Las ocho vidas de Lucía Capítulo 36
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Capítulo 36

Los dos últimos días los dediqué a despedirme bien, que es una cosa que nunca había hecho y que resulta que lleva su tiempo.

Lo pensé el lunes por la noche, después del pleno, haciendo la lista en el cuaderno de hule: a los veintiséis me fui de este pueblo dejando media hoja debajo de un bote de lápices.

Hace un mes me fui del entierro de mi abuela sin tomarme el café.

Y hace tres semanas me fui de casa de Rosario a los once minutos con una llamada inventada.

Yo no sé irme. Sé escaparme, que es distinto y se nota luego.

Así que hice una lista y la fui cumpliendo, como una condición más.

Rosario.

Subí el martes a las once y me quedé hasta las cuatro. Comimos, y esta vez me tomé dos cafés y una copita de un licor que hace su cuñada y que sabe a hierbas y a gasolina, y vimos el concurso, y contestó las de geografía.

A las tres y media le dije lo que había venido a decirle.

—Rosario, quiero darle las gracias por lo de hace ocho años.

Ella hizo un gesto con la mano, el de espantar moscas.

—Ay, calla.

—No. Escúcheme un momento y luego no lo vuelvo a decir. —Dejé la taza—. Usted le hizo la primera a las siete de la mañana durante dos meses. Y la segunda a las once. Y usted tenía setenta y un años. Y yo estaba en Lisboa.

Rosario se quedó mirando el mantel.

—Es que ella era mi amiga, hija —dijo, muy sencillo—. Cincuenta y dos años. Uno no hace cuentas con eso.

—Ya. Pero yo sí las tengo que hacer.

—Bueno. Pues ya las has hecho. —Se levantó a por la cafetera, y ya de espaldas, con esa manera suya de decir lo importante mientras hace otra cosa—: Y ahora te las quitas de encima, que si no, no sirve de nada. Lo que se debe, se paga andando.

Le dejé mi teléfono apuntado con letra grande en un papel pegado al lado del fijo, con «LUCÍA» y debajo «MORAIRA-ALT». Y le dije que la llamaría los jueves.

La llamo los jueves.

La casa.

Bajé el miércoles por la mañana a la notaría y le dije a don Ernesto Camps que quería dejar constancia de una cosa.

—Usted dirá.

—Que no la vendo.

Levantó las cejas por encima de las gafas.

—Eso no requiere ninguna constancia, señora Serra. Basta con no venderla.

—Ya. —Me reí—. Es que quiero que quede escrito en algún sitio.

—Señora Serra, en treinta años nadie me ha pedido que dé fe de una cosa que no va a hacer.

—Pues ya era hora.

Me miró un momento y luego, con una amabilidad que no le había visto en un mes, cogió un papel de su mesa, escribió cuatro líneas a mano y me lo dio.

—Tenga. Esto no tiene ninguna validez.

—Ya lo sé.

—Ninguna en absoluto. —Se recolocó las gafas—. Si un día se arrepiente y la vende, este papel no le va a impedir nada.

—Ya lo sé, don Ernesto.

—Es que me gustaría que constara que se lo he dicho. —Suspiró—. Su abuela también me hacía escribir cosas que no valían para nada.

En el papel ponía: «Con fecha de hoy, Lucía Serra manifiesta ante mí su intención de conservar la vivienda sita en Baix la Mar heredada de doña Amparo Serra Bordes. Sin efectos jurídicos». Y su firma.

Lo tengo en el mismo marco que el presupuesto, en el pasillo de arriba.

Cerré la casa el miércoles por la tarde: bajé las persianas menos la del patio, vacié la nevera, corté el agua y dejé el gas. Y luego hice el recorrido al revés, de arriba abajo, mirando cada cuarto.

Y aquí hay una cosa profesional, que es la única manera que tengo de contar esto sin ponerme pesada.

Cuando yo cierro una casa después de un trabajo, hago siempre el mismo recorrido y busco siempre lo mismo: lo que se ha quedado fuera de sitio.

Un cojín torcido, una cortina mal caída, una marca en el suelo donde estuvo un mueble alquilado.

Lo llamamos «la pasada final» y se hace con la luz apagada y la del móvil encendida, porque así se ven las sombras.

Hice la pasada final en la casa de mi abuela el miércoles a las siete de la tarde, y por primera vez en doce años no busqué lo que estaba fuera de sitio.

Busqué lo que estaba en su sitio.

El cuarto de costura, con la ventana nueva funcionando y las dos hojas cerrando a la vez, el bastidor con la eme y la ge, el dedal boca abajo y la viruta en el alféizar.

El de mi madre, con la ropa colgada y el cuaderno de espiral en el cajón, que yo no he abierto y que no voy a abrir.

El dormitorio pequeño, con la colcha de nido de abeja, y el somier que suena en do y que sigue teniendo el colchón de cuando Franco, porque el de Ondara no lo he comprado todavía: está en una lista de ocho partidas, y esa lista tiene una mano de obra pendiente de hablar.

Abajo, el molinillo en el mármol, al lado del fuego, donde estuvo siempre.

La pastora en el aparador y la lata de galletas vacía detrás.

El cajón de madera con el fieltro verde y los botones ordenados por tamaño.

La silla desparejada de Salva. Y en el patio, el limonero, que hay que podar en febrero.

Y en la mesa de la cocina, la caja azul.

El sobre nueve.

Lo preparé el miércoles por la noche, sentada donde llevaba un mes sentándome.

Compré el papel en la papelería de la plaza, que es de las que quedan pocas: papel verjurado, grueso, por unidades, del mismo tipo que el del sobre ocho, y me lo vendieron uno suelto porque le expliqué para qué era y a la señora le pareció bien.

Escribí el número y el título en el frente. Con mi letra, que no se parece a la de contar hilos y que ya no se parece tampoco a la de trabajo:

9.

Y nada más. Sin título. Porque no lo sé todavía, que es exactamente lo que pone en la carta ocho.

Lo puse de pie en la caja, detrás del ocho, y cerré la tapa, y le enderecé el tirador de latón.

La caja no me la llevo. Se queda en esta casa, encima de la mesa de la cocina, que es donde ha estado siempre. Yo he tenido veintiocho días para leer ocho cartas y me parece que eso ya está hecho.

Berta.

Fui al horno el miércoles a las nueve menos cuarto, a la hora de la fregona y el vermut.

—Ya me han dicho —dijo, subiendo la persiana lo justo—. Que te vas a Moraira-alt.

—El lunes.

—Ya. —Sacó los dos vasos sin preguntar—. ¿Y la casa?

—No la vendo.

—Vale. —Sirvió—. Eso me lo dijo ayer Rosario. Quería oírtelo a ti.

Nos sentamos en los taburetes. Y le dije lo que había venido a decir, que era lo mismo que le había dicho a Rosario pero en otro idioma, porque con Berta hay que ir por otro sitio.

—Oye. Voy a necesitar cuatrocientos y pico kilos de pan al mes durante dos años.

Levantó una ceja.

—¿Para quién?

—Para las cuadrillas. Son entre nueve y catorce hombres arriba, según la semana, y no hay nada en veinte kilómetros. Almuerzo y bocadillo. —Bebí—. Te lo digo en serio, no es un favor. Va con factura y del presupuesto de la obra. Lo he mirado.

Berta se me quedó mirando un momento largo.

—Eres muy mala persona —dijo.

—¿Por qué?

—Porque sabes perfectamente que esto no me lo puedo permitir rechazar y que además me viene de perlas en enero. —Se rio, y esta vez la risa no se le cortó a los cuatro segundos—. Y porque así tengo que llamarte cada dos por tres.

—Ese es el plan.

—Ya lo sé que es el plan, Lucía. Se te ve venir desde el mercado. —Chocó su vaso con el mío, sin levantarlo, en la mesa—. Vale. Trae los papeles.

Mi madre.

La llamé el miércoles a las nueve de la noche y le conté lo del pleno.

—Treinta y un mil —dijo, porque mi madre va al grano por naturaleza y por generación—. Con eso allí vives.

—Con eso allí vivo.

—¿Y el piso de Madrid?

—Lo alquilo. Ya está puesto.

—Bueno. —Un mechero—. Pues mira.

Hablamos veinte minutos. De la carretera, del camino que está fatal, de las cuatro familias con derechos, que a mi madre le parecieron desde el primer segundo el problema principal y que probablemente lo sean.

De si arriba hay cobertura. De dónde voy a vivir mientras —de alquiler en un piso en Teulada, que ya lo tengo—, y de si voy a tener calefacción, que es la pregunta de todas las madres del mundo.

No hablamos de mi abuela ni una vez, y eso también me pareció bien.

Colgamos a las nueve y veinte.

Y a las once y cuarenta y tres, cuando yo ya estaba en la cama, me entró un mensaje suyo.

Sin texto. Una foto de una foto, hecha con flash y torcida, con el reflejo del cristal en una esquina y el dedo de mi madre en el borde de abajo.

En la foto hay una chica de diecisiete años sentada en la bancada de un llaüt, en un puerto que es este, con las piernas colgando por fuera y una camiseta blanca.

Tiene el pelo largo y liso y una mano en el borde de la barca, y está mirando al que hace la foto con los ojos entrecerrados por el sol y la boca en un principio de risa, esa risa de cuando alguien te está diciendo «no te muevas» y tú te vas a mover.

Es mi madre. Se le ven las cejas, que son las mías.

Y detrás, muy desenfocada, en el fondo, hay una mujer de pie en el pantalán con una bolsa en la mano y un pañuelo en la cabeza, mirando hacia otro lado.

Estuve mirando aquella foto veinte minutos.

Y no contesté nada, porque no había nada que contestar y porque ella no la había mandado para que yo contestara: la había mandado como se mandan las cosas en esta familia, que es dejándolas encima de la mesa y saliendo de la habitación.

Escribí a las doce y cinco:

«Es del llaüt del abuelo, ¿no?»

Y a las doce y siete contestó:

«Sí. Y esa de detrás es la que no se fue.»

Y a las doce y ocho, otro:

«Duerme, que mañana conduces.»