Las otras muertes de Abel 10
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La inspectora Rizos golpeó con los nudillos el cristal de la puerta de la sala de profesores.

«Adelante» Escuchó decir a una voz femenina.

Dentro de la sala había varias mesas y un pequeño hornillo eléctrico en una de las esquinas con una cafetera de goteo y varias tazas de distintos modelos que, a todas luces, debían pertenecer a cada uno de los miembros del profesorado.

Un hombre y una mujer trabajaban frente a sen- dos montones de folios que a Susana le parecieron exámenes de los alumnos por las numerosas anotaciones en color rojo que cada una de aquellas dos personas iban escribiendo conforme leían el contenido de los papeles que tenían frente a ellos.

Los dos levantaron la cabeza y la miraron con curiosidad al verla entrar.

—Buenos días —saludó la inspectora—. Busco a Rebeca Martínez.

—Buenos días —respondieron al unísono los dos profesores—. Rebeca está ahora en clase, ¿es urgente o puede esperarla? —esta vez fue el hombre quien respondió a la recién llegada.

Susana se encogió de hombros.

—¿Puedo esperarla aquí?

—Claro. ¿Es usted la madre de algún alumno?

—No. Soy inspectora de policía y necesito hablar con ella.

La cara de sorpresa de ambos docentes era de esperar y Susana Rizos no se inmutó por ello. Llevaba varios días intentando que la viuda la recibiera en su casa, pero ella no había parado de poner excusas y darle esquinazo para no enfrentarse a una conversación con la inspectora.

Sabía quién era y, el hecho de reconocerla como antigua alumna, resultaba incluso más incómodo a la hora de responder las preguntas de la policía, pero era inevitable.

A Rizos no le había quedado más remedio, como penúltimo recurso, que presentarse de improviso en el instituto para forzarla a sentarse ante ella, aunque no había descartado en última instancia citarla formalmente en comisaría.

Así que, consideró agotar las posibilidades y darle la oportunidad de explicarse sin tener que hacerle pasar el trago de hablar en una sala de interrogatorios.

Desde que Susana acabó sus estudios en aquel instituto se habían producido bastantes cambios. Habían ampliado un ala y habían hecho obras de reconstrucción, por lo que pudo observar mientras caminaba por aquellos espacios ahora pintados, que buena falta les hacía.

Apenas esperó un cuarto de hora. El sonido de un largo timbrazo seguido de un aullar de voces de niños anunciaba que la hora de clase había concluido.

Rebeca apareció de pronto en la puerta de la sala de profesores con un montón de papeles apretados dentro de una carpeta contra su pecho.

Sin duda, los exámenes de 2º, 3º y 4º A, o al menos, esas eran antaño las clases a las que instruía su antigua profesora de inglés.

Entró con gesto de cansancio, dirigiéndose a sus compañeros que continuaban sentados en el mismo lugar.

La mujer le hizo con la cabeza el ademán de que mirara hacia la esquina en donde aguardaba Susana Rizos, sentada con las piernas cruzadas, hojeando uno de los libros de historia que había cogido de la estantería a su derecha.

Cuando la viuda se giró y reconoció a la inspec- tora, sus brazos se aflojaron dejando caer todo el con- tenido de la carpeta al suelo. Sus compañeros se levan- taron rápidamente para ayudarla a recoger todos aque- llos folios escritos que se habían desparramado a su alrededor.

Profesora y exalumna se miraron fijamente du- rante unos segundos, como si trataran de asegurarse de que la otra era, en efecto, la persona que creían reconocer.

Rebeca había envejecido más de lo cabría esperar, o al menos eso fue lo que pensó Susana, que la recordaba con un cutis fresco, con el mentón delineado y los ojos grandes y oscuros.

Ahora, aunque reconocía perfectamente a su antigua profesora de inglés, observó su piel marchita, con alguna mancha que no recordaba sobre su frente y en el dorso de sus manos; dos líneas muy marcadas a los lados de su boca descolgaban la piel de su mandíbula, pero seguía teniendo, a pesar del cansancio que observaba en su mirada, los mismos hermosos ojos y unas cejas bien perfiladas.

Unas gafas de presbicia colgaban de una cadenita plateada y se balanceaba sobre su pecho al moverse.

—¿Podemos hablar en privado? —Susana se había dirigido a Rebeca forzando una sonrisa que no le apetecía mantener por mucho tiempo, pero que trataba de suavizar lo incómodo de la escena.

—Nosotros ya nos vamos —se apresuró a decir el profesor.

—No, tranquilos, le pido al bedel la llave de la sala de juntas. Va a ser un momento —justificó Rebeca.

A Susana le costaba seguirle el paso a la profe- sora.

Caminaba por aquellos pasillos como si volara, posiblemente deseosa de que, una vez entre la espada y la pared, la conversación con su antigua alumna transcurriera lo más rápidamente posible, que acabara pronto, cuanto antes, que la policía se marchara con las respuestas y le fueran lo suficientemente satisfactorias como para que no tuviera que volverla a ver.

Había pasado vergüenza frente a sus compa- ñeros.

Le indignaba que Rizos se hubiera atrevido a presentarse en su trabajo poniéndola en evidencia ante todos.

Seguro que antes de acabar la jornada laboral ya sabía todo el mundo que la policía la estaba interrogando y las habladurías correrían como ríos por las aulas.

Llegaron a la sala de juntas. Rebeca cerró con llave por dentro y se sentó en una de las butacas sin abrir la boca.

Ambas mujeres se miraron durante unos segundos sin decir nada hasta que Susana dio el primer paso para romper el hielo, al fin y al cabo, ella no estaba allí para recordar el pasado escolar, sino para resolver un crimen.

—Me ha estado usted esquivando durante los últimos días, tendrá que explicarme por qué y le digo algo más, si no la hemos citado directamente en comisaría, ha sido por deferencia, por los años que fui su alumna, por

no hacerla pasar un mal trago, pero eso no sucederá más. Le pido que colabore, es lo mejor para todos.

—Pues venir a interrogarme en mi centro de trabajo no ha sido precisamente una delicadeza —protestó Rebeca claramente contrariada—. Hubiera preferido que me citaras en comisaría.

—Tal vez, pero no me ha dejado usted otra salida. No puedo permitirle que me haga perder el tiempo, por eso he venido directamente. Ya no hay excusas.

La viuda se revolvió en la silla, incómoda. Res- piró hondo y trató de tranquilizarse. No dejaba de frotarse las palmas de las manos contra la superficie de su falda.

—De acuerdo. ¿Qué quieres saber?

Susana relajó la espalda apoyándola en el res- paldo de la silla. Quería centrarse en el trabajo que estaba haciendo sin que los recuerdos interfiriesen en ello.

—En primer lugar, quiero saber si conocía la existencia de los diarios de su marido y, en ese caso, por qué no se los entregó al inspector Ferrándiz que era el responsable de la investigación en el momento del suceso.

Rebeca movió los labios evitando la mirada de Susana. Durante unos segundos pensó lo que iba a decir.

—Quiero que me mire a los ojos, por favor —exigió la inspectora con firmeza. La profesora levantó la vista lentamente cuando comenzó a hablar.

—No escondí los diarios, ni siquiera conocía su existencia, no tendría sentido esconderlos si los conocie-

ra, los hubiera quemado y ya está. Tampoco quería saber lo que pensaba…

—¿De usted? —Interrumpió Susana inclinán- dose hacia ella.

Rebeca dudó.

—De mí…, de todo lo pasado. No quería saber ni remover, ni… no quería.

La mujer miró directamente a los ojos de Susana por primera vez.

—Todo esto, el reabrir el caso a estas alturas es una locura, una barbaridad, es como destruirle a él, hacerle daño de nuevo, volver a matarle.

—¿Volver a matarle?

—Sí. Él decidió poner fin a su vida y nada más, sufrió mucho en su vida, nuestros últimos años de casados no fueron buenos y eso desgasta a cualquiera, pero…

se puede morir de tantas formas…, se puede matar tantas veces sin que la persona muera en el estricto sentido de la palabra… No sé si me entiendes.

Susana se sentía más confusa ahora que antes de empezar a hablar con Rebeca.

¿De qué le estaba ha- blando? Ciertamente, ella aún no había leído todos los cuadernos de Abel Oliver.

Había ido tomando uno a uno por orden cronológico para poder conocer con detalle todos los acontecimientos que habían surgido en su vida y comprender así qué circunstancias rodeaban de forma reciente o de forma indirecta y anterior, la vida y la muerte del profesor Oliver y, aunque pasaba de corrido sobre partes que le parecían menos importantes, o al menos carentes de interés para la investigación, aún no había leído nada que le alertara de que constituía una pieza importante.

Decidió continuar sin dar datos a la viuda de lo que sabía o de lo que aún no había extraído del con- tenido de los cuadernos.

—Sobre eso hablaremos también, por supuesto, pero hay otra cosa que me intriga —hizo unas anotaciones en su libreta y continuó—.

¿En qué momento y por qué razón llegó el inspector Ferrándiz a saber que su marido había estado en tratamiento psicológico por intento de suicidio años atrás?

No era una historia conocida, sin embargo, parece que esa información fue determinante para desviar la investigación a un terreno, al menos, supuestamente, erróneo, ya que no se incluyó en el informe ninguna prueba pericial que asegurara que la nota que presuntamente dejó escrita su marido, confirmara su autoría.

—Él ya lo sabía, yo solamente se lo confirmé.

—¿Cómo que lo sabía? ¿En qué momento lo supo?

—No lo sé, no le pregunté.

Susana arrugó la frente, sorprendida.

—Se lo pudo decir alguno de sus hijos.

—No. —Exclamó tajante Rebeca—. Eso es imposible. Mis hijos no sabían nada del pasado de su padre. Quiero decir, que no sabían nada de esa parte de su pasado. Ni él ni yo consideramos que fuera algo que debieran saber, era absurdo. ¿De qué les serviría saber eso?

—¿Cuándo lo supo usted?

—Al principio de nuestro noviazgo. No queríamos tener secretos el uno con el otro y me lo contó.

Nos casamos muy enamorados, ¿sabes? —Susana asintió—.

Fuimos felices durante muchos años, con algunos altibajos puntuales por lo de siempre: la economía.

Los niños necesitan cuidados, ropa, alimentos…

nuestros sueldos no eran muy altos y nos habíamos metido en una hipoteca que se nos comía la mitad de los ingresos, pero fuimos felices —la mujer se calló durante unos segundos con la mirada perdida en el pasado.

Luego, carraspeó y continuó hablando— Más tarde… el tiempo pasa y todo cambia.

—¿Qué fue lo que cambió? —Quiso saber la inspectora.

—No sé. Todo. El amor fue desapareciendo y dejando en su lugar, primero rutina, luego hastío. Me esforzaba porque sabía que él me seguía queriendo, pero yo ya no sentía lo mismo y luego ocurrió aquello.

—¿Aquello? ¿Qué fue lo que ocurrió?

—Ya lo sabes, Susana, has leído sus diarios. Lo sabes. No intentes atormentarme más —Rebeca rompió a llorar—. Déjalo por hoy, por favor. Déjame descansar, podemos seguir mañana, pasado, cualquier otro día, pero hoy no, por favor.

—No me ha dicho qué pasó entonces ni quién sabía, además de usted el episodio de intento de suicidio durante la adolescencia de Abel. ¿Tal vez Fidel Sanz, el antiguo amigo de adolescencia de Abel? Dígamelo.

—No lo sé, no lo sé.

—Pero, aparte de usted, él era el único que conocía esa parte de su vida ¿O había más gente que estaba al tanto de ello?

—¡Te repito que no lo sé! —gritó alterada—.

No puedo saber si fue Fidel o si el mismo Abel se lo contó a alguien más.

Solo sé que el inspector que habló conmigo ya sabía que mi marido intentó suicidarse años atrás.

Ni siquiera conocía los detalles, solo me preguntó si había notado una nueva recaída en su estado de ánimo en los últimos días.

Le dije que nuestra relación matrimonial no pasaba por su mejor momento, que hacía tiempo que estábamos atravesando horas bajas y que habíamos discutido porque, posiblemente había llegado el momento de

separarnos. Ningún matrimonio puede decir que todo es ideal después de 16 años juntos. No le dije nada más.

—¿Seguro que no le dijo nada más?

—No puedo recordar todo lo que preguntó ni to- do lo que respondí. Eso figurará en los informes, digo yo.

—Claro. Y, dígame una cosa: ¿Cómo llegó Abel al Pont Vell? En ese lugar no estaba su vehículo, o al menos no se hace referencia a él en ningún momento. Debió llegar de alguna manera. En una tarde como esa era una temeridad hacer un camino tan largo a pie.

—Solo teníamos un coche… sí, es verdad —Rebeca tragó saliva—. Él hacía ese recorrido muchas veces, le gustaba pasear por allí.

—Pero esa tarde, con la previsión de lluvia y viento…

—¡No se llevó el coche! —exclamó la viuda contrariada—. ¡Qué quieres que te diga! No se lo llevó, llegó allí caminando, como siempre.

—Lo siento, Rebeca, pero me genera dudas.

Rebeca juntó las manos en actitud de súplica.

—Déjame descansar, por favor. Hoy no puedo seguir. Aquí no.

Susana Rizos sintió una punzada de piedad al mirar los ojos vidriosos de Rebeca. Había sufrimiento en aquella mirada suplicante. Sabía mucho más de lo que le había dicho, de eso estaba segura, pero tenía razón, no era el lugar adecuado para continuar aquella conversación.

—Mañana por la mañana la espero en comisaría. Debo acabar de comprender qué es todo lo que aún no me ha dicho.

—Acabo mi clase a las doce —asintió y habló con la voz cansada, pero con cierto alivio— Estaré allí poco después de las doce y media, te lo juro por mis hijos, que son lo que más quiero. Estaré allí y habla- remos de lo que quieras, pero ahora tengo que irme.

Rebeca abrió la puerta de la sala de juntas y salió deprisa sin mirar atrás. Susana aún se quedó un rato inmóvil, de pie, mirando el espacio que la puerta entrea- bierta dejaba ver del pasillo al otro lado de la estancia, como si esperara verla entrar de nuevo, pero eso no ocurrió.

La inspectora cogió el móvil y marcó.

—¿Carrasco? Hay que revisar de nuevo los informes del inspector Ferrándiz.

Hazme un listado de todas las personas que interrogó en el caso Oliver y la transcripción de las declaraciones —escuchó un momento la voz al otro lado del teléfono y concluyó—: Ya sé que llevará tiempo.

Hacedlo entre los dos. ¿Sabemos algo de los análisis grafológicos?

—escuchó de nuevo la voz de Carrasco—. Vale, en cuanto lleguen, llámame, por favor.

Se colgó el bolso del hombro y recogió el boli- grafo y la libreta que había dejado sobre la mesa. Salió sintiéndose una extraña caminando por los pasillos que tiempo atrás fuera su segunda casa.