Las otras muertes de Abel 9
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De los diarios de Abel Oliver

Los años más felices en la vida de Abel Oliver fueron posiblemente aquellos que pasó como estudiante en Madrid, o al menos eso era lo que reflejaban las páginas de sus diarios, en las que detallaba su vida junto a sus compañeras de piso: Carolina y Rebeca.

De esta última se quedó prendado desde el momento en el que abrió por primera vez la puerta del piso que los tres estudiantes compartieron durante tres cursos.

Al acabar el segundo curso de su convivencia, recién comenzado el verano, Abel invitó a sus amigas a pasar unos días en el pequeño apartamento que sus padres tenían en la playa de El Perelló.

Era un primer piso, en segunda línea de mar, suficiente para ellos.

Sus padres le dieron la llave de buen grado, hacía mucho que deseaban con toda su alma ver a su hijo retomar la sonrisa y las ganas de vivir.

Fue allí cuando Abel decidió declarar su amor a Rebeca, fumando un cigarrillo, apoyados los dos en la barandilla del estrecho balcón del apartamento; adivinan- do el mar tras el bloque de pisos frente a ellos, pero oliéndolo y sintiendo la brisa marina en la cara.

Fue allí donde Rebeca, la joven segoviana ena- morada de un Abel titubeante, tímido y temeroso de recibir un “no” por respuesta, le besó por primera vez sin necesitar más palabras, y decidió que era allí, en esa Valencia con olor a mar y de sol radiante, donde quería pasar el resto de su vida con Abel.

Al acabar ambos sus estudios, decidieron casarse y trasladarse a un pequeño piso bastante destartalado del barrio de El Cabanyal, cerca del mercado, donde siempre había bullicio.

Pero eran jóvenes y eso, lejos de molestarles, les encantaba.

De todas formas, era lo único que podían alquilar con sus modestos ingresos: Abel, de profesor en una academia y Rebeca dando clases de inglés por horas a domicilio.

Así se mantuvieron un tiempo hasta que Rebeca encontró trabajo en un instituto concertado de Torrent y, tras casi un año en él y ya embarazada de su hija Yolanda, vieron la oportunidad de que Abel ocupara una plaza libre como profesor de Filosofía en el mismo centro.

Cuando él firmó el contrato, la pareja creyó que, junto al inminente alumbramiento de su primera hija, su felicidad era completa.

Solo hubo un inconveniente en medio de tanta dicha: cuando el director del centro le presentó al resto de los docentes. No conocía a nadie excepto a uno, y ese uno le trajo amargos recuerdos del pasado.

Fidel Sanz, profesor de Ciencias Sociales, era un viejo examigo, excompañero, exverdugo… Fidel Sanz era aquel adolescente que difundió entre los estudiantes de su instituto, años atrás, el bulo del follavacas y que le destrozó la vida hasta desear huir de ella.

Se miraron y se reconocieron de inmediato.

Ambos habían cambiado un poco durante el tiempo transcurrido, pero no tanto como para no recordarse.

Tras el gesto de sorpresa inicial, Fidel hizo ademán de ofrecer su mano a modo de saludo, pero la fría mirada de Abel le hizo retraerse antes de que el rechazo se hiciera demasiado evidente entre los presentes.

Abel no había perdonado, ni perdonaría jamás a su compañero la traición a su antigua amistad, el terrible daño que le ocasionó a él y, colateralmente, a toda su familia.

Susana hizo un parón en ese punto de la lectura.

El perdón. Recordaba con nitidez la clase en la que debatieron sobre el perdón, el concepto de perdón y lo que significaba para cada uno de ellos.

Abel siempre provocaba ese tipo de debates entre sus alumnos y a ella le parecían apasionantes. El tiempo se les pasaba volando.

«¿Qué es en realidad el acto de perdonar?» Les había preguntado «¿Hay que perdonar a quien no te lo ha pedido?», «¿Es el perdón un acto de generosidad o de soberbia?»

Los chicos y chicas de la clase habían lanzado opiniones para todos los gustos, pero confesaron tener serias contradicciones fuera cual fuera la respuesta que cada uno daba a aquellas tres preguntas.

Después de una acalorada discusión en la que se formaron dos grupos diferenciados, con respecto a la primera pregunta y con algunas disidencias, se llegó a un consenso en el que, mayoritariamente, los alumnos determinaron que el acto de perdonar era un contrato entre dos partes, y en ese acto se determinaba que la relación de ambas partes se retrotraía al momento anterior a la ofensa.

Esas dos partes, individuales o colectivas, tanto el ofensor como el ofendido, estaban de acuerdo en la improcedencia de la ofensa y, por tanto, uno reconocía el error y el otro anulaba con ese reconocimiento cualquier resquemor producido.

Fue divertido. Susana sonrió al recordarlo. Tras el consenso, el portavoz de cada grupo estrechó la mano del otro y todos estallaron en aplausos.

Con aquella conclusión, la respuesta a las otras dos preguntas resultó mucho más fácil: Si el perdón era un contrato entre dos partes, no era posible perdonar a quien no te lo ha pedido y, de hacerlo, resultaba una manifestación de soberbia.

Es como dar una limosna a quien no te ha pedido nada: te sitúas en un estrato superior y ofendes al, supuestamente, destinatario de tu limosna.

Se teatralizó representándose un alumno como ofendido y una alumna como ofensora y el resultado fue casi unánime.

—Me has ofendido, pero yo te perdono —decía el chico , ofreciéndole su mano y provocando la carcajada del resto.

—Pero, ¿tú de qué vas, idiota? —respondía ella fingiendo estupor—. ¿Qué tienes tú que perdonarme a mí? ¿Quién te has creído que eres?

Ahí no solo hubo risas, sino aplausos.

Así eran las clases del profesor Oliver: una lección de vida tras otra —se escuchó decir Susana en voz alta—.

Una forma de hacernos adentrar en nuestros sentimientos y en nuestras contradicciones sin que hubiera en ningún caso reproche alguno.

Nos enseñó a pensar por nosotros mismos. Nos hizo mejores personas.