Las otras muertes de Abel 4
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ído.

De los diarios de Abel Oliver

En la tarde de aquel sábado, Abel se separó de sus amigos para curiosear por las instalaciones de la granja y entró en el establo donde pastaban cinco vacas.

En aquel momento no había nadie más que él allí.

Había excrementos y orines que los animales soltaban con la más absoluta naturalidad; Abel sintió ganas de orinar y el servicio se encontraba al otro lado de la finca, dentro de la casa.

Pensó que no había nada de malo en hacerlo allí mismo, al fin y al cabo, todo estaba lleno de porquería, no se iba a notar su pis entre tanta meada de vaca.

Tal como lo pensó lo hizo: de espaldas a la puerta de entrada del establo, el chico desahogó su vejiga sobre un montón de estiércol junto a uno de los animales.

No había terminado aún, cuando escuchó a su espalda una fuerte risotada: otro de los chicos, Fidel Sanz, había entrado encontrándole en plena meada.

La situación era evidente, no había ninguna maldad en aquello, pero aquel muchacho tenía ganas de reírse a costa de su compañero y comenzó a gritar: «¡Eh, chicos!

¡Venid, venid! ¡Abel se está follando a una vaca! »

Los intentos de Abel por justificar su inocente acción no sirvieron de nada; la algarabía que se formó en torno a él fue creciendo entre risas y felicitaciones.

Daba igual lo que dijera, daban igual sus razonamientos, sus negaciones…

todo daba igual. Sus amigos habían decidido que aquella era una historia graciosa que había que compartir con el resto de los amigos, y estos con el resto de los amigos de los amigos y al final, con todo el mundo.

Una semana después, todo el instituto llamaba a Abel el “follavacas”.

Nadie había estado presente en el supuesto acto sexual del chico con el animal, pero todos aseguraban que era cierto y la historia cobró vehemencia entre quienes la contaban, traspasando los muros del centro escolar y extendiéndose como el aceite hasta los profesores y los padres de los alumnos.

Algo que todos comentaban debía ser cierto.

Así ha funcionado el mundo desde sus comienzos.

La verdad o el bulo, creíble o no, es, al fin y al cabo, una especie de versión, condicionada proporcionalmente al grado de satisfacción que ofrezca la historia a quien la oye.

Y si quien la oye experimenta mayor satisfacción al escuchar el bulo, se queda con eso.

A esa edad, 16 años, las hormonas hierven y la necesidad de relacionarse con otras personas de su edad es inevitable.

Con aquella historia negra sobre su cabeza, Abel no conseguía ni acercarse a las chicas de su clase.

Había una que le atraía especialmente: María.

Intentó hablar con ella uno de aquellos aciagos días, mientras tomaban el bocadillo en el comedor; María se apartó de él con gesto de asco y le afeó que metiera su polla en el apestoso culo de una vaca.

Aquello fue demoledor para Abel: seguía escuchando las carca- jadas de sus compañeros incluso en sueños.

Pero en casa no era mejor. Tampoco encontró comprensión entre su familia, que dudaba de si aquella historia que corría alrededor de su hijo era cierta o no.

Su padre empezó a hablarle con malos modos, hiciera lo que hiciera; su madre bajaba los ojos y no le miraba de frente, incluso su hermano llegó a preguntarle directamente si aquello que se rumoreaba era verdad, porque, cuando el río suena…

Abel colapsó. Después de tres meses aguantando el infierno mismo, pensó que nada tenía sentido y que, no solo la verdad no le importaba a nadie, sino que él mismo no importaba.

No pudo con aquella humillación injustificada, con aquella duda constante sobre él.

Nadie le quería, su palabra no tenía valor, todo el mundo le juzgaba y, además, le juzgaba sobre un rumor, algo que sus compañeros sabían que no era verdad, una broma de mal gusto que se les fue de las manos, pero que, una vez que la injuria hubo alcanzado aquel inmenso volumen, habían elegido mantenerla y no desdecirse.

Abel entró una mañana en el baño, abrió el grifo de la bañera y dejó que el agua caliente la fuera llenando; cerró la puerta por dentro; buscó una de las cuchillas que su padre utilizaba para el afeitado; se desnudó y se metió en la bañera; esperó un poco mientras el agua subía y le cubría poco a poco el cuerpo y, mientras tanto, Abel lloraba despidiéndose de todos sin despegar los labios.

Había pensado en dejarles una carta de despedida jurando que todo lo que se rumoreaba sobre él era mentira, pero luego volvió a pensarlo.

Había dejado de nuevo sobre su escritorio el bolígrafo y el papel, que quedó en blanco.

¿Qué importaba lo que dijera si ya habían decidido su cul- pabilidad?

Pensó que no tenía por qué volver a justificar su inocencia, por eso no puso ni una palabra sobre el papel.

También él había decidido que no quería seguir viviendo entre ellos y cuando lo pensaba, un escozor caliente le subía hacia los ojos y las lágrimas se vertían rodando mejillas abajo sin que pudiera contenerlas.

No había voluntad tan fuerte como para cortar aquel río permanente de lágrimas.

Por eso se levantó temprano, cuando aún había silencio en la casa, entró en el baño, se miró al espejo y se dijo a sí mismo que ese era el día en el que dejaría de sufrir para siempre y ya no importaría el desdén, las caras de asco, la pregunta que todo el mundo le hacía con la mirada pero que no se atrevía a hacerle de viva voz, seguramente porque tendrían que poner cara de póker al escuchar una respuesta que no creerían, porque no les producía la satisfacción que experimentaban con el morbo que sí les ofrecía el bulo.

Y allí estaba, frente al espejo, desnudándose y colocando cuidadosamente doblado el pijama que había utilizado durante la noche anterior.

Lentamente. Cuando introdujo su cuerpo en el agua caliente se sintió bien, pero no podía evitar que, de nuevo, aquel río de lágrimas brotara al despedirse mentalmente de la vida.

Dudó, se animó a hacerlo y volvió a dudar.

Reconocía que tenía miedo, mucho miedo, pero no le quedaba otra forma de dejar de sufrir.

Aguantó la respiración, cerró los ojos, introdujo su brazo izquierdo bajo el agua caliente, y con su mano derecha cortó las venas con un fuerte movimiento.

No recordaba sentir dolor, tal vez lo hubo, pero no lo recordaba.

Temblando, pasó la cuchilla a su mano izquierda y trató de hacer lo mismo en la muñeca contraria.

Nunca fue bueno con esa mano, él era diestro.

El corte fue menos profundo. Dejó caer la cuchilla al fondo de la bañera y dejó que la muerte acudiera en su auxilio, acunándole en paz mientras la sangre teñía de rojo el agua que comenzaba a desbordarse.

No recordaba nada más hasta que abrió los ojos de nuevo.

El lugar no le resultaba familiar. Pensó en un primer momento que tal vez había logrado su objetivo y que estaría muerto, pero enseguida comprendió que no era así: una enfermera entró en la habitación, puso un gotero lleno de un líquido transparente enganchado a su brazo y retiró otro vacío; le sonrió, preguntó cómo se encontraba, pero Abel no tenía ganas de hablar con nadie, volvió la cabeza al otro lado decepcionado.

¿Qué había pasado? ¿Por qué no había podido librarse de una vida que detestaba, que solo le hacía daño?

Seguramente aquella enfermera había comentado con las demás, entre risas «Ya se ha despertado el follavacas».

Comenzó de nuevo a llorar con desesperación.

El agua de la bañera se había desbordado.

Abel quedó inconsciente mientras la vida se le escapaba por las venas abiertas de sus muñecas.

El agua teñida con su sangre comenzó a filtrarse bajo la puerta del baño, inundando el pasillo.

Las losetas del suelo eran de color claro, no podía pasar desapercibido lo que estaba ocurriendo al otro lado de la puerta.

La madre ya se había levantado y, allí, mirando el agua roja que avanzaba hacia ella, gritó con fuerza.

Gritó sabiendo, más que intuyendo, lo que iban a encontrar; golpeó la madera, trató de abrirla, pero sus intentos desesperados no conseguían su propósito.

El hermano mayor de Abel acudió a los gritos de su madre, que llamaba a su hijo desgarrándose la garganta; el chico pateó con fuerza la puerta a la altura del pestillo cerrado; la madera se astilló y la puerta cedió.

Mientras una ambulancia acudía a toda prisa, ataron fuertemente con toallas las muñecas heridas del joven. Luego vino todo lo demás.