Las ocho vidas de Lucía Epílogo
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Epílogo

Trece meses después.

La primera fase va con cinco meses de retraso, que en obra pública es ir bien. Hemos terminado tres casas de las cuatro y en la cuarta estamos con la cubierta, que es lo que da miedo y lo que se lleva el dinero. El camino se acabó en marzo y ahora se sube en treinta y cinco minutos.

He aprendido dos cosas con las manos este año, que era lo que puse en la carta ocho, y una de las dos la hago mal.

El mortero de cal lo llevo bien: apagado, con la arena de aquí, y sé cuándo está a punto porque lo he hecho ciento y pico veces y porque me lo enseñó un hombre de setenta y un años de Benissa que me mandó Encarna, la de los huevos.

La piedra seca no. La piedra seca se me da fatal.

Llevo un año y todavía no sé elegir la piedra, que es todo el oficio: hay que mirar el hueco, mirar el montón y saber cuál de las doscientas piedras que hay ahí encaja, y yo cojo una, la pruebo, no entra, cojo otra.

Los que saben no prueban. Cogen una y entra.

De las cuatro familias con derechos, tres firmaron en enero y la cuarta, los Ferrando, en junio.

Los Ferrando son dos hermanos de setenta y uno y sesenta y ocho que llevan sin hablarse desde 1998 por un asunto de una moto, y digo «un asunto de una moto» porque a día de hoy, después de once reuniones, sigo sin saber qué pasó con la moto.

Cada uno tiene su versión y las dos versiones incluyen la frase «y eso lo sabe todo el pueblo», y todo el pueblo, consultado por mí personalmente en el bar, tiene a su vez cuatro versiones más.

Once reuniones. Dos de ellas por separado en dos bares distintos del mismo pueblo, a doscientos metros uno del otro, el mismo día, y yo andando de uno a otro como una embajadora de la ONU con una carpeta.

En la novena conseguí que estuvieran los dos en la misma habitación. En la décima conseguí que uno le pasara al otro un bolígrafo. Cuando el pequeño firmó, en la undécima, el mayor dijo, sin mirarle: «Ha firmado». Y el pequeño dijo: «He firmado». Y se fueron cada uno por su lado.

Ese día me tomé una cerveza a las once de la mañana.

En la casa número siete, la que tiene la higuera dentro, hemos decidido dejar la higuera. Está en el acta.

Vivo arriba desde abril, en la primera casa que terminamos, que es la más pequeña y la que no se ve desde la era. Tengo agua, tengo luz y tengo un depósito. Internet va regular. En invierno hace un frío que no se lo he contado a mi madre con detalle.

El cartel de obra está a la entrada, en la curva, con el logo de la Unión Europea, el escudo del ayuntamiento y ocho líneas de letra pequeña.

En la sexta pone «Dirección técnica del programa de recuperación» y un nombre y dos apellidos.

Lo puso una empresa de Gandía en febrero, con un taladro, en once minutos, y yo estaba delante y no dije nada.

Le hice una foto y se la mandé a mi madre. Contestó a los cuarenta minutos: «Se lee poco. Diles que lo pongan más grande».

Bajo a Dénia dos fines de semana de cada tres. No todos. Los que se prometen todos no baja ninguno.

El zócalo del patio lo hicimos en noviembre, en dos días, y lo hicimos mal la primera vez porque no dejamos secar lo suficiente y hubo que picar un metro otra vez en enero.

La puerta la ajustamos en febrero, con la garlopa.

El limonero lo podamos ese mismo mes, con la escalera de Salva y con Salva debajo diciendo dónde. El colchón de Ondara está comprado.

En el varadero, este verano, ha entrado un chaval de veintiuno de la escuela taller del hotel, que abrió en mayo con treinta y una llaves y con la nave del astillero a sesenta metros de la recepción.

En el vestíbulo del hotel hay, en efecto, un panel interpretativo.

Y a las ocho de la mañana, en la explanada, hay dos hombres y un chaval dándole la vuelta a una barca de madera de verdad, y los huéspedes salen a mirar con el café en la mano, y Salva les explica cosas que se inventa.

Nico sube los martes por la tarde, casi siempre. Está enseñándome a hacer un banco.

Nos vemos así: dos fines de semana de tres y los martes, y hablamos por teléfono a las nueve y media, y no vivimos juntos, y no hay ninguna fecha en ninguna parte. Hay una lista de pendientes en un cuaderno de hule que se ha ido llenando y que ya va por la tercera página.

A mi madre la llamo los domingos. Yo. Subió en mayo, tres días.

No pisó Dénia, y no le insistí. Se sentó en la era una tarde entera con una chaqueta mía por los hombros, mirando el mar al fondo, que desde allí es una raya, y a la vuelta, en el coche, dijo: «Aquí tu abuela habría estado bien». Y nada más.

La carta llegó en septiembre.

Un sobre normal, de los de estanco, con matasellos de Dénia y mi dirección escrita en esas mayúsculas pequeñas todas de la misma altura.

Dentro no había carta.

Había una viruta de madera, larga y rizada, enroscada sobre sí misma, entera de un extremo al otro. Y un papel del tamaño de un billete de tren con dos cosas escritas: una fecha —el 11 de octubre— y una hora, las once y media.

Y debajo, con la misma letra:

Ya sé qué se bota.

Once de octubre. No hacía falta que lo explicara.

Lo que sí tuve que explicarle yo, por teléfono, aquella noche, es que el 11 de octubre nosotros teníamos el ramo.

—¿El qué?

—El ramo. La cuarta casa. Se termina la cubierta ese viernes.

Silencio de tres segundos al otro lado.

—¿Y no me lo has dicho?

—Es que hasta el martes no sabíamos si llegábamos.

Otro silencio, más largo.

—Vale —dijo—. Pues cambio yo.

Y colgó, que es lo que hace él cuando ya está todo dicho.

§

El ramo se pone cuando se remata la cubierta.

Se sube al último caballete una rama —aquí un ramo de laurel, en otros sitios una de pino, en Aragón un cerezo si hay— y se ata con una cinta, y significa que la casa ya tiene techo y que el que la ha hecho respondió.

No lo pone el arquitecto ni el dueño: lo pone el que ha subido la última teja.

Se ha hecho durante siglos en media Europa y hoy ya casi nadie lo hace, y en Moraira-alt se hizo porque yo lo puse en el pliego, en la partida de fin de obra, con dos líneas y ochenta euros de presupuesto para bebida.

El 11 de octubre subió el pueblo entero, que en este caso son unas sesenta personas de tres pueblos distintos.

Subieron las dos cuadrillas con sus familias.

Subió Amparín con la asociación y con una fuente de cocas.

Subió Tono con la carpeta. Subieron los hermanos Ferrando, cada uno en su coche, y se pusieron en extremos opuestos de la era, y a media tarde estaban los dos en el mismo corro sin haberlo decidido, que en aquella familia es prácticamente una boda.

Subió Rosario, a la que trajo Berta, y Berta trajo el pan de sesenta personas y no me dejó pagarlo.

Subió Salva a decir dónde. Subió Ximo, con su bastón, que no le encontré ninguna razón para venir a ver una casa de piedra y que estuvo dos horas mirando vigas.

Y a las once y veinte, por el camino de abajo, subió una furgoneta blanca.

Lo del ramo lo hizo Julián, el mayor de la cuadrilla de Benissa, que fue el que puso la última teja, porque así es como se hace.

Ató el laurel a la viga cumbrera con una cinta roja que había traído su mujer, se le trabó un poco, lo resolvió con una vuelta más, y desde abajo sesenta personas aplaudieron a un hombre de cincuenta y ocho años subido a un tejado con una rama.

Después bajó y le dieron una cerveza y ya no se habló más del asunto, que es exactamente como tiene que ser.

Yo tenía dos frases preparadas para decir algo y no las dije. Dije «gracias» y «hay comida en el lavadero» y me pareció suficiente, y creo que lo era.

Nico estuvo toda la mañana con Ximo y con Julián mirando la estructura de la cubierta, discutiendo el tipo de ensamble de la cumbrera, que resulta que es el mismo que se usa en las bancadas de las barcas y que por lo visto es apasionante.

No me buscó ni una vez, y yo lo agradecí, porque tenía sesenta personas en la era y una cuarta casa que enseñar.

A las siete de la tarde ya no quedaba casi nadie.

Y a las siete y cuarto subimos los dos al mirador, que es un sitio que hay encima de la era, en el borde del bancal, donde queda un almendro viejo y desde donde se ve todo el conjunto: las doce casas, las cuatro terminadas con las cubiertas nuevas, el laurel con su cinta roja en la última, el lavadero y las losas del empedrado con las juntas ya limpias.

Nos sentamos en el borde. Esta vez sin medio metro en medio.

—Ya está —dije.

—Ya está la primera fase. —Miró las otras ocho, las que faltan—. Te quedan ocho.

—Dos años más, con suerte.

—Ya. —Se sacó del bolsillo del pecho un sobre de papel verjurado, doblado por la mitad de tanto llevarlo, con un nueve escrito en el frente—. ¿Puedo escribir yo aquí dentro?

Le dije que sí.

Y no voy a contar lo que puso, porque no es mío, y porque he aprendido en un año largo que las cosas que se guardan sin enseñar son las que aguantan.

Solo diré que son dos líneas y que no hay ninguna fecha en ellas.

Antes de bajar estuve un momento sola en el mirador, mientras él recogía los vasos de la era con Julián, y pensé en la caja azul.

Sigue en la mesa de la cocina de una casa cerrada a treinta y cinco minutos de aquí, con nueve sobres de pie dentro: siete vidas que no viví, una que empecé a los veintiséis y dejé a medias, una que escribí para vivirla, y el nueve, que ahora tiene dos líneas suyas y sigue sin fecha.

Aquella cría de doce años quería un trabajo de mirar cosas y decir esto vale, esto no vale, y no sabía cómo se llamaba.

Aquella de catorce quería un trabajo que se acabara cuando se acaba el día, y ese sigo sin tenerlo y creo que no lo voy a tener nunca.

La de quince pidió que no se le notara nunca si estaba triste, y esa la he perdido del todo, que es la única que he perdido con gusto.

La de dieciséis le inventó a su abuela un taller con su nombre en la puerta, y no se lo pudo dar, y a cambio hay un cartel de chapa en una curva con dos apellidos que son los suyos.

Todas ellas están ahí abajo, en una caja de cartón forrada de tela, y siguen existiendo, y siguen siendo posibles en algún sitio que no es este.

Y aquella tarde, desde el bancal, con la viruta de él en el bolsillo y cuatro cubiertas nuevas debajo, eso no me pareció una lista de cosas que no he sido.

Me pareció que iban conmigo.

Bajamos a las ocho, cuando ya no se veía el mar.