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Susana Rizos atravesó la puerta de la comisaría con cara de fastidio.
Había vuelto a olvidar que los lunes cerraba por descanso del personal el bar de Mauro.
De nuevo se había dado de bruces con la persiana del local cerrada a cal y canto.
¡Con las ganas que unos momentos antes la habían empujado a dirigirse al bar esperando una taza del magnífico café del hostelero!
Reconocía que ella jamás le había cogido el punto a su cafetera de la que solo salía un líquido aguado y negruzco, nada comparable al que Mau- ro le servía por las mañanas minutos antes de dirigirse a su exiguo despacho en comisaría.
Acababa de colgar la chaqueta y el bolso en la percha de brazos de la que siempre pensaba que ocupaba demasiado espacio en aquel cubículo donde todo parecía querer chocar entre sí. La voz de Dolores le hizo girar la cabeza hacia la puerta.
—¡Buenos días, inspectora! Alguien te espera desde hace un ratito. — Saludó sin esperar respuesta.
—¿Tan pronto? —bajó un poco la voz—. Aún no me he despertado.
Dolores se encogió de hombros.
—Es una mujer, de nombre Yolanda Oliver —in
formó—. Solo quiere hablar con la inspectora Rizos, no puedo darte más detalles. ¿Qué le digo?
—¡Mmmm! Me suena, pero no caigo ahora de qué. Bien, que pase, naturalmente —suspiró.
Rizos se levantó y extendió la mano para estrechársela a la joven que apareció un minuto después en la puerta de su despacho.
La invitó a sentarse frente a ella y a que le expusiera el motivo de su visita.
Aquella mujer la miraba directamente a los ojos como si esperara que, de un momento a otro, la inspectora la reconociera y pronunciara su nombre, pero eso no ocurrió, así que fue ella la primera en hablar.
—Casi no has cambiado —espetó la joven con una tímida sonrisa y colocando una caja abultada sobre el escritorio—. Aunque, seguramente, yo sí haya cambiado mucho.
La inspectora se sintió azorada. Le daba mucha vergüenza esas situaciones: no recordar quién era la persona que tenía frente a ella y que le hablaba con tanta seguridad, aunque reconocía que aquel nombre le resultaba familiar.
—Le ruego que me disculpe, por favor —acertó a decir—, pero, aunque me suena muchísimo su nombre, no consigo recordar de que nos conocemos. Debió de ser hace mucho.
—Claro —dijo la joven encogiéndose de hom- bros—, claro que fue hace mucho. Diecisiete años concretamente. Yo era una niña entonces, íbamos al mismo instituto, pero tú varios cursos por delante de mí. Mi padre te daba clases y siempre dijo que eras una alumna brillante, te tenía mucho aprecio.
Susana se llevó las manos a la boca que, durante unos segundos, se le quedó semi abierta.
—¡Dios mío! —exclamó por fin—. El profesor Oliver. ¿Eres la hija de Abel Oliver?
—Lo soy.
—Sentí mucho su muerte. Era un hombre muy especial y todos le echamos de menos.
Yolanda asentía con la tristeza en los ojos y las manos extendidas sobre aquella caja abultada.
—Y ¿en qué te puedo ayudar? ¿Qué es lo que te ha traído hasta aquí? —continuó solícita la inspectora.
—Pues, vengo, precisamente, por mi padre —carraspeó—. Su caso se cerró en falso, traigo nuevos datos que podrían demostrarlo y…
—Espera —interrumpió la inspectora—. Si no estoy entendiendo mal, pretendes que se reabra el caso de tu padre ¿es así?
—Sí.
—Creo recordar que se determinó que había sido un claro caso de suicidio. No se encontró ninguna prueba que demostrara la intervención de terceras personas aquella noche y que provocaran su fallecimiento.
—Mi padre no se suicidó, Susana, créeme. Él nunca hubiera hecho eso. Tú le conocías, como le co- nocía tanta gente que jamás se creyó la teoría del suicidio. Te traigo algo que podría demostrarlo. —Empujó aquella caja sobre la mesa, acercándola a las manos de la inspectora.
—Pero, no es tan fácil abrir un caso que quedó concluido y archivado, sobre todo si hace tantos años de los hechos. Y, además ¿por qué ahora?
—Porque es ahora cuando hemos encontrado esto; porque siempre tuvimos clavado el estigma del suicidio de mi padre en el que nunca creímos; porque sabemos que, si transcurren tres años más, si hay un asesino, habrá prescrito el delito y quedará libre.
—Sí, eso es verdad.
Susana Rizos abrió aquella caja y sacó varias li- bretas de tamaños y colores diferentes.
Algunas de ellas con las hojas más amarillentas y gastadas que otras.
Miró a Yolanda, que continuaba expectante ante su reacción y quiso saber más sobre la naturaleza de aquel material que de pronto inundó su mesa de trabajo.
—¿Dónde habéis encontrado esto y qué es concretamente?
—Lo encontré yo al vaciar un mueble viejo al que le detectamos carcoma.
Decidimos tirarlo para evitar que se deterioraran otros de los muebles que mi madre guarda en el trastero y en uno de los cajones estaban todas estas libretas viejas.
Enseguida reconocí la letra de mi padre, sobre todo en las que escribió durante sus últimos años de vida. Guardé tantas cosas de él…
—¿Y no recordabas haber guardado todo esto en ese mueble?
—Yo desconocía que existieran. Quien las guardó allí, en ese mueble del trastero, fue mi padre.
Cuando vi todo esto, le pregunté a mi madre y se mostró sorprendida: desconocía por completo que estas libretas las guardaba él allí.
Son los diarios de mi padre. Cuando él murió, quedaron allí olvidados.
Susana volvió a hojear uno de aquellos diarios y se masajeó la frente pensativa. De pronto miró a su interlocutora con gesto de extrañeza.
—No lo entiendo —exclamó—. La investiga- ción sobre la muerte de tu padre duró varias semanas, no lo recuerdo bien, pero las circunstancias de su fallecimiento estaban muy claras y por eso se determinó la causa como suicidio, nadie buscó entre sus pertenencias ni encontró todo este material que, de haberlo hecho, hu-
biera ayudado al inspector que llevaba el caso, tal vez, a llegar a otra conclusión.
—Yo también lo creo, pero ¿quién podía imaginar que esto estuviera escondido en el cajón de un mueble viejo en el trastero del sótano?
Por eso nadie lo buscó. —Dijo Yolanda en tono conciliador—.
Incluso mi madre, que posiblemente fue la única persona de la familia que creyó de verdad en esa teoría del suicidio, nunca supo de estos cuadernos.
Ni mi hermano Jaume ni yo lo creímos, conocíamos a nuestro padre, su relación con nosotros no era la de un padre que quiere quitarse de en medio a costa del dolor que sabe que va a infligir a sus hijos, eso estaba fuera de toda lógica.
Nosotros lo sabíamos bien. Sin embargo, lo que he leído aquí y no conocíamos, eran ciertos secretos que ellos, en su matrimonio, procuraban ocultarnos, precisamente para evitarnos dolor.
»Nosotros éramos aún unos niños cuando murió papá.
Yo estaba a punto de cumplir 14 años y Jaume 12.
Mi hermano pequeño, Alex, aún no tenía 2.
Durante los últimos años habíamos escuchado a través de la pared algunas fuertes discusiones entre ellos, pero jamás lo hacían en nuestra presencia.
En un par de ocasiones abrí la puerta de su cuarto, durante una de esas disputas en las que trataban a malas penas de bajar la voz, pero no se nos escapaba el tono de enfado de ambos.
Siempre trataban de convencerme de que eran malentendidos que debían
aclarar y que no tenía mayor importancia y nosotros los creíamos porque necesitábamos creerlo.
»Eso duró una larga temporada, unos años atrás, hasta que mamá se quedó embarazada de Alex. Sin embargo, cuando el pequeño nació, mi madre sí experimentó un cambio importante y rara vez volvimos a escuchar aquellas discusiones. Si las había lo llevaban con mucha más discreción.
La inspectora Rizos escuchaba a la joven con atención y con el ceño ligeramente fruncido.
Esperaba escuchar algo en el relato de Yolanda Oliver que le ayudara a entender qué era lo que Rebeca, su madre, había callado hasta el olvido, durante diecisiete años.
Esos diarios, tal vez sí, o tal vez no, hubieran podido aclarar mejor a los investigadores las causas de la muerte del profesor Abel Oliver, porque, aun en el caso de que desconociera su existencia, lo cierto es que, en ellos, según aseguraba su hija, se detallaban secretos que Rebeca había obviado al investigador.
—En estos cuadernos hay mucho más —añadió Yolanda—, está casi toda la vida de él hasta dos días antes de que le encontraran muerto bajo el puente.
Susana Rizos asintió despacio. Recordaba lo ocurrido, la imagen del Pont Vell le vino enseguida a la memoria, un paso en desuso sobre una zona del Barranc de l’Horteta, en Torrent. El cadáver lo encontró un joven que corría temprano por ese lugar todas las mañanas.
—Mi madre, a pesar de la nota de suicidio que le dejó escrita y en la que no le reprochaba nada, en cierto modo, se sentía culpable.
Los últimos años de vida de mi padre no fueron todo lo felices que deberían haber sido, y hablo del matrimonio de mis padres.
Ellos tenían sus motivos, aunque trataran de disimular ante nosotros, pero se notaba en muchos detalles que el amor ya no fluía en la pareja.
Nosotros lo intuíamos, lo veíamos en sus caras al mirarse, pero son cosas que pasan, no son culpa de nadie.
La inspectora tomó aire, pensativa. Le importaba el caso porque le importaba Abel Oliver, o al menos, le importaba por el cariño que le tuvo en otro tiempo y porque pensaba que le debía una parte de esa mujer que era ella hoy.
—Y esto, quiero decir, el hecho de venir a solicitar la apertura del caso, supongo que es una decisión tomada en el seno de tu familia. Esto lo habrás hablado con tus hermanos y con tu madre.
—Mis hermanos y yo estamos absolutamente de acuerdo con esta decisión; mi madre no dice nada, hace mucho tiempo que no dice nada.
Podría decirse que desde el momento en el que nos comunicaron la muerte de mi padre se quedó muda para muchas cosas…
hasta hoy. Lo que nosotros decidamos, ella lo aprobará, puedes estar segura, y si no lo aprueba, va a dar lo mismo, los tres somos mayores de edad.
—¿Y por qué debo estar tan segura de que tu padre no se suicidó?
—Lo entenderás cuando leas esos manuscritos. —Respondió tajante—. Los escribió durante años, hasta dos días antes de morir. Lo hacía desde que estuvo en tratamiento psicológico en su adolescencia. Intentó suicidarse, entonces sí.
—No conocía ese episodio de su vida.
—Claro que no, casi nadie lo conocía. Por eso fue más rápido y más cómodo para los investigadores en aquel momento achacarle tendencias suicidas, cosa que no era cierta, y cerrar un caso que nos dejó muchas heridas abiertas a mis hermanos y a mí. Lo entenderás mejor cuando leas sus diarios.
—Pero hubo una nota de suicidio.
—Yo dudo de que esa nota fuera auténtica.
—En ese caso, las sospechas podrían apuntar a tu madre, la persona que más cerca tenía.
—No, no forzosamente.
Rizos escuchaba absorta las palabras de la joven. Recordaba que, en aquellos días, entre el alumnado del profesor Oliver, nadie creyó que aquel triste episodio fuera en realidad un suicidio. Tan solo un día antes habían tenido clase con él y nada indicaba que su intención fuera quitarse la vida.
Estaban preparando un viaje de fin de curso al que, Abel Oliver, se había apuntado el primero para disfrutar de unos días con sus alumnos. Era lo que todos esperaban: la compañía impagable de su profesor de Filosofía.
La puerta del despacho se entreabrió después de avisar dando unos golpecitos con los nudillos, asomando por ella la alta figura del subinspector Carrasco.
—Disculpa, Susana, veo que estás ocupada.
—¡Ah! Pasa. No te preocupes. Te presento a Yolanda Oliver, una antigua compañera del instituto donde estudié. Este es el subinspector Carrasco, uno de los miembros de mi equipo.
Yolanda se levantó estirándose la falda y colocándose el bolso en el hombro.
—Bueno, en realidad yo ya me iba. Encantada de saludarle. —Se giró hacia Susana—. Espero noticias tuyas… por favor —sacó una tarjeta del bolso y se la extendió a la inspectora—. Por favor —insistió.
—Lo haré, estudiaré toda esta documentación y tomaré una decisión, puedes estar segura.
La joven salió del despacho dedicando a ambos policías una breve sonrisa de despedida.
Carrasco alzó su mano derecha en la que sostenía un termo de café cuyo aroma hizo poner los ojos en blanco a su jefa.
—¿A que soñabas con esto?
La inspectora no pudo reprimir la risa.
—Nunca me decepcionas, Carrasco.