Las otras muertes de Abel
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Yolanda lanzó un sonoro suspiro antes de abrir la puerta del trastero. Hacía tiempo que tenía que haber hecho aquello, pero la pereza había podido más que su voluntad durante demasiado tiempo y ahora era la carcoma la que había vencido.
Los desagradables bichitos habían minado de minúsculos agujeros una parte de los muebles que se apilaban en esa habitación oscura del sótano, que llevaban años esperando que alguien les librara de la capa de polvo que se acumulaba sobre su superficie y, cómo no, también de la carcoma, que había dejado inservibles algunos de ellos, aunque, como opinaba Yolanda, eran igualmente inservibles metidos en ese rincón olvidado de la casa.
Cuando encendió la luz y miró a su alrededor, no sabía por dónde empezar.
—¡Creo que lo más afectado son los muebles de la pared derecha, Yoli! —gritó su madre desde lo alto de la escalera—. ¡Los vas sacando y tu hermano me ayudará a subirlos!
No eran esos los planes que se había hecho para un sábado por la mañana, pero era algo necesario y su madre ya no estaba como para cargarse ella solita con todo ese trabajo porque, su hermano Álex, no era precisamente la persona más dispuesta a arremangarse para ayudar.Pegada a la pared, la vieja cómoda de color caoba había sufrido especialmente la voracidad de los parásitos.
Al intentar moverla, se dio cuenta de que lo más práctico era, primero, vaciar lo que fuera que contuviera en sus cajones para aligerar su peso.
Sacó el primero y com- probó la cantidad de objetos absurdos que guardamos sin saber por qué; recuerdos efímeros sin ninguna utilidad práctica y casi siempre, tampoco sentimental.
Cosas, solo cosas para llenar cajones y no vidas; recuerdos que aca- ban siendo olvidados…
Resolvió volcarlo todo en una bolsa de basura sin ni siquiera prestarles más atención: era una pérdida de tiempo y tenía ganas de acabar cuanto antes.
El siguiente cajón tuvo el mismo resultado y el mismo fin, pero llegado al tercero encontró algo distinto: una serie de cuadernos de diferentes tamaños y modelos, eso sí, cuidadosamente ordenados.
Sacó uno de ellos y lo hojeó. Aún recordaba la letra cuidada de su padre y la reconoció en esas páginas, aunque había párrafos de escritura apresurados, alguna mancha, algún borrón…
Se sentó sobre la mecedora cubierta por una sábana que tenía junto a ella y que crujió bajo su peso.
Los cuadernos parecían estar ordenados cronológica- mente: los más viejos, abajo; los más recientes, arriba.
La última fecha que aparecía era de dos días antes de que su padre apareciera muerto bajo el Pont Vell.
Un legado que ella no esperaba y del que nadie le había hablado.
Se olvidó del cometido que la había llevado al trastero y también de sus planes para el fin de semana.
Perdió la noción del tiempo bajo la luz mortecina de la bombilla que pendía del techo, absorta en la lectura de las páginas que su padre había dejado escritas, palabras de rebeldía y de cansancio, de rabia y de determinación.
Solo levantó la cabeza al oír de nuevo la voz de su madre desde lo alto de la escalera:
—¡Yoli! ¡¿Qué haces?! ¡Llevas una hora ahí abajo!
Escuchó los pasos bajando la escalera y vio de soslayo la figura de su madre al entrar entre la puerta y el perchero de sus abuelos que nunca quisieron tirar y que habrían de hacerlo ahora imprescindiblemente.
—¿Qué es eso? ¿Qué estás haciendo? —le escu- chó decir.
Las dos mujeres se miraron. La hija, con las páginas de aquellos diarios abiertas sobre sus rodillas y los ojos anegados que se desbordaron en un momento; la madre, confusa, miraba alternativamente los cuadernos y las lágrimas de su hija, sin comprender.
—Son los diarios de papá —anunció Yolanda.
—Desconocía que existieran —le aseguró su madre.
—Necesito leerlos.
—Son cosas antiguas que solo te harán sufrir —se apresuró a decir la mujer, lanzándose hacia el cajón abierto y recogiendo en sus manos varios de aquellos cuadernos.
Yolanda adivinó la intención de su progenitora y se levantó rápidamente tratando de arrebatárselos de entre los brazos.
Durante unos segundos, ambas mujeres forcejearon hasta que la madre cejó en su lucha, convencida de que era imposible ganarla.
Los cuadernos cayeron al suelo levantando una leve nube de polvo que se posó en sus zapatos. Las dos se miraron frente a frente, pero ahora era Rebeca, la madre, quien lloraba mientras su hija la miraba con dureza.