que lo descolgaran.
—¿Diga? —se escuchó la voz de Antonio Torralba.
—Don Antonio, buenos días. Soy Susana.
—¡Hombre! Susi. Ya te echaba de menos. Hace mucho que no hablamos, deberías llamarme más a me- nudo.
—Eso es verdad. Ante todo, ¿cómo se encuentra?
—Aburrido, muy aburrido. Me aburre la prensa, me aburre la televisión, me aburren los paseos y me aburren las acelgas. Mi mujer se ha empeñado en que adelgace, pero yo me miro al espejo y no me veo tan mal.
Susana soltó una carcajada. Verdaderamente, don Antonio estaba llevando muy mal la jubilación. Si no hubiera sido por sus serios problemas de salud, posiblemente continuaría en su puesto como comisario.
—Don Antonio, ya sé que es abusar un poco de su tiempo, pero es que le quería preguntar por si se acuer- da de un caso. Necesito que me asesore, si fuera posible.
—¿Un caso? Eso me gusta y nada de abuso, ya sabes que lo que me entusiasma es sentirme útil. Dime de qué se trata y si no lo sé, me enteraré.
Susana estaba segura de eso.
—¿Recuerda que hace diecisiete años encontraron
el cadáver de mi profesor de Filosofía bajo el Pont Vell? —comenzó.
—Sí, claro, y también recuerdo que te afectó mucho. Se determinó suicidio ¿No?
—En efecto. Pero, a petición de la familia y re- visadas las pruebas aportadas por el inspector que investigó los hechos, hemos reabierto el caso. El inspector se llamaba José María Ferrándiz ¿Le suena de algo?
—Sí, claro que me suena. Cuando se investigó ese caso yo aún no estaba destinado a esa comisaría, el comisario que había era entonces mi predecesor, pero a Ferrán-
rrándiz lo conocí, no mucho, porque no era uno de mis allegados, pero sé quién era.
—Pues todo indica que se le pasaron muchos detalles que hubieran sido cruciales. No parece que fuera un suicidio, sino un crimen en toda regla. Lo que me extraña es la cantidad de fallos que hemos encontrado y eso que acabamos de empezar la investigación.
—A ver, Susi, Ferrándiz no era precisamente un modelo de policía. No era el más listo ni el más escrupuloso. Lo primero lo sé por el par de veces que tuve ocasión de hablar con él; lo segundo, se decía por los pasillos.
»Más o menos en la época de la que hablamos, sé que le dieron el traslado a Sevilla.
Debía llevar espe- rando ese traslado bastante tiempo y a lo mejor las prisas por dejar asuntos cerrados le llevaron a saltarse detalles que le complicaran la vida y le hicieran con- sumir el tiempo que él consideraba perdido.
¡Ya sabes! Unas cosas van por delante de otras y si Ferrándiz se convenció de que era un claro caso de suicidio, no se molestó más.
—Pero ¿es que fue este el último caso de Ferrándiz antes del traslado?
—Eso tendrás que consultarlo en los archivos, yo no lo sé. Ya te he contado que en esos años yo todavía
no estaba destinado allí. Cuando yo llegué, Ferrándiz ya estaba en Sevilla.
—A lo mejor si hablo con él…
—Va a ser difícil —rio Torralba—, se murió hace por lo menos un par de años o tres.
Lo vi en la revista Policía, por eso lo sé.
Me sorprendió saber que llevaba varios años convaleciente de una enfermedad degenerativa, de la que alguien me dijo después que había sido alzhéimer.
Me sorprendió ver su fotografía junto a otras tomadas durante el entierro y un obituario anunciando su fallecimiento.
Al parecer, en Se- villa llegó un poquito más alto, no sé cómo, pero llegó.
—¡Vaya! —exclamó Susana fastidiada—. Eso com- plica un poco la tarea. En fin, gracias por la información, veo que continúa en plena forma. Ya firmaba yo por una memoria tan privilegiada como la suya.
Torralba se echó a reír.
—Pues no será por comer acelgas.
—Claro que no —rio Susana también—. Es una capacidad muy suya, don Antonio. Es admirable. Bueno, ya tengo que colgar. Le llamaré pronto.
—Sí, por favor, llámame y me vas contando cómo evoluciona el caso de… ¿Cómo se llamaba el profesor?
—Abel. Abel Oliver.
—Eso. Pues tenme informado del caso Oliver, por favor.
Siempre le costaba dejar las conversaciones con Antonio Torralba.
Había aprendido tanto de él mientras fue su comisario, pero aún antes, mucho antes de ser su mentor y jefe: cuando acudía a jugar con Mónica, la hija de don Antonio, mientras la madre de Susana hacía las tareas del hogar en la casa del matrimonio Torralba.
No sabía si serviría de algo, pero tenía curiosidad por averiguar si el caso Oliver había sido el último del inspector Ferrándiz.
Era posible que, como le había sugerido Torralba.
Hubiera dado carpetazo rápido a aquel asunto porque tenía prisa por trasladarse a Sevilla y no quería que un caso a medias lo demorara.
Era tan solo una suposición, tampoco tenía pruebas de que hubiera sido así, sin embargo, sentía el pálpito de que aún quedaban cabos sueltos. Demasiada rapidez.
Don Antonio le había dicho que se rumoreaba que no era un policía muy “escrupuloso”, pero no sabía hasta qué punto podría ser cierto o no, ni hasta qué punto entendía cada cual ese concepto.
Concluyó mientras conducía, que no estaba de más echarle un vistazo a los archivos y comprobar los últimos casos del inspector Ferrándiz. Marcó de nuevo el número de Carrasco, que no tardó ni dos timbrazos en cogerlo.
—Dime —respondió el subinspector.
—Carrasco, ya que estáis con los informes de Ferrándiz, enteraos de si el caso Oliver fue el último, antes de marcharse a Sevilla o si aún investigó algún otro antes de dejar la comisaría de Valencia.
—Pues no estará de más verlo. Tranquila, Rizos, yo me ocupo.
Tenía prisa por llegar a casa y continuar con la lectura de los cuadernos de Oliver.
Rebeca se había mostrado muy nerviosa creyendo que la inspectora conocía la razón de “aquello” que sucedió.
Debía estar llegando a un punto de la historia que dejara al des- cubierto el secreto y, a lo mejor, la razón por la que Abel dejó la vida definitivamente… o tal vez hubiera algo más.
Se preparó un socorrido sándwich de atún y un yogur. Llevaba muchos días sin dormir lo suficiente, pero estaba segura de que esos cuadernos la llevarían a encontrar la clave de lo que sucedió en el puente aquel viernes en el que Abel Oliver perdió la vida.