Las otras muertes de Abel 5
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Por la mañana, la inspectora Rizos entró directamente al bar de Mauro.

No podía comenzar el día sin un café bien fuerte.

Aquella noche había dormido muy pocas horas porque se había empeñado en acabar de leer, al menos, uno más de los cuadernos de Abel Oliver.

Le habían absorbido los íntimos recuerdos de su antiguo profesor, sus pensamientos, sus percepciones.

Leyendo aquellas páginas, se había identificado con él muchas veces y creía ir conociendo cada vez mejor la personalidad de aquel hom- bre.

Conforme Susana se adentraba en las páginas, se daba cuenta de que, en efecto, Abel había superado con creces la etapa de niño que le hizo tan vulnerable. Con cada cuaderno que acababa, iba apareciendo el hombre sereno, reflexivo y valiente que conoció años atrás.

Carrasco ya estaba allí, haciéndole un hueco en la barra. A aquella hora, poco antes de empezar la jornada, el bar se llenaba de policías de paisano y de uniforme para desayunar antes de comenzar su trabajo.

—Te he visto venir frotándote las manos y le he pedido a Mauro que te vaya preparando el café. —Le anunció el subinspector antes de que ella llegara siquiera a su lado.

Susana esbozó una amplia sonrisa que no ocultaba

el cansancio que arrastraba por su falta de horas de sueño.

—Eres el mejor, Carrasco. ¡Qué bien me cuidas! No me caso contigo porque ya estás casado.

El subinspector rio la ocurrencia de su jefa, pero

apartó la mirada de los ojos de ella y no pudo evitar un leve sonrojo.

—¡Vaya ojeras! —observó Carrasco mientras le acercaba una banqueta junto a él—. No has pegado ojo esta noche ¿verdad? Seguro que te la has pasado leyendo los diarios de tu profesor.

—¡Ya lo creo! Pero, ¿qué otro remedio me queda? El comisario no tramitará la petición de reapertura del caso si no encuentro alguna prueba, o algún indicio que lo justifique.

—Pero tendrás que decirle en qué andas trabajan- do ahora o nos va a endosar cualquier otro caso que surja. En estos momentos no andamos bien de personal.

—Sí, lo sé. Voy a hablar con él esta misma ma- ñana, necesitamos que nos autorice algo de tiempo para investigar previamente y darle una justificación fiable. Esta misma mañana lo hago. —Insistió.

—¡Por cierto, Carrasco! —exclamó de pronto—. Me ha parecido ver el coche de Sánchez. Andaba de médicos, ¿no?

—Bueno —comenzó Carrasco bajando un poco la voz—.

En realidad, no es nada importante: el viernes se sometió a una pequeña intervención —carraspeó— a una…

vasectomía. Ya sabes, es algo molesto, pero nada que no se le haya podido pasar durante el fin de semana, aunque ya le conocemos: un poquito quejica sí que es.

Estaba un poco acojonado, pero su mujer, al parecer, se

le plantó hace ya varias semanas. En fin, qué te voy a contar que no puedas imaginarte tú.

—¡Ah! Pues me parece muy bien. Creo que con cuatro hijos va sobradamente apañado.

Ha sido una buena decisión por su parte —afirmó Susana sin inmutarse—, y nuestros sueldos no son como para tirar cohetes, así que, entiendo que la pobre mujer le pusiera en su sitio.

Es que parece que todo es para nosotras, ¿sabes?

Los anticonceptivos a lo largo no son buenos para la salud de las mujeres.

Me parece perfecto que se haya sometido a esa operación que, al fin y al cabo, tampoco es para tanto.

—Hablando del rey de Roma —anunció el sub- inspector señalando la entrada del establecimiento.

El subinspector Sánchez empujó la puerta de cristal y entró en el bar caminando de forma extraña.

Alrededor, antes de llegar a la barra en donde se encontraban sus compañeros de equipo, había varias mesas ocupadas.

Uno de los agentes sentado en una de aquellas mesas junto a otros tres compañeros, se giró al verle entrar y, con un tono lo suficientemente alto como para que todo el bar lo escuchara, le espetó:

—¡Sánchez! ¿Dónde te has dejado el caballo?

Muchos de los presentes no entendieron la broma, pero algunos otros conocían el motivo de aquella forma de andar tan poco natural con la que el subinspector Sánchez hizo su entrada en el bar de Mauro, así que la carcajada casi general resonó fuerte en la estancia, aunque aún resonó más fuerte en los oídos del recién llegado, que se volvió hacia el chistoso compañero, crispado y furioso.

—¡Vete un poquito a la mierda, Luciano, que me tienes hasta las pelotas!

La carcajada se repitió, esta vez con mucha más fuerza.

El subinspector Sánchez se acercó a la barra, junto a Susana y a Carrasco, con el gesto torcido.

No le había hecho ninguna gracia la broma de Luciano, se sintió ridículo ante todos los demás y no entendía cómo se había enterado media plantilla de que se había sometido a esa intervención.

Sabía que no era el único y que aquello no tenía tanta importancia, pero en su fuero interno aún no había logrado quitarse de encima el prejuicio.

Lo que en realidad detestaba era que se hubiera corrido la voz sobre una cosa que no le importaba a nadie.

—Resopló enfadado—. Solo sentía una ligera molestia por los puntos, pero, pensar que le habían estado hurgando en ese sitio…

rogaba a los cielos que no se les hubiera ido la mano cortando.

Se unió a sus compañeros, que le esperaban tratando de disimular la hilaridad que había despertado en ellos la escena.

—¡Ni se os ocurra decir nada, por favor! —exclamó sin ni siquiera mirarlos.

—Ok. —Respondió Carrasco apartándose para hacerle hueco junto a ellos—. Tómate el café rápido que tenemos trabajo.

—¿Se lo cuentas tú mientras hablo con el comisario? —intervino la inspectora dirigiéndose a su compañero.

Sánchez miró a ambos alternativamente.

—¿Tenemos caso nuevo?

—Sí. —Informó Susana—. Yo me voy ya. Id vosotros hablando y nos vemos en un rato en mi des- pacho.

* * *

Cuando la inspectora Rizos abrió la puerta casi una hora más tarde, ninguno de sus compañeros mostró expectación en sus rostros: sabían de antemano cuál iba a ser la respuesta que el comisario Riquelme habría comunicado a su jefa de equipo. No se equivocaban.

—Unos días, como mucho, para llevarle infor- mación relevante y novedosa sobre el caso o no se mo- lesta ni en descolgar el teléfono para llamar al juzgado. —Soltó de corrido mientras se dirigía a su silla y se sentaba de golpe—. Vamos, lo que ya sabíamos.

—Muy bien, jefa ¿por dónde empezamos? —Intervino Sánchez frotándose las manos.

—Vosotros localizad los informes del caso, Dolores os ayudará con eso.

Habrá que pedir los permisos para acceder a las pruebas forenses que estarán almacenadas.

Yo localizaré al psicólogo que trató a Oliver en aquel episodio de su adolescencia, seguro que tiene datos importantes sobre sus rasgos de personalidad que nos podrían servir, ya que basaron la teoría del suicidio en sus antecedentes a falta de pruebas concluyentes.

Y después hablaré con su esposa: tengo dudas sobre algunos aspectos y quiero que me las despeje.