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Diecisiete años antes
Había llovido durante varios días sin parar, sin embargo, aquella mañana de sábado había amanecido con un sol espléndido. Susana entreabrió los ojos y comprobó con una sonrisa que el cielo se mostraba azul a través del cristal de su ventana y la luz radiante atravesaba su cuarto.
Se desperezó pensando en el gran día que le esperaba.
Debía de ser temprano, porque su madre aún no había empezado a golpetear la puerta con su cantinela mañanera: «Susi, a desayunar».
Pero era sábado y hacía sol; había dormido como un tronco y se encontraba descansada y lista para cualquier cosa ese día.
Duró poco. El sonido del teléfono, que timbraba sin parar desde el salón, la sacó de sus pensamientos y creyó que era el momento de salir de un salto de la cama y empezar a prepararse para un estupendo fin de semana.
Su madre apareció en la puerta de la habitación.
—Es tu amiga Begoña —dijo, y desapareció de nuevo para continuar con sus tareas.
Salió descalza a paso ligero por el pasillo para responder a la llamada de su amiga.
—¿Qué pasa, Bego? ¿Te has caído de la cama? —saludó con sorna.
—¡Tía, no te has enterado todavía!
—¿De qué? ¿Qué hora es?
—Son casi las nueve. ¡Levántate! Pon la tele ¡Se está comentando por todo el pueblo!
Su voz no solo le transmitía urgencia, también notaba angustia, algo que rara vez recordaba haber visto en ella.
Begoña estaba a punto de llorar y eso le alarmó más todavía.
Debía de ser algo muy gordo, tal vez alguna desgracia cercana a su familia.
No se le ocurría que pudiera ser otra cosa.
Interrumpió la conversación, se sentó en la silla más cercana a su posición y encendió la televisión frente a ella.
En ese momento mostraban algunas imágenes.
Era una fotografía tomada en altura desde la distancia, posiblemente de manera furtiva; dos policías de uniforme cubrían lo que parecía el cuerpo de un hombre junto a un arroyo.
Solo se le veían las piernas aún dentro del agua; el resto del cuerpo lo tapaba la espalda de uno de los uniformados y parecía que estaba sobre las piedras de la orilla.
Le pareció reconocer el Pont Vell, pero no estaba segura.
Fue solo un momento, porque el in- formativo pasó a otra noticia que no tenía que ver con el suceso del que hablaba Bego, ni con la imagen que, fugazmente, acababa de ver ella en la pantalla.
La imagen le había sorprendido, pero seguía sin entender qué había pasado ni a quién pertenecía el cuerpo estrellado bajo el puente. Volvió a coger el teléfono que descansaba sobre la mesita auxiliar. Bego esperaba al otro lado la confirmación de que Susana había visto las imágenes.
—Dicen que es el cuerpo de Abel Oliver.
El teléfono resbaló de sus manos y cayó al suelo con un ruido que en sus oídos sonó amortiguado, pero que hizo salir de la cocina a su madre alertada por el golpe.
Si era una broma de Bego, esta vez se había pasado.
No se bromea con esas cosas, pero su amiga le aseguró entre pucheros que era tan cierto como que estaba allí mismo hablando con ella.
Susana se vistió a toda prisa y, sin hacer caso a las protestas de su madre por no tomarse el desayuno que acababa de ponerle sobre la mesa de la cocina, corrió hacia el instituto.
Solo le separaban de él unas cuantas calles, llegaría en tres minutos.
Intuía que todos sus compañeros y compañeras estarían allí concentrados y esperando más noticias.
Mientras corría, se repetía a sí misma que ojalá todo fuera un malentendido, un error, un bulo sin base y que Abel, el profesor de Filosofía, el más querido de todos los docentes del instituto, llegaría también con cara de asombro y preguntaría que a qué venía tanto alboroto.
Tal vez solo era un cadáver que, con el golpe, que debió ser bastante fuerte desde esa altura, estaría desfigurado y, tal vez, alguien quiso ver en los inciertos rasgos de aquel pobre hombre, algo que le recordaba a los de Abel Oliver.
Eso deseaba ella, pero no fue así. Otros alumnos comenzaban a llegar tan incrédulos como la joven Susana.
Algunos profesores también se sumaron al grupo tratando de poner orden y acallar los gritos y los llantos que iban surgiendo conforme se confirmaba que, en efecto, el cadáver encontrado bajo el puente pertenecía a Abel Oliver.
Su esposa, Rebeca, la profesora de inglés, no apareció y eso daba más fuerza a los rumores que aseveraban que la identidad del fallecido no era otra que la de Abel.
Para Susana Rizos, era su último año de instituto y nunca pudo sospechar que ese curso pudiera tener una despedida más triste.
Poco después llegaron los investigadores de la policía y los alumnos fueron pasando por el despacho del director, en el que, en su presencia, les iban preguntando por Abel, fundamentalmente por su estado de ánimo de las últimas semanas, preguntas un tanto ab- surdas, algo que los jóvenes no alcanzaban a entender.
Abel nunca se comportó de forma diferente con ellos; nunca vieron rasgos extraños en su forma de hablarles o de explicar los temas.
Se rumoreó que había habido en su pasado un intento de suicidio que, por suerte, pudieron coger a tiempo.
Ninguno de los alumnos sabía nada de eso.
Empezaron a correr las habladurías sobre aquel hecho que, a todas luces, debió ocurrir muchos años atrás, en su juventud, aunque Oliver era un hombre aún joven; tal vez al comienzo de su adolescencia, mucho antes de licenciarse en la universidad y entrar en el instituto como profesor de filosofía.
¿Qué importaban los problemas que Abel hubiera tenido décadas atrás?
Sin embargo, ese detalle, esa historia desconocida para casi todo el mundo, junto a la nota de suicidio que fue encontrada en su casa, fue considerada como un dato fundamental en la línea de investigación y tuvo un peso específico para cerrar el caso como «suicidio», algo que ni sus alumnos ni su familia aceptaron.
Abel era un profesor ejemplar. Es cierto que siempre se advertía en el fondo de su mirada un punto de tristeza difícil de explicar en el conjunto de sus conversaciones con su alumnado.
Les animaba al debate, fuera cual fuera el tema que estuvieran estudiando.
Podían expresar sus ideas sobre cualquier cosa: la vida, la muerte, lo humano, lo divino, la esencia, la existencia…
argumentaban y contraargumentaban sobre todo aquello que les parecía interesante: sus creencias o no creencias, sus anhelos, sus contradicciones…
y todo era válido para Abel, no había nada prohibido.
Susana recordaba de él la forma en que les hacía sentirse, y la palabra era “libres”.
Libres en sus clases, libres en sus conversaciones, libres al preguntar, al comprender…
por eso no les encajaba la teoría del suicidio.
¿Cómo podían decir semejante barbaridad?
Ellos no le conocían como sus alumnos. Abel amaba la vida, por muchos palos que esta le hubiera dado, ellos sabían con certeza que amaba la vida.
* * *
El subinspector Carrasco leía al azar las páginas de algunos de aquellos cuadernos que Rizos le mostraba.
Mientras saboreaba el café que su compañero le había ofrecido en un vaso de cartón encerado, Rizos le había ido relatando la conversación mantenida a primera hora de aquella mañana con la joven Yolanda Oliver y los recuerdos que conservaba de aquellos días amargos de su adolescencia en los que se truncó la vida de un profesor tan querido.
—¿Qué impresión te ha dado la chica? —preguntó Carrasco—. Sabes que me fío de tu intuíción.
Susana esbozó una sonrisa.
—A priori no tengo una respuesta para eso. En este trabajo, sabes que las cosas no siempre son lo que parecen. En realidad, me han quedado muchas dudas acerca del extraño proceder de la esposa del difunto, aunque aún está todo por ver.
—¿Crees que tuvo algo que ver, en el caso de que, en efecto, no fuera una muerte voluntariamente elegida por el profesor?
—No lo sé, Carrasco. No me atrevo a hacer un juicio antes de leer todos esos cuadernos y, desde luego, antes de hablar directamente con ella o con otras personas del entorno de Oliver.
—Si pretendes reabrir el caso, tendrás que pre- sentarle al comisario unos indicios muy bien fundados para convencerle de que inicie los trámites jurídicos para ello. Han pasado demasiados años, Susana.
La inspectora se frotó la cara y resopló con preocupación.
—Lo sé, Carrasco, lo sé. Sin embargo, tengo la sensación de que voy a encontrar suficientes razones como para que consideren reabrirlo.
Él la miró por encima de sus gafas y afirmó levemente mientras retenía entre los labios una sonrisa.
Conocía a su compañera y jefa de equipo.
Si ella olía que había caso, es que había caso.
La había visto ensimismada y con la mirada perdida, seguramente repasando sus recuerdos de aquella época, aunque sabía que Rizos no daría un paso en falso impulsada por los afectos o por las simpatías de antaño o las de ahora; Rizos calculaba las posibilidades, medía los pasos, desechaba lo superfluo…
Estaba seguro de que, si había algo, algún indicio, alguna pequeña prueba pasada por alto, ella la encontraría.
Afortunadamente, fue un lunes tranquilo.
A Susana Rizos le vino de perlas un impasse en su quehacer diario que le permitiera utilizar el tiempo necesario para organizar cronológicamente aquellos cuadernos y comenzar a leerlos.
Sabía que le llevaría muchos días hacerlo, así que, al llegar a casa, tan solo con un sándwich en la mano y hasta que el sueño le vencía, tarde tras tarde, a partir de ese día, se empeñó en revivir los recuerdos de Abel Oliver a través de sus páginas.
Aquella costumbre de rememorar casi a diario sus vivencias por escrito, empezó con la recomen- dación de su psicólogo cuando Abel contaba con tan solo 16 años.
Tras su intento de suicidio en aquellos días, el muchacho se había encerrado en sí mismo y esa fue la manera en la que desahogaba todo su dolor, toda su rabia y ponía en valor sus sentimientos, positivos y negativos, sobre los renglones de sus diarios donde, de cuando en cuando, aparecía la tinta corrida, seguramente al humedecerse con alguna lágrima es- capada de sus ojos.
Había grandes espacios de tiempo entre algunos de ellos.
Comprobó que coincidían con las épocas de mayor angustia y de mayor felicidad.
Abel necesitaba expresar su dicha y su desdicha, eran los momentos más importantes de su vida, aquellos que configuraba como en un mapa, posiblemente, para analizarlos, relativizarlos y reordenar su mente, para no dejarse llevar por las pasiones que en otro tiempo le hicieron perder la cabeza.
Rizos tomaba notas sobre todo lo que iba le- yendo y que le dejaba por momentos una punzada en el alma.
Era ahora cuando de verdad empezaba a conocer a Abel Oliver y sintió cómo su admiración de antaño se incrementaba al descubrir en él a un verdadero superviviente, un resiliente que supo transformar su vida y la de quienes le rodeaban con fe en el futuro, un futuro que no le pagó con la justicia que él esperaba.
La inspectora anotó el nombre del psicólogo que Abel nombraba en sus primeros cuadernos: Miguel Calleja.
Lo definía como un hombre joven y paciente.
Con suerte podría encontrarle, eso haría mucho más fácil la investigación.
Confiaba en que conservara los archivos referentes a la etapa en la que ayudó a Abel a salir del agujero en el que había ca