Las ocho vidas de Lucía Capítulo 37
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Capítulo 37

El ferry de Dénia a Palma sale a las once y media de la mañana y tarda ocho horas, y lo cogí el jueves, el penúltimo día del plazo del testamento.

No tenía ninguna obligación de hacerlo. La herencia estaba cerrada, las ocho hojas firmadas y entregadas en la notaría el miércoles, y don Ernesto Camps me había dado un papel sin ningún valor jurídico que dice que no vendo la casa.

Podía haberme ido directamente a Teulada, que está a media hora, a instalarme en un piso de alquiler y a empezar el lunes.

Fui porque tenía un billete.

En la ventanilla de la estación marítima había una chica de unos veinticinco años con un chaleco de la naviera y cara de jueves.

Le pedí un pasaje de ida y vuelta para el mismo día, que es una cosa que se puede hacer y que no hace nadie, y mientras me lo sacaba puse el otro billete encima del mostrador.

—Perdona. ¿Puedo hacerte una pregunta un poco rara?

Lo miró. Cartón amarillento, franja azul, el ancla, 11 OCT 1974, butaca clase 2.ª, asiento 14.

—Ostras.

—Es de mi abuela. No llegó a usarlo.

Lo cogió con dos dedos, con cuidado, y lo giró contra la luz igual que la señora de las ocho y media giró un tarro de mermelada.

—Esto es de cuando el Ciudad de ... —Entrecerró los ojos—. Espera, que esto lo sabe Manolo.

Y llamó a Manolo, que era un hombre de sesenta y muchos con un chaleco igual, y Manolo salió de detrás y estuvo mirando aquel billete cuatro minutos y contándome cosas que yo no le había preguntado: que era de la línea vieja, que entonces el barco salía de noche y llegaba de madrugada, que la clase segunda eran butacas y que la gente se llevaba la comida de casa.

—¿Y esto lo quiere usar? —dijo, con un pánico administrativo encantador.

—No, no. Solo quería enseñárselo.

—Ah. —Se le relajó la cara—. Menos mal, porque no hay manera de meter esto en el sistema.

Pagué mi billete —setenta y dos euros ida y vuelta— y subí a bordo a las once y diez.

Del viaje no tengo mucho que contar. Ocho horas de mar con un libro que no leí, un bocadillo caro y una siesta en una butaca.

En algún momento salí a cubierta y estuve un rato largo mirando cómo se iba quedando atrás el Montgó, que desde el mar se ve durante muchísimo tiempo, y que fue lo último que se le vio a esta costa a todo el que se fue de aquí desde que hay barcos.

Y pensé, apoyada en la barandilla, en el viaje que no hizo.

El suyo salía a las once de la noche. O sea que ella no habría visto esto: habría subido de noche, a oscuras, con la maleta y con el dechado, y lo último que habría visto de su pueblo serían cuatro luces del puerto y la sombra del Montgó contra un cielo un poco menos negro.

Ocho horas de butaca en clase segunda, con la comida de casa, sin dormir, calculo, y bajando en Palma a las seis o siete de la mañana de un 12 de octubre, con la ciudad todavía cerrada y una dirección apuntada en un papel.

Y lo que se me ocurrió allí, con el Montgó ya pequeño, es que aquella mujer sí que había hecho ese viaje. Muchas veces. Todas las que se sentó en la silla baja del patio a bordar lo de otras, durante cincuenta años, mientras alguien la miraba desde la mesa de fórmica y creía que estaba esperando.

Lo de la silla no era esperar. Era mirar.

Llegué a Palma a las siete y media de la tarde.

La dirección la tenía de la carta de admisión: una calle del casco antiguo, cerca de Santa Eulàlia. Fui andando desde el puerto, que son cuarenta minutos, y llegué con la última luz.

El taller no existe.

Ya lo sabía. Lo había buscado desde el ordenador de la cocina de mi abuela y sabía perfectamente lo que iba a encontrar: el convento se cerró en los años noventa, el taller de restauración se disolvió antes, en el ochenta y seis, y el edificio se vendió y se rehabilitó en 2004.

Lo que hay ahora, en el número que ponía en la carta, es una tienda de ropa. De una marca sueca. Con el escaparate iluminado, dos maniquíes con abrigos de entretiempo, y dentro tres chicas doblando jerséis en una mesa y música puesta.

Me quedé en la acera de enfrente un rato.

Las tres chicas doblaban jerséis con una técnica. Eso lo vi enseguida, porque es mi oficio: hay una manera de doblar en estas tiendas, con una tabla de plástico, y sale una pila perfecta donde todas las prendas tienen el mismo ancho. Lo hacían rápido, hablando entre ellas, sin mirarse las manos.

Y me hizo gracia amarga, ahí de pie en una calle de Palma, pensar que en aquel local, hace cincuenta años, había cinco o seis mujeres inclinadas sobre un tapiz reintegrando una trama del siglo XVII, y que ahora hay tres chicas de veintipocos doblando jerséis con una tabla de plástico, y que las dos cosas son trabajo con las manos, y que a las de ahora tampoco las nombra nadie, y que dentro de cincuenta años tampoco quedará ninguna prueba de que estuvieron ahí.

Y creo que se espera de mí que diga que sentí una cosa terrible, y no la sentí. Estuve buscándomela, además, por si acaso; me quedé allí de pie a la espera de la pena que tocaba, la de «mira lo que había aquí y mira lo que hay ahora».

Y lo que pensé, mirando aquel escaparate, fue: el edificio está bien rehabilitado.

La carpintería exterior es la buena, la de madera, restaurada y no sustituida.

En la planta baja han dejado a la vista dos arcos de marés que alguien decidió no tapar, y alguien discutió por eso en una reunión, y ganó.

Y luego pensé lo otro, lo cual es me llevo.

Que aunque el taller siguiera abierto, aunque hubiera subido tres escalones y hubiera encontrado a cinco mujeres restaurando un tapiz con una luz de norte, no habría servido de nada.

Porque el sitio no era el sitio: el sitio era el 15 de octubre de 1974 y una mujer de veintinueve años bajando de un barco a las seis de la mañana con una maleta y un dechado de treinta y una puntadas debajo del brazo.

Eso no lo hay en ninguna calle. Eso pasó o no pasó, y no pasó.

Estuve allí unos diez minutos. No lloré, no toqué la pared, no hice ninguna de esas cosas. Le hice una foto al portal, con el escaparate y todo, porque a mi madre le iba a interesar más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Después bajé por la calle hasta una plaza pequeña, me senté en una terraza y pedí una cerveza y unas aceitunas, y saqué el billete de 1974 del bolsillo y lo puse encima de la mesa de mármol, apoyado en el vaso.

Y le hablé, que es una cosa que no he hecho en mi vida y que aquella noche me pareció lo más natural del mundo.

Le dije que ya estaba. Que había venido, que estaba en su calle, que el taller ya no existe y que el edificio está bien arreglado. Que su nieta lo había traído en el bolsillo de la chaqueta en un ferry que sale a las once y media y tarda ocho horas.

Y le dije que el lunes subía a Moraira-alt, y que la primera fase son cuatro casas, y que hay que empezar por las que no se ven desde la era.

Un camarero me preguntó si quería otra. Le dije que sí.

Volví a Dénia en el barco de la noche, el que sale a las once y llega a las siete de la mañana, y esa parte sí que la recomiendo: la cubierta de un ferry a las tres de la madrugada en octubre, con el ruido de las máquinas y nadie más fuera, es uno de los sitios más limpios en los que he estado.

Llegué a las siete y diez de la mañana del viernes, que era el día treinta y uno y el último del plazo del testamento.

Bajé por la pasarela con la maleta pequeña y el billete de 1974 en el bolsillo interior, con esa cara de barco que se le queda a uno después de ocho horas de máquinas, y el puerto de Dénia a las siete y diez de la mañana estaba haciendo lo que hace siempre a las siete y diez de la mañana: trabajando desde hacía dos horas.

Y desde la pasarela, a doscientos metros, vi el varadero con la puerta corredera abierta del todo y a dos hombres moviendo un carro por la rampa.

Miré la hora. Faltaban tres horas y cincuenta minutos para la marea.

Me fui al piso de Teulada a dejar la maleta, me duché, me cambié y volví. No deshice nada. La maleta se quedó en el recibidor de aquel piso, de pie, cerrada, hasta la noche.

Y en el coche, bajando otra vez hacia el puerto por la carretera de la costa, con el pelo mojado y sin haber dormido, hice una cosa que no había hecho en todo el mes: pensé en la mujer que llegó aquí hace veintinueve días.

Aquella llegó un miércoles a la una del mediodía con un coche de alquiler, una maleta para una semana, unos guantes de algodón blanco y un medidor láser.

Tenía una sociedad esperándola en Madrid, un piso de cuarenta y ocho metros que parecía la foto de un piso y cinco amigas a las que veía cuatro veces al año.

Sabía preparar una casa para que once personas lloraran delante de una cuna alquilada.

No sabía hacer mermelada, ni lijar al hilo, ni cuál era el criterio de los hilos de su abuela, ni el nombre de la mujer que vende huevos en el mercado de los jueves.

Y llevaba ocho años sin poder mirar de frente una llamada de cuatro minutos.

Esa mujer se iba a marchar de aquí el viernes por la mañana con la herencia arreglada y el informe entregado. Estaba todo previsto y todo tenía sentido.

Aparqué en la explanada a las diez y veinte, cuarenta minutos antes de la marea, y me senté en un noray a esperar como una idiota.