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Mila siempre le reñía cuando iba a comer a su casa porque nunca se presentaba con las manos vacías.
Total, una botella de vino y unos pastelitos recién comprados en la pastelería de enfrente.
No le costaba nada. Imaginaba la cara de Laurita, su sobrina, al verla llegar con el paquete atado con un cordelito amarillo y la sonrisa se le plasmaba en la cara sin poder evitarlo.
Óscar no era tan goloso, pero siempre picaba un trocito del pastelillo que estuviese comiendo su madre, sobre todo si llevaba chocolate: era lo único que le gustaba.
El coche arrancó a la primera «¡Milagro!
» gritó, y se puso en marcha mientras seguía pensando en el caso de su antiguo profesor.
Había adelantado mucho leyendo los cuadernos de Abel Oliver.
Se podía decir que su vida entera estaba allí, pero hasta la fecha en la que Susana llevaba leído, aún no había pasado nada relevante a excepción de los casi dos años en los que había estado bajo la supervisión y el tratamiento de su terapeuta, Miguel Calleja.
Verdaderamente, había habido una importante evolución, una comprensión mucho más profunda de sí mismo y de su entorno que no solo se reflejaba en sus reflexiones, sino también en su caligrafía. A Susana le pareció interesante ese detalle.
Cuando el joven Abel fue dado de alta por Calleja, sus padres decidieron que continuara sus estudios superiores en Madrid.
Era una forma deliberada de reforzar su curación y su estabilidad psicológica.
El sufrimiento que la familia había padecido tras el intento de suicidio del chico, les había hecho situarle en el centro de su atención.
Sus padres no se perdonaban haber tratado a su hijo como si fuera un pervertido, prestando más oídos a los bulos que circulaban entre chicos, padres y profesores, que a su angustiada versión.
Sacarle de Valencia por unos años y enviarle a estudiar a Madrid, supuso para la familia un esfuerzo económico que les valía la pena padecer si era por la salud del chaval, así que vendieron un pequeño terreno a las afueras de Xátiva, herencia de los abuelos paternos y afrontaron gran parte de los gastos de manutención en la capital, los viajes que hacía a menudo a Valencia y las tasas de la universidad.
En aquellos años, tal vez los más felices de Abel, conoció a Rebeca.
Durante el segundo año de carrera buscó un piso compartido para estudiantes y fue a parar a uno donde convivían dos chicas.
Les sobraba un dormitorio, el más pequeño de los tres que tenía el piso, y les faltaba dinero para pagar el alquiler, así que, allí fue a parar Abel: junto a la mujer que amó hasta el último día de su corta vida.
* * *
Rememorando la lectura de los diarios de Abel Oliver, casi no se había dado cuenta de que estaba llegando cerca de la casa de su hermano Carlos.
Torció el gesto al comprobar que, como de costumbre, no había aparcamiento.
Tuvo que dar varias vueltas antes de encontrarlo y, además, algo alejado de su destino.
Le encantaba abrazar a sus sobrinos; comer con su hermano y con Mila.
Eran toda su familia. Susana hacía tiempo que había asumido que jamás tendría hijos.
Daba igual, los tenía a ellos. Su trabajo le ocupaba demasiado, era la profesión que había elegido y le gustaba, por lo tanto, ser madre había pasado a un segundo plano.
Tenía una vida en la que se sentía plenamente feliz, con sus altibajos, claro, pero se decía a sí misma que no todo el mundo podía decir que vivía de aquello que había elegido conscientemente y no impuesto por las circunstancias o por otras personas.
Se sentía una mujer feliz y eso era todo lo que deseaba.
—¡Oye, Carlos! —le dijo mientras él le servía una copa de vino—. ¿Te acuerdas de mi profesor de filosofía en mi último año de instituto?
Carlos la miró entrecerrando los ojos.
—Ni idea.
—Sí, hombre, el que apareció muerto bajo el puente.
—¡Ahhh, sí! Aquel profesor tuyo. Pero yo no le conocí, creo que no le vi nunca.
—Ya lo sé, te lo pregunto porque, al ser tú ma- yor que yo, seguro que te enterarías de lo que se hablaba por el pueblo sobre aquel caso.
A nosotros no se nos decía nada, se nos ocultaban los detalles por parte de los mayores y he pensado que a lo mejor tú te acuerdas de alguna cosa que pudiera ser relevante.
—Y, ¿A qué viene ahora preguntar por aquello? Hará al menos quince años de eso… o más.
—Óscar estaba a punto de nacer —intervino Mila—, yo sí me acuerdo. Menudo revuelo ¡Pobrecillo! Ocurrieron varias desgracias en la zona en poco tiempo.
—Desgracias hay continuamente, Mila —matizó Carlos.
—Sí, pero fueron muy seguidas y de gente del pueblo.
Ahora mismo no me acuerdo de todo, porque hace mucho tiempo y tampoco conocía yo a tanta gente, pero hablaba con vuestra madre, que ella sí conocía a los vecinos desde hacía años y me contaba.
En fin, que el morbo nos gusta a todos y aquellas cosas corrían de boca en boca.
Susana miraba alternativamente a Mila y a Carlos mientras saboreaba su copa de vino.
—Pero, ¿de qué otras desgracias estáis hablando? —intervino por fin.
Carlos tomó la palabra.
—Pues, nada, un yonqui de la zona que se encontraron en una casa abandonada, la que había cer- ca de la fábrica aquella que también llevaba mucho tiempo deshabitada, era una casa que estaba llena de mierda y de pintadas.
Allí iban muchos como él a ponerse ciegos y a meterse de todo, y ese chico llevaba muchos años enganchado, todo el mundo sabía que, tarde o temprano, iba a acabar con una sobredosis por vena. Y así fue. Se encon-
traron al pobre diablo con la aguja aún enganchada en el brazo.
—Y la otra mujer —aportó Mila—. La señora mayor, aquella que también encontró la hija, muerta en el suelo del salón de su casa con un golpe muy fuerte en la cabeza.
Nunca supieron quién había sido porque no se llevaron nada de la casa, ni el dinero, ni algunas joyas que tenía la mujer en su dormitorio, ni nada.
Y digo yo que con más de ochenta años que tenía la pobre señora, muchos enemigos no tendría.
—A veces la gente da sorpresas —rio Carlos.
—¡Venga, no seas bobo! Algo pasaría que no sabremos nunca. Y ahora, vamos a poner la mesa, que el asado ya está listo.