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El propio Miguel Calleja abrió la puerta cuando la inspectora Rizos llamó al timbre. Era un hombre corpulento, canoso y de amplias entradas; llevaba unas gafas de cristales gruesos que le empequeñecían los ojos, dándole un aspecto de desproporción en el conjunto voluminoso de su cuerpo.
La cita estaba concertada, así que la recibió con un cordial «¡Adelante!» mientras se apartaba despejando el espacio a Susana.
La acompañó precediéndola hasta una salita que hacía las veces de despacho.
De las paredes colgaban varios cuadros enmarcando diversos títulos, másteres y certificados, quedaban fe de la constante formación y cualificación que avalaban los años de profesión de aquel hombre.
Él le señaló una de las sillas y se sentó en otra frente a ella.
—Muy bien, inspectora…
—Rizos —completó Susana.
—Inspectora Rizos —repitió el hombre—. ¿En qué la puedo ayudar?
—Como ya le adelanté por teléfono, estamos investigando de nuevo el fallecimiento de uno de sus pacientes.
Ya sé que está usted jubilado, pero confío en que recuerde a este paciente o conserve su expediente para que me ayude a perfilar algunos aspectos de su personalidad que descarten o confirmen su posible suicidio… o no.
—Pero… —Calleja dudó un momento—. Usted sabe que, aunque me haya jubilado, los datos de mis pacientes siguen siendo confidenciales.
—Naturalmente. Yo no voy a pedirte datos de él, solo una valoración como profesional, para determinar si, a pesar de los años transcurridos desde que usted le trató, considera que es posible que, por su perfil, del cual es usted tal vez el mayor conocedor, pudiera poseer una personalidad tendente al suicidio o si, por el contrario, no era ese tipo de individuo, es decir, que su tratamiento fue debido a una cuestión muy puntual en su historia que no le dejara, por llamarle de alguna manera, una huella tan profunda en su psique como para hacerle recaer de nuevo años después.
O tal vez todo lo contrario, quiero decir que, a lo mejor, usted no descartaría una recaída posterior.
Lo que vengo a buscar —concluyó— es su opinión como profesional y como conocedor en profundidad del perfil psicológico del fallecido.
—A ver —preguntó el psicólogo entornando los ojos—. Me dijo usted que investigaba el caso de Abel Oliver ¿verdad?
—En efecto —respondió la inspectora.
—¿Y dice que se ha suicidado?
—No estamos seguros, por eso queremos reabrir el caso. Ocurrió hace diecisiete años.
Calleja abrió desmesuradamente los ojos. Su asom- bro inicial se convirtió enseguida en un gesto de tristeza que no trató de disimular.
—¡Dios mío! ¿Ese muchacho lleva diecisiete años muerto? Era muy joven entonces cuando ocurrió. Pensaba que era un suceso reciente.
—Tenía 41 años —confirmó Susana—. Conocemos las razones que le llevaron a su consulta cuando solo era un adolescente de 16 años: un caso de bullying escolar que acabó en intento de suicidio.
Pero, como le dije antes, lo que quiero es que me diga si en realidad era un hombre tendente a ello o me puede aportar más datos que desmientan esa teoría.
—¡No tenía ni idea! Me apena esta noticia, de verdad. Al parecer tiene usted más datos que yo de él.
—Tengo muchos datos, se lo aseguro, pero ne- cesito entre otras cosas, su valoración profesional. Me resulta imprescindible conocerla.
Calleja se removió pesadamente en la silla bus- cando una posición más cómoda. Se frotó la barbilla, pensativo, mirando fijamente a la inspectora.
—Lo que me está pidiendo es difícil de determinar —dijo al fin—, puesto que desconozco los aspectos de su vida posterior a aquellos años en los que yo fui su terapeuta.
No sé si, transcurrido el tiempo, pudo tener vivencias que deterioraran hasta ese punto su autoestima o su visión del mundo.
Yo solo puedo hablarle del Abel que conocí, el que llegó destruido a mi consulta y el que, dos años después, se marchó, creo yo que, renovado y con el alta médica.
Pero si hubo transformaciones posteriores, sin conocer sus causas tampoco podría determinar con exactitud si pudo haber llegado a decidir poner fin a su vida.
»Abel fue uno de mis primeros pacientes y me acuerdo perfectamente de él.
Yo era entonces un joven psicólogo que aún no había aprendido totalmente una regla de oro: que hay que poner distancia entre el paciente y tú.
Y le aseguro que yo lo intentaba con cierto éxito, pero con Abel no pude evitar empatizar especialmente.
»Era un muchacho delgado y larguirucho que parecía que se iba a romper en cualquier momento; de hecho, vino ya con el alma rota.
Se sentía solo y abandonado por el mundo, sin expectativas…
a esa edad necesitamos el apoyo y la complicidad de nuestros iguales, pero Abel no sentía tener nada de eso.
Sin embargo, conforme fuimos avanzando en nuestras conversaciones me di cuenta de que tenía dentro una fuerza que él mismo no había descubierto aún.
Lo fue descubriendo poco a poco, o eso es, al menos, lo que fue demostrando y lo que determinó que le diera el alta final.
Creo que en esos dos años en los que me visitaba semanalmente, creció bastante, y eso me congratula, porque pienso, y, disculpe mi orgullo, que algo debí hacer bien con él.
También es cierto que en ese tiempo dio un salto de gigante, de niño a hombre, a pesar de lo joven que era.
»Usted me pregunta si Abel tenía una personalidad tendente a la autodestrucción y, al menos, el Abel que yo conocí, era todo lo contrario.
Pero lo que le ocurrió a Abel en esa etapa tan crucial de la vida que es la adolescencia, fue algo demoledor para él, aunque eso no determina que el individuo tenga que poseer, necesariamente, una personalidad autodestructiva o depresiva per sé.
Una vez superada la primera etapa, a Abel le salió a flote su auténtico yo, optimista, reflexivo...
resiliente. No creo que ese tipo de individuo, al menos por lo que yo recuerdo de él, optara por no enfrentarse a las dificultades y se lanzara a la solución más dolorosa: quitarse la vida.
Aunque nunca se puede decir al cien por cien.
Susana reconocía en la descripción que Calleja le mostraba al profesor Oliver, y no pudo evitar una sonrisa al recordarle.
—Le ayudó mucho por lo que estoy viendo —reflexionó la inspectora.
—No. Todo lo que él sacó de sí mismo, ya estaba ahí dentro antes de llegar a mí.
Yo solo le ayudé a sacarlo, ese es mi trabajo.
Por eso le tenía un aprecio especial, porque en esta consulta, mi querida señorita, he tenido que ver salir mucha mierda, y perdone la vulgaridad de mi expresión.
Abel era una de esas personas que te hacen tener fe en la humanidad a pesar de conocerla, tenía un buen fondo.
—Entonces —insistió Susana—, ¿cree, como profesional que conoció de cerca a Abel Oliver, que no tenía una personalidad depresiva o tendente al suicidio?
—Por lo que yo conocí de él, no, rotundamente.
Lo que creo es que, si tomó realmente esa decisión, no fue una recaída como consecuencia de un episodio que tuvo lugar veinticinco años atrás, máxime cuando ese episodio estuvo motivado por unos hechos muy duros en una edad sensible.
Quiero decir que, en el hipotético caso de que decidiera quitarse la vida, tuvo que haber una motivación muy, muy fuerte porque, por lo que yo recuerdo de aquel muchacho, era más luchador de lo que en principio pudiera parecer; era un resiliente, como le he dicho.
He tratado muchos casos de pacientes con trastorno depresivo y no lo encuadraría en ese grupo de riesgo, aunque —puso la mano sobre la mesa a su izquierda—, toco madera, como se suele decir —rio—.
Aunque, como ya le he dicho, nunca puede estar uno seguro al cien por cien, los seres humanos podemos dar un giro cuando me- nos se espera, dependerá de las circunstancias.
»Pero, le digo más: de haber entrado de nuevo en fase depresiva, tuvo que notarlo la familia o las personas de su entorno.
Eso no aparece de la noche a la mañana, ni esa terrible decisión se toma de repente.
El enfermo la madura y la va interiorizando hasta que está convencido de que es la única salida.
Alguien debió dar la voz de alarma de ser así.
La persona que lo padece siempre lo manifiesta, muestra sus señales, pide socorro de alguna manera.
—¿A pesar de tener tres hijos a su cargo? —atestiguó Susana.
Calleja tomó aire y volvió a frotarse la barbilla.
—A veces ocurre, no crea, con más frecuencia de lo que quisiéramos.
En este caso… no sé, lo veo improbable, era bastante responsable y tres hijos son algo que te ata a la vida…
o uno solo, da igual. Pero… no sé, en su caso no lo creo, aunque lo digo con prudencia.
Desconozco cuáles eran sus circunstancias tantos años después de haberle conocido.
* * *
Susana Rizos caminó hacia el aparcamiento donde se encontraba su vehículo.
Realmente aquello no le encajaba. Miguel Calleja le había confirmado lo que ella ya sabía, o al menos, lo que ella recordaba del profesor Oliver.
Nunca le vio decaído o ausente, sino atento y solícito con sus alumnos; no es que creyera que no tenía sus propios problemas, sino que no se los llevaba a clase en la mochila como la mayoría de la gente.
Como le había explicado el psicólogo, una persona en fase depresiva lo manifiesta, muestra sus señales, y Abel Oliver no mostró ninguna señal de querer huir de la vida, al contrario: planificó con ellos aquel viaje de fin de curso que no pudo realizar.
Y en caso de que Abel no se hubiera suicidado, como rezaba el informe que concluyó el inspector Ferrándiz diecisiete años atrás, entonces es que había un asesino libre que podría escapar de la justicia como ya lo había hecho durante todo ese tiempo; si la investigación fue tan desastrosa como sospechaba para haber llegado a una conclusión tan errónea, iba a ser difícil probar que la persona responsable de aquel crimen existía y, sobre todo, dar con ella.
Ni siquiera tenía nada, tan solo indicios y esa convicción en el fondo de su corazón, para poder convencer al comisario Riquelme de que tramitara la reapertura del caso.
Tal vez podría hallar algunas claves en el informe forense, o en las pruebas periciales a las que aún no había tenido acceso; tal vez Rebeca Martínez, la viuda de Abel, podría explicarle el por qué estuvo tan convencida de que su marido sí optó por el suicidio, algo que sus hijos, como sus alumnos, nunca creyeron; o tal vez tampoco había un asesino, ni un suicidio, tal vez escribió esa nota y se arrepintió, pero fue víctima de un desgraciado accidente…
Las dudas se agolpaban en su cabeza y necesitaba despejarlas, se conocía a sí misma, sabía que no iba a dormir hasta tener algo claro.