Las ocho vidas de Lucía Capítulo 38
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Capítulo 38

La botadura fue el viernes a las once de la mañana, con marea alta y sin viento.

Me enteré el miércoles por la tarde, por Rosario, que me lo soltó con la naturalidad de quien informa de una procesión.

—El viernes bota el chico. A las once, con la marea.

—¿Bota qué?

—La de tu abuela. —Me miró como se mira a alguien que no se entera—. Que la ha arreglado. Llevaba dos semanas.

Dos semanas. O sea, desde el día siguiente a la ruptura.

A las once menos cuarto ya había gente. Bastante gente, además, más de la que yo esperaba para una barca de cuatro metros y medio: estaban Salva y tres del club náutico, Ximo con su bastón, dos hombres de la cofradía, Berta con Aina de la mano, Vicent, Tono con su carpeta debajo del brazo por costumbre, Rosario y dos amigas, y unos cuantos más que se habían acercado porque en este pueblo una botadura es una botadura.

Ximo me explicó el trabajo antes de que empezara nada, apoyado en el bastón, señalando con la barbilla, con esa manera de los viejos de un oficio de contarte lo que han hecho otros como si lo hubieran hecho ellos.

—Ha cambiado cinco cuadernas y ocho tablas del forro.

—Levantó la mano, contando con los dedos—.

Ha tenido que hacer las cuadernas de pieza curva, que eso ya no lo hace nadie, y buscar la madera con la veta en el sentido bueno.

Y luego calafatear, que eso son horas y horas de rodillas.

—Se rio con un ruido de motor—. Y la bancada. Fíjate en la bancada.

—¿Qué le pasa a la bancada?

—Que la ha copiado. —Me miró como si acabara de decir algo enorme, y probablemente lo había dicho—.

La original estaba podrida y en vez de poner una recta, que es lo fácil, ha sacado el perfil de lo que quedaba y la ha hecho igual.

Con la misma curva. —Chascó la lengua—. Eso lo hace uno que quiere que la barca siga siendo la misma barca.

La barca estaba en el carro del varadero, en lo alto de la rampa, con el sol dándole de lleno.

Cuatro metros y medio. La habían pintado de blanco, con la franja azul de la regala, el mismo azul de la ventana y del Vent de Dalt y de todo.

Tenía las cuadernas nuevas a la vista, sin pintar, cinco piezas de madera clara entre las otras, más rubias, que no habían tenido tiempo de igualar el tono y que iban a tardar años en igualarlo.

Y por dentro, la bancada de proa era nueva también.

Y en el costado, a mano, con pincel fino y sin plantilla, en letras negras de unos ocho centímetros:

Amparo

Debajo, más pequeño: Dénia .

Me puse en la rampa, a media altura, con la gente, y estuve cuarenta minutos sin que aquel hombre me dirigiera la palabra.

Y eso también hay que contarlo, porque es lo que pasó y porque es lo que pasa.

Nico estaba abajo, en el agua hasta las rodillas, con Salva y con uno de la cofradía, comprobando el carro, el cabo del torno y las guías.

Trabajando, como toda su vida. Levantó la vista una vez, me vio, y volvió al carro.

Yo llevaba desde las siete y diez de la mañana bajada de un barco, con ocho horas de mar en el cuerpo y una noche sin dormir, y me había duchado y cambiado en un piso de Teulada para bajar a una rampa de hormigón a ver botar una barca de cuatro metros y medio.

Y estuve cuarenta minutos mirándole la espalda mientras él ajustaba un carro, con Rosario a mi lado hablándome de su cuñada, sin poder decirle a nadie lo que estaba haciendo allí.

Porque a las once y media de la noche yo tenía las llaves de un piso en Teulada y el lunes a las siete y media una cuadrilla esperándome arriba.

Y porque aquel hombre no me había pedido nada, y yo no había ofrecido nada, y lo único que había entre los dos era una lista de materiales de cuatrocientos treinta y un euros con una tachadura.

Una botadura de barca pequeña dura tres minutos y es una cosa muy poco solemne: se suelta el cabo del torno, el carro baja por la rampa, la barca flota antes de que te des cuenta y luego hay que empujarla y sacarla del carro, y alguien se moja, y todo el mundo grita a la vez cosas contradictorias.

Ximo tiró una rama de romero al agua, que es lo que se hace aquí, y no lo hizo con ninguna ceremonia: la tiró como quien tira una colilla.

Y cuando la Amparo estuvo flotando, con el agua entrándole por dos sitios, Nico se subió con una esponja y un cubo, se puso a achicar, y dijo, hacia el público en general:

—Está bien. Sella en dos días.

Y todo el mundo aplaudió, y Salva dijo algo sobre la madera de antes, y Aina preguntó por qué le entraba agua a la barca nueva, y Berta le explicó que la madera se hincha, y Aina dijo que eso era una barca rota.

Estuvo la cosa media hora larga. Se fueron yendo.

Rosario me dio dos besos y me dijo al oído «los jueves, ¿eh?

», y se fue con sus dos amigas. Berta se llevó a Aina y me apuntó con el dedo desde diez metros, que en su idioma significa que ya hablaremos de lo del pan.

Ximo se fue el último de los viejos, con su bastón, y al pasar por mi lado se paró y me dijo una cosa que no le he contado a nadie:

—Yo a este chico le enseñé todo lo que sé y no le he visto hacer nada como esto en diecisiete años.

Y siguió andando.

A las doce menos veinte quedábamos cuatro y a las doce menos cinco quedábamos dos.

Nico salió del agua, cogió una toalla del banco de trabajo, se secó las manos y vino hasta donde yo estaba, en la rampa.

—Hola.

—Hola. —Me pasé el pelo por detrás de la oreja—. Está preciosa.

—Está a medias. —Miró hacia el agua—. Le falta el motor, que ese es de otro año. Y hay que hacerle la tapa del pozo.

—¿Y cuánto le has echado?

—Doscientas y pico horas.

Doscientas y pico horas en catorce días. Que son quince horas al día, con la barca de Salva por medio.

—Nico.

—No pasa nada. —Se colgó la toalla del hombro—. En octubre no hay trabajo.

Y ahí nos quedamos los dos, en una rampa de hormigón, con una barca flotando delante y un mes entero detrás.

Y quiero decir cómo estábamos, porque las despedidas de las novelas son siempre muy limpias y esta no lo fue: yo llevaba veintiséis horas sin dormir y tenía sal seca en el pelo de la cubierta del ferry; él tenía el pantalón mojado hasta el muslo, las manos blancas de estar en el agua y una raja en el dorso de la izquierda que se había hecho aquella mañana con el carro y que le sangraba un poco. Los dos hemos estado más guapos.

—Yo me voy hoy —dije—. A Teulada. Y el lunes empiezo arriba.

—Ya lo sé. Lo sabe todo el mundo.

—Ya.

—Cuarenta minutos —dijo.

—Cuarenta y cinco con el camino como está.

—Cuarenta y cinco.

Se quedó mirando el agua. Y estuvo callado tanto rato que yo, que soy incapaz de dejar un silencio en paz, hice lo que hago siempre, que fue empezar a hablar.

—Mira, yo creo que lo mejor es que...

—Espera. —Levantó la mano, sin mirarme—. Que llevo dos semanas preparando esto y si lo dices tú primero me sale mal.

Y me callé.

Y entonces dijo lo que había venido a decir, que era la razón por la que había pintado un nombre en un costado y por la que llevaba dos semanas de quince horas.

—Esta la he hecho para poder hacerla —dijo—. No sé si se entiende.

—No.

—Que no había ningún encargo. —Se frotó la nuca—. Yo llevo diecisiete años arreglando lo que me traen. Y está bien, que hay que comer. Pero es la primera vez en la vida que cojo yo una barca y digo: esta.

—Y es la de mi abuela.

—Es la de tu abuela. —Asintió—. Y me ha costado catorce días y no me ha pagado nadie, y el lunes que viene voy a estar otra vez con lo que traigan. —Se giró hacia mí—. Pero ahora ya sé que sé hacerlo solo. Con el sitio y sin el sitio.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Que el oficio no es la nave. —Se paró. Cogió aire, y le costó, y se le notó, y por eso lo escribo—. Que llevo once años... —Volvió a parar—. Mira, esto lo dije mejor en la furgoneta.

—Dilo como te salga.

—Que si un día no hay varadero, yo sigo siendo esto.

—Levantó las dos manos, las enseñó como se enseña una herramienta, con la raja y todo—.

Y una barca se arregla en cualquier puerto.

Y si no hay puerto, en un solar con una lona.

Eso es lo que he estado haciendo estas dos semanas por las noches: comprobarlo.

Yo tenía un nudo en la garganta del tamaño de un puño.

—No te lo digo para que hagas nada con eso —añadió, deprisa, mirando al agua otra vez—. Que tú tienes tu trabajo y está a cuarenta y cinco minutos y me parece muy bien. Es que me parecía que lo tenías que saber antes de irte, no dentro de tres semanas por teléfono.

Metí la mano en el bolsillo interior de la chaqueta y saqué el sobre.

Papel verjurado, grueso, con un nueve escrito en el frente. Se lo di.

—¿Y esto?

—Es el nueve.

Lo miró por delante y por detrás, como se miran los sobres cuando uno no sabe qué hacer con las manos.

—¿Ahora?

—Cuando quieras.

Lo abrió allí mismo, con el pulgar, de pie en la rampa. Dentro había un papel doblado en tres con una sola línea escrita a mano.

Dos años. Un ferry. Ven a verme botarla.

Lo leyó. Lo leyó otra vez, que me consta porque los ojos le fueron y le volvieron.

Y no dijo «vale», ni «claro que sí», ni «yo también te quiero», ni ninguna de las cosas que se dicen. Dobló el papel por sus mismos dobleces, lo metió en el sobre, se lo guardó en el bolsillo del pecho y se dio dos toquecitos encima, como se comprueba que llevas la cartera.

—¿Botar el qué? —dijo.

—Ya lo sabrás.

—Ah, vale.

Y sonrió. Con la boca cerrada, tres cuartos hacia dentro, esa sonrisa suya que dura medio segundo y que ya no me parece parca.

—Dos años es mucho —dijo después.

—Ya lo sé.

—Y a lo mejor no sale.

—Ya lo sé.

—Vale. —Miró la barca—. Es que si no lo digo yo, luego dicen que no lo dije.

Y ahí me eché a reír, y me salió llorando, que es una combinación que no le recomiendo a nadie a las doce del mediodía en una rampa pública.

Y entonces me besó.

Y voy a contarlo, porque he contado todo lo demás.

Me puso la mano en el lado de la cara —la mano derecha, la buena, la que no sangraba— con la palma áspera contra la mejilla y el pulgar por delante de la oreja, y me sostuvo la cabeza así un segundo antes de nada, que fue lo peor y lo mejor: ese segundo de estar sujeta y ver venir.

Tenía la piel fría de estar en el agua y el pulso en la muñeca contra mi mandíbula, y olía a lo que huele él, que es aceite de teca y sal y algo de sudor de haber estado toda la mañana con un carro.

Y me besó despacio, con esa lentitud suya de hombre que trabaja con cosas que se rompen si aprietas, en una rampa de hormigón del puerto de Dénia a las doce y cinco de un viernes, delante de la barca de mi abuela y de todo el que quisiera mirar, que en este pueblo es una declaración notarial.

Yo le cogí la muñeca con las dos manos y no se la solté hasta el final.

Cuando nos separamos tenía la cara mojada y él me la secó con el pulgar, una vez a cada lado, con la misma seriedad con la que hace todo lo demás.

—El zócalo lo hacemos en noviembre —dijo.

—En noviembre.

—Y trae tú la garlopa, que es tuya.

—La garlopa es tuya.

—Ya. —Cogió el cubo—. Pero la viruta la hiciste tú.

Y se metió otra vez en el agua a achicar, porque la barca seguía haciendo agua y porque a un hombre así no se le puede pedir que se quede en tierra mirando cómo se va alguien.

Yo subí por la explanada.

Y a mitad de camino me giré una vez.

Estaba de espaldas, agachado dentro de la Amparo , con la esponja, y el agua le llegaba por fuera hasta la altura de las cuadernas nuevas, las cinco piezas rubias que van a tardar años en igualar el tono con las demás.

Cogí el coche a las doce y media. Pasé por delante de la casa, que estaba cerrada, con las persianas bajadas menos la del patio, y no paré, y esta vez no fue una huida: es que ya me había despedido bien y no hacía falta hacerlo dos veces.

Aquella tarde deshice la maleta en un piso alquilado de dos habitaciones con una cocina americana espantosa y unas vistas al bancal de un vecino.

No colgué nada en las paredes. No compré ni un cojín, ni una manta doblada en un tercio, ni un cuenco de barro con tres limones.

Y no fue una declaración de principios: es que aquel piso no era un sitio para vivir, era un sitio para dormir mientras terminábamos la primera casa de arriba, y hay una diferencia y por primera vez en doce años no me pareció que hubiera que disimularla.

Lo único que saqué de la maleta y puse a la vista fue un trozo de madera lijado del tamaño de un naipe, con las cuatro esquinas redondeadas y sin ninguna letra. Lo dejé en el alféizar de la cocina.

Y el lunes, a las siete y media de la mañana, subí por un camino en obras con dos termos de café, una carpeta y unas botas nuevas.

Arriba me esperaban seis hombres de una cuadrilla de Benissa, con la furgoneta ya abierta, todos de pie alrededor del capó, esperando a ver quién era la de Madrid.

—Buenos días —dije—. Empezamos por las dos de abajo, las que no se ven desde la era.

Uno de ellos, el mayor, miró hacia las casas y luego a mí.

—Esas son las más feas.

—Ya lo sé.

—Vale.

Y se pusieron a descargar.