Las otras muertes de Abel 7
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La puerta del despacho estaba entreabierta cuando llegó por la mañana.

Había cogido el sueño tarde y se había levantado más cansada que de costumbre.

El verano había empezado fuerte y el calor tórrido de la noche no le había ayudado mucho a pesar del ventilador que parecía remover tan solo el aire caliente en torno a ella.

Carrasco y Sánchez la esperaban sentados junto a su mesa, y sobre esta unas carpetas indicaban que los dos subinspectores habían hecho su trabajo.

—Buenos días, chicos. Perdón por el retraso, no he dormido bien —saludó la inspectora.

—¡Buenos días, jefa! —contestaron ellos a la par.

—Veo que me tenéis preparado un regalito esta mañana.

—¡Naturalmente! —se jactó Sánchez—. Y aunque

nosotros ya le hemos echado un vistazo, seis ojos ven más que cuatro.

Susana abrió las carpetas y extendió sobre la mesa la documentación que contenía junto a numerosas fotos del cadáver, de la nota de suicidio hallada en su domicilio, de la zona donde se encontró el cuerpo y de la parte del puente desde donde presuntamente se había lanzado la víctima.

—¡Qué maravilla, chicos! El informe de la autopsia y el informe del inspector Ferrándiz, todo de una vez. Nos urge encontrar cuanto antes un indicio nuevo que acelere el proceso de reapertura del caso —suspiró Susana sin levantar la vista de la hoja de papel que tenía delante.

Los tres se quedaron en silencio durante algunos minutos mientras la inspectora leía los informes.

—¿Cómo es posible? —exclamó de pronto.

Ambos hombres se inclinaron sobre la mesa esperando conocer el motivo de la duda que, repentina- mente, había asaltado a la inspectora.

Les puso delante las fotos del fallecido y leyó una parte del informe forense.

—Aquí dice que las lesiones que presenta son: fractura y hundimiento de la parte derecha del hueso frontal; fuerte golpe, aunque sin fractura del occipital; fractura abierta con astillamiento de tibia y peroné de la pierna izquierda, aplastamiento de varias vértebras, estallido del bazo, etc, etc, etc…

y todo ello acompañado de grandes hematomas que indican que Oliver estaba vivo cuando se precipitó puente abajo.

—Sí, esas lesiones se corresponden con las que muestran las fotos —confirmó Carrasco—. ¿Qué es lo que no te cuadra?

—Que, si se lanzó consciente de cabeza al vacío, primero: ¿por qué no tiene lesiones en las mu- ñecas?

Está claro que el primer y más mortal impacto fue en la cabeza, por tanto, si eso fue así, el suicida debió poner por delante las manos en un acto reflejo que debió fracturarle las muñecas.

Eso sucede en todos los casos. Y, segundo: si el impacto fue en la parte derecha del hueso frontal, un golpe tan violento que le produjo hundimiento en el cráneo, ¿por qué tiene también un fuerte golpe en el occipital?

Si cayó de cara… ¿Cómo se golpeó por detrás?

—Tal vez rebotó y cambió la postura de la cabeza —reflexionó Sánchez.

—Aunque hubiera habido un rebote al caer, no explica las lesiones —insistió Susana—.

Si el primer y más fuerte impacto hubiese sido de espaldas, lo que tendría fracturado sería el occipital; por el contrario, si el primer impacto fue de frente, como indica la autopsia, un supuesto rebote le hubiera colocado boca arriba para explicar el golpe en el occipital, sin embargo, el cadáver estaba boca abajo y no creo que cambiara de postura una vez muerto.

»También me llama la atención la fractura abierta de la pierna izquierda.

Había llovido durante esos días y lo hizo sin parar aquella tarde, de eso me acuerdo muy bien.

En esa parte, el riachuelo no tenía piedras grandes, solo guijarros y piedras de mediano tamaño, nada que explique cómo se fracturó de esa manera la pierna al caer, sobre todo teniendo en cuenta que las piernas cayeron en la parte en la que corría el agua y eso pudo incluso amortiguar su impacto contra el fondo…

No le veo sentido. Una herida de esa catadura tuvo que dejar mucha sangre

en el lugar donde se produjo, y si no fue al caer al cauce del arroyo…

—Entonces tuvo que ser en la zona desde donde cayó —interrumpió Sánchez—, pero también se inspec-

cionaría la parte alta del puente, tenía que haber restos de sangre.

—Esa noche y la tarde anterior llovió torrencialmente —recordó Susana—.

Posiblemente, el agua que corrió durante todas esas horas lavara cualquier resto orgánico que hubiera quedado sobre el asfalto.

Aunque todo esto es una hipótesis, no tenemos real- mente pruebas de nada, solo indicios de lo que pudo suceder.

Carrasco se rascaba la barbilla, pensativo.

La investigación que el inspector Ferrándiz había hecho diecisiete años atrás estaba resultando una auténtica chapuza y ahora estaba convencido de que aún no habían acabado de encontrar agujeros en aquel asunto.

No se explicaba cómo el inspector Ferrándiz había dado carpetazo a un asunto que hacía aguas por todas partes.

—Eso significa que, supuestamente, el golpe en el occipital ya lo había recibido antes de caer al vacío y posiblemente con pérdida de conocimiento.

—razonó el subinspector— Por eso no puso las manos de forma defensiva al caer: estaba vivo, pero inconsciente.

Al menos eso es lo que a todas luces parece.

»Lee el informe de Ferrándiz y échale un vistazo al resto del expediente —le aconsejó a la inspectora—, nosotros también hemos detectado un par de cositas que se pasó por alto.

Tengo la impresión de que tenía mucha prisa por acabar con el asunto.

Estas cosas me ponen de muy mala leche. —Buscó entre las fotografías del fallecido y le puso una delante—.

Observa esta foto, mira la camisa de Oliver. ¿Qué ves aquí?

Rizos cogió la fotografía, tratando de centrarse en la indumentaria mojada y sucia del cadáver y obviando la cara magullada y deformada del profesor.

Llevaba abrochado el segundo botón de la camisa y el resto aparecía abierta, mostrando el pecho desnudo; sobre ella, llevaba una cazadora que parecía de color azul oscuro o tal vez era negra, con cremallera, también completamente abierta.

Sacó del cajón superior de su mesa una lupa del tamaño de su mano y la acercó a la fotografía observando con detenimiento cada detalle.

¿Por qué llevaba la camisa abierta? En el lugar en el que deberían estar los dos siguientes botones, estos habían desaparecido, pero no solo eso, también se mostraban pequeños desgarros; el siguiente botón sí estaba en su lugar, pero ligeramente desplazado por otra rotura de la tela.

Continuó escudriñando la cazadora: no encontró por ninguna parte el tirador de la cremallera. Era posible que, simplemente la llevara rota, no hacía tanto frío como para llevarla cerrada. Era otra posibilidad, pero, ¿los botones? Nunca vio a Abel Oliver desaliña- do, era algo extraño en él.

—Lo has visto, ¿no? —observó Carrasco—. Lee ahora el informe de Ferrándiz.

Susana se apresuró a leer el documento. Al cabo de un momento levantó la cabeza y miró a sus compañeros. Tenía el ceño fruncido y los labios tensos.

—¡No dice ni una palabra de los desperfectos en la ropa del cadáver!

Y esto no se corresponde ni de lejos con una caída al vacío.

Concuerda más con un arrastramiento: o se arrastró él o le arrastraron boca abajo; los botones se fueron enganchando en el asfalto gastado y desgarraron la camisa perdiéndose en el camino.

Los dos hombres movían afirmativamente la cabeza.

—Y vete a buscar ahora los botones —apostilló Sánchez.

Los tres se miraron en silencio durante unos se- gundos.

—La hija de Oliver tenía razón —concluyó la inspectora—.

Abel no se suicidó. Demasiados flecos sueltos.

Necesitaremos un perito grafólogo para que analice la nota de suicidio, nuestra ventaja es que tenemos en nuestro poder los manuscritos originales con su auténtica caligrafía.

Pronto sabremos si esa nota la escribió él u otra persona.

Tenemos trabajo, chicos, comencemos por informar al comisario, hay que empezar los papeleos.

—Entonces está claro que tenemos caso. ¿Quieres que llame yo a la familia o prefieres hacerlo tú? —preguntó Carrasco dirigiéndose a Susana.

—Yo lo haré. Además, quiero concertar una entrevista con la viuda, tengo algunas preguntas importantes que hacerle. No me convencen las explicaciones que dio a sus hijos sobre todo este asunto, creo que no lo ha contado todo.

—¿Sospechas que tuvo algo que ver con su asesinato?

—No lo sé, Carrasco, no lo sé, pero hay algo que no encaja, esa nota de suicidio encontrada en su casa, por ejemplo. Si resulta no estar escrita por él, no se me ocurre otra persona que la hubiera podido poner allí más que su esposa. No sé, quiero que me lo explique ella cara a cara.

El teléfono de Rizos que descansaba sobre una esquina de la mesa, sonó sin que ella le hiciera ningún caso, no quería en aquel momento interrumpir la con- versación con los hombres de su equipo, pero su desdén hacia el aparato no hizo que dejara de sonar.

—¡Jefa, el telé…! —Le indicó Sánchez señalando el móvil que seguía vibrando.

—¡Sí, sí… ya lo cojo!

En ese momento dejó de sonar, propiciando un gesto de alivio en la cara de la inspectora, pero unos segundos después escuchó la campanita de entrada de mensajes. Suspiró y alargó la mano para comprobar su contenido.

—¡Vaya! Es mi cuñada Mila recordándome que el sábado tenemos comida familiar. Se me había olvidado. ¡Joder, cómo me conoce!