Las ocho vidas de Lucía Capítulo 35
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Capítulo 35

El pleno era a las siete y media y la junta vecinal a las ocho y media, en el mismo sitio y con la misma gente, que es como funcionan aquí las instituciones.

Mi punto duró once minutos. Se aprobó por unanimidad, que suena épico y que en realidad significa que cinco concejales votaron una cosa que el interventor ya había informado favorablemente en julio.

Tono leyó la propuesta con voz de acto oficial y se equivocó dos veces en el nombre del programa.

Yo estaba en la tercera fila, con la carpeta en las rodillas, escuchando cómo alguien decía en voz alta y en un salón de plenos «dirección técnica del programa de recuperación de Moraira-alt» seguido de mi nombre y mis dos apellidos.

Y no fue lo que esperaba.

No fue orgullo. Fue vergüenza, primero, una vergüenza física de las orejas, porque decir un nombre propio en voz alta en un salón con quince personas es una cosa muy expuesta.

Y detrás de la vergüenza, con un segundo de retraso, llegó lo otro: una tranquilidad enorme y muy sosa, como cuando encaja una pieza que llevas media hora forzando y de pronto entra sola.

Y pensé en el revés de las cosas. En las tres señoras de la exposición levantando la mano para darle la vuelta a la pieza y pararse a tiempo.

En la espiga girada del paño de altar de 1969, en la esquina de abajo a la derecha, y en las dos letras dentro de un rombo golpeadas en la cara oculta de un larguero de ventana.

Hay dos maneras de firmar. La de J. A. y la de Amparo Serra, que consiste en poner tu marca donde solo la ve el que desmonta la pieza cien años después. Y esta otra, la del salón de plenos, que consiste en que alguien lea tu nombre en voz alta delante de quince personas y de un acta.

La segunda no es mejor. Pero es la que faltaba en mi familia.

Amparín me apretó el brazo una vez, muy fuerte, sin mirarme.

A las ocho y media se vació el salón y se volvió a llenar. Y aquello ya no era un pleno: aquello era el pueblo.

Vinieron unas ciento veinte personas para un local con capacidad para setenta, con gente de pie en el pasillo y en la puerta, y un ruido de conversaciones que no bajaba con nada.

Estaban Salva, Berta y Vicent, Encarna la de los huevos, Rosario en la segunda fila con dos amigas, media cofradía y unos cuantos hombres del club náutico que se pusieron todos juntos al fondo, como los hombres del club náutico de cualquier sitio.

Nico llegó cuando ya había empezado y se quedó de pie contra la pared del lado izquierdo.

No nos habíamos visto desde el domingo por la mañana. Cruzamos los ojos una vez, dos segundos, y él levantó la barbilla un centímetro, que es el saludo de aquí, y yo hice lo mismo. Dos metros de pasillo y toda la gente del mundo en medio.

La promotora mandó a dos personas: la chica de comunicación de las gafas azules y un hombre de traje que resultó ser el director de expansión y que se pasó una hora y media diciendo «entendemos perfectamente su preocupación».

Y lo que pasó allí no fue una victoria.

Anunciaron un proyecto reducido. Treinta y una llaves en lugar de cuarenta y dos, en dos volúmenes de dos alturas en lugar de tres, con la lonja rehabilitada como restauración y un aparcamiento en superficie en lugar del subterráneo bajo la explanada.

Y el varadero se queda.

No lo dijeron así, claro. Lo dijeron en veinte minutos, con una lámina nueva y con una expresión que apunté literalmente porque es una obra maestra: «hemos reconsiderado la envolvente del proyecto para integrar la actividad marítima tradicional como un valor diferencial del emplazamiento». O sea: se queda.

Lo dijo, además, un hombre que no me miró ni una sola vez en toda la sesión, cosa que también dice bastante.

¿Por qué? No por mí. Esto es lo importante y a mí me costó dos días entenderlo del todo.

En la propuesta que presenté había setenta y ocho llaves y catorce inmuebles del casco, y de eso no queda absolutamente nada.

Lo que sí pasó es que cuando alguien pone por escrito, con superficies y con números, que el varadero es un activo y no un estorbo, un promotor tiene que decidir si lo derriba a sabiendas.

Y derribar a sabiendas cuesta reuniones.

Cuesta pleno, cuesta prensa comarcal —salió una nota en el periódico de la comarca el viernes, con la palabra «polémica»—, cuesta que el de urbanismo pida un informe de afecciones y que ese informe tarde. Cuesta calendario.

Y el calendario, que fue lo que me derrotó a mí el viernes, fue lo que salvó el varadero.

Lo salvó porque quitarlo salía caro en tiempo y dejarlo salía barato en dinero: se quedan con menos llaves, se ahorran la demolición y el traslado de la rampa, y encima pueden poner en el dosier la palabra «auténtico» sin que se les caiga la cara.

Eso es todo. Así se ganan estas cosas: no se ganan, se encarecen.

Hubo turno de preguntas y duró cincuenta minutos.

Preguntaron por los puestos de trabajo, por los meses de contrato, por si iban a subir los alquileres —«eso no depende de nosotros»—, por el agua, por los aparcamientos y por si podían poner una parada de autobús.

Vicent preguntó dos veces por lo de los puestos, con toda la razón del mundo.

Una señora preguntó por el ruido de las obras y otra por qué iba a pasar con las gaviotas, que es una pregunta que en cualquier junta vecinal de España hace alguien.

Y a la media hora se levantó un hombre de unos cuarenta y cinco años, con polo y con las manos de trabajar, y dijo una cosa que se quedó flotando toda la noche y que yo no me quito de encima desde entonces.

—Yo quería decir que a mí el hotel me parece bien —dijo—.

Que aquí parece que hay que estar en contra y yo estoy a favor.

Tengo un local en el carrer de la Mar cerrado desde hace seis años porque no hay quien lo alquile de octubre a mayo.

—Se giró un poco hacia la sala—. Y me alegro mucho de lo del varadero, ¿eh?

Que conste. Pero a mí, con la nave esa, no me arregla nadie nada.

A mí me arregla que en enero pase gente por delante de mi puerta.

Se sentó. Hubo un silencio corto y aplaudieron unos cuantos, no muchos, y a mí me dio la impresión de que aplaudían menos de los que estaban de acuerdo, lo cual es pasa siempre.

Y tenía razón. Esa es la parte que no cabe en ninguna propuesta de ocho páginas: que un pueblo no es una cosa, son tres mil personas con intereses distintos, y que la mujer de Madrid que viene un mes, se enamora del varadero y escribe un informe defendiendo lo auténtico no está en la misma habitación que un hombre con un local cerrado seis años.

Yo lo apunté aquella noche en el cuaderno de hule, ya en casa, con estas palabras: «Moraira-alt. No decidir nunca sola lo que es auténtico».

Salva se levantó al final. Se hizo un silencio de expectación, porque todo el mundo sabía que Salva llevaba una hora cargando.

—Yo solo quiero que conste una cosa —dijo—. Que hace cuatro semanas eso de ahí era un solar y ahora es un valor diferencial. —Se sentó—. Nada más.

Se rieron ochenta personas.

Y cuando se acabó, a las diez y cuarto, salimos todos a la plaza y pasó lo que pasa aquí siempre, que es que nadie se va a su casa. Se quedó la gente de pie en corros y alguien fue a buscar unas sillas y a los diez minutos había cuatro botellas y un plato de almendras que nadie sabe de dónde salió.

Y a las once menos veinte apareció Berta con dos bandejas de pastissets de boniato, todavía calientes, hechas en el obrador aquella misma noche entre el pleno y la junta.

—¿Y esto? —dije.

—Es que si salía mal no las sacaba —dijo, dejando las bandejas encima de un banco—. Y si salía bien, había que tener algo.

Aquello fue lo más parecido a una fiesta que ha tenido este pueblo en septiembre desde las fiestas.

Yo estuve allí hasta las once y media. Me felicitaron unas treinta personas, la mitad por lo de Moraira-alt y la mitad por lo del varadero, y a las que me felicitaron por lo del varadero les dije la verdad, que no había sido yo, y no me creyó ninguna.

Rosario se puso a mi lado y no se movió en cuarenta minutos, y a todo el que se acercaba le decía «esta es la nieta de la Serra», con un orgullo tan poco disimulado que me tuve que ir dos veces a por bebida para que no se me notara la cara.

Encarna, la de los huevos, me apuntó en un papel el nombre de un hombre de Benissa que trabaja la piedra seca «y que es el único que queda que lo hace bien, dile que vas de mi parte».

Vicent me preguntó, muy serio, si en Moraira-alt iba a haber trabajo para cuadrillas de aquí, y le dije que sí, y me dijo «pues eso», y se fue tan contento, y a la media hora volvió con un primo.

Tono se puso a explicarle a todo el mundo lo del fondo europeo con una versión progresivamente más heroica de su propio papel en la solicitud de 2023.

Y a Nico lo vi a lo lejos, en el otro extremo de la plaza, con Salva y con Ximo, que había bajado para la ocasión con su bastón y su boina.

Estuvo allí una hora y no se acercó. Yo tampoco.

Y hubo, eso sí, un momento. A eso de las once, alguien de la cofradía levantó un vaso y dijo en voz alta «¡por el varadero!», y se juntaron treinta personas en el brindis, y en mitad del jaleo yo miré hacia allí y él estaba mirando hacia aquí.

Levantó el vaso un centímetro. Yo levanté el mío.

Eso fue todo, y fue bastante.

A las once y media cogí el carrer para arriba, y a mitad de camino, por hacer tiempo antes de entrar en casa, me desvié hacia la explanada.

El varadero estaba cerrado y a oscuras, pero la puerta grande, la corredera, estaba echada solo hasta la mitad, como la deja siempre porque el cierre no llega.

Miré dentro por la abertura.

La barca de Salva estaba donde tenía que estar, terminada, con la banda de babor pintada y esperando el remolque del miércoles.

Y al fondo del todo, en la zona de la penumbra donde llevaba once años, la otra barca ya no estaba tapada con la lona.

Estaba movida. La habían sacado del rincón y la habían puesto en dos caballetes nuevos, en el centro del hueco, con la proa hacia la puerta.

Tenía la lona doblada encima de un bidón, y una lámpara de trabajo con pinza sujeta al caballete de proa, apagada.

Alrededor, en el suelo, el orden inconfundible de un trabajo empezado: una sierra de mano, dos sargentas, un cubo, y en el banco de al lado, dos piezas de madera curva recién cortadas, claras, sin envejecer, con el canto todavía limpio.

Cuadernas nuevas.

Cuatro metros y medio de barca podrida en la que nadie había tocado nada en once años, con dos cuadernas nuevas cortadas y esperando.

Nadie se lo había encargado. Nadie iba a pagárselo. No había, en aquel pueblo ni en toda la comarca, una sola persona con menos motivos que él para pasarse el invierno arreglando una barca de cuatro metros y medio que era de una mujer muerta y de un hombre muerto antes que ella.

Me quedé mirando aquello por la abertura de la puerta corredera, en la explanada, a las once y media de la noche, con el ruido de la plaza llegando de lejos.

Y no entré.

Cerré la puerta un poco más —le di un empujón para que quedara donde suele— y subí a casa por el carrer, despacio, con las manos en los bolsillos.