Las ocho vidas de Lucía Capítulo 34
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Capítulo 34

Abrí el sobre ocho el domingo a las siete de la tarde, sentada a la mesa de la cocina, con las ventanas abiertas y las manos limpias.

Antes hice tres cosas, y las tres las hice a propósito.

Me lavé las manos, con jabón y cepillo, porque venía del varadero y tenía disolvente en los dedos y aquel papel llevaba cincuenta años sin tocar nada sucio.

Puse la mesa: la despejé entera, quité el hule para dejar la madera y la limpié con un paño seco.

Y abrí las nueve ventanas de la casa, que llevaban abiertas desde las ocho de la mañana pero que había cerrado a mediodía por el viento.

Ninguna de las tres cosas hacía falta. Las hice porque llevo doce años preparando espacios para que ocurra algo dentro, y aquella era la primera vez que lo hacía para mí sola y sin que viniera a verlo nadie.

El sobre pesaba distinto que los otros siete. Eso ya lo sabía desde el primer día: se notaba al pasarle el canto, un peso que no es de papel. Lo abrí levantando la solapa, que no estaba pegada, y metí dos dedos y saqué lo que había dentro.

Un rectángulo de cartón amarillento, del tamaño de un naipe grande, con una franja azul en el borde superior y un ancla estilizada impresa en la esquina.

COMPAÑÍA TRASMEDITERRÁNEA DÉNIA – PALMA DE MALLORCA 11 OCT 1974 — SALIDA 23:00 h BUTACA CLASE 2.ª — ASIENTO 14

Sin picar. Con una arruga en diagonal, muy marcada, de las que hace un papel que se dobla y se desdobla muchas veces.

Y una tira de papel, recortada a tijera de un folio, con siete palabras y un punto:

Esta no puedo escribirla yo.

Eso es todo lo que había en el sobre número ocho.

Lo puse todo encima de la mesa: el billete a la izquierda, la tira de papel a la derecha, el sobre vacío entre los dos. Y me quedé sentada delante mucho rato, sin tocar nada, con las manos en el regazo.

Después me levanté, subí al cuarto de costura y bajé con la carpeta marrón.

Puse las cinco cosas en fila junto al billete: el borrador con tachaduras de marzo del setenta y cuatro, la carta de admisión a nombre de Empar Roig, el carné con su nombre verdadero, la hoja de las cuentas a lápiz y la lista con «con lo del ajuar de los Bordes, llego».

Seis papeles en una mesa de cocina.

Y ahí, viéndolos todos juntos por primera vez, entendí la mecánica entera de aquella caja, que llevaba un mes funcionando delante de mis narices.

Los siete primeros sobres son míos. Son siete vidas que yo escribí y ella guardó, y cada una viene con una condición que me obligaba a vivirla tres días.

Eso lo montó una mujer que tenía todo el invierno para pensar y que sabía exactamente lo que iba a producir cada instrucción: que la de la vida perfecta me humillaría, que la vida pequeña me gustaría, que los tres días sola me romperían.

No hay una sola instrucción en esa caja que sea inocente.

Y el octavo no es mío. El octavo es suyo, y es el único que no tiene condiciones.

Porque no hace falta. La condición del sobre ocho eran los siete anteriores.

Esta no puedo escribirla yo.

Estuve un rato pensando en lo que no dice esa frase, lo cual es más me impresiona de mi abuela y lo que menos se puede explicar a alguien que no la conoció.

No dice «esta te toca a ti», que sería un empujón.

No dice «tú puedes», que sería una taza de desayuno.

No dice «sé feliz», ni «vive la vida que yo no viví», ni ninguna de las cuarenta frases que se podrían haber escrito ahí y que habrían convertido todo el mes en un chantaje precioso.

Dice lo que se puede demostrar: que hay una vida que ella no puede escribir. Y punto.

Y al lado pone un billete de barco de 1974 sin picar, que es un objeto y no es una metáfora, y que dice todo lo demás sin decir nada, que es como decían las cosas las mujeres de esta familia.

A las ocho y media me hice una tortilla, y a las nueve estaba otra vez en la mesa, y a las nueve y cuarto empecé.

Cogí un folio del bloc que había comprado para el informe. Y arriba, con mi letra recta de trabajo, escribí:

8. La vida que aún no sé que existe.

Y me quedé una hora en blanco, que es lo que hay que decir para que esto sea verdad. Una hora exacta con el bolígrafo en la mano.

Porque yo he escrito ocho vidas en mi vida y las ocho las escribí para que las leyera alguien: siete para una mujer con un bastidor a tres metros y una para nadie, en un patio, a los veintiséis.

Es un género que domino. Sé escribir una vida como se escribe un proyecto: con su idea, su título, su imagen y su remate.

Escribí tres principios y taché los tres.

El primero empezaba «Vivo en una casa de piedra con vistas al mar», y lo taché a la cuarta palabra porque no es verdad y porque en Moraira-alt las casas miran al sureste y el mar es una raya al fondo, y porque la mujer que escribió eso era la de quince años poniendo lo que queda bien.

El segundo empezaba «Por fin he entendido que lo importante no es», y lo taché entero con una raya que rompió el papel, porque en cuanto una frase empieza así ya sé de qué sitio viene: viene de las frases que se dicen en las cenas para que la mesa asienta.

Y el tercero decía: «Me quedo». Dos palabras.

Lo taché porque es mentira, y porque tardé un rato en darme cuenta de por qué me había salido: pory eso es lo que se escribiría en una novela.

Es lo que hace la protagonista. Deja Madrid, se queda en el pueblo con el carpintero y se acaba el libro con una boda en la era.

Y a mí no me han ofrecido quedarme. A mí me han ofrecido un trabajo a cuarenta minutos, y ese trabajo es lo mejor que me ha pasado en doce años, y si escribo «me quedo» estoy escribiendo otra vez una vida para que quede bien contada.

Porque aquella noche la carta no era una promesa ni un ejercicio. Era una cosa que iba a pasar el lunes por la mañana en un pleno, en un ayuntamiento de un pueblo de la costa, con dos años de camino malo por delante y treinta y un mil euros brutos.

Escribí a las diez y veinte. Sin correcciones, casi de un tirón, y lo transcribo aquí entero porque es lo único mío de todo este mes que merece la pena guardar.

La vida que aún no sé que existe.

El lunes voy a decir que sí.

Dos años arriba, en doce casas sin cubierta y una era. Con el camino como está. Cobrando treinta y un mil, que da para vivir aquí y no da para vivir como vivo, y no pasa nada.

La primera fase son cuatro casas y no seis, y hay que empezar por las que no se ven desde la era.

Voy a aprender a hacer las cosas y no solo a decidir cómo se hacen. No todas, que no me da la vida y que para eso está la gente que sabe. Pero algunas. Este año, dos: mortero de cal y piedra seca.

Voy a bajar los fines de semana que pueda, y no todos, porque los que se prometen todos no baja ninguno.

Voy a llamar a mi madre los domingos. Yo. Y le voy a contar cosas que no tengan solución.

No voy a vender esta casa. Va a estar aquí, con la lista de pendientes en el cuaderno y ocho partidas por comprar, y en febrero hay que podar el limonero.

Y voy a escribir la carta nueve.

Pero esa la escribo cuando la sepa. Y no la voy a escribir sola.

Firmé abajo. Con las dos cosas: nombre y dos apellidos.

Después metí el folio en el sobre ocho, con el billete y con la tira de papel de mi abuela, y cerré la solapa metiéndola por dentro, como estaba.

Y lo puse de pie en la caja azul, en su ranura, el último de los ocho.

Cerré la tapa. Le di la vuelta al tirador de latón para que quedara recto, cosa que llevaba un mes haciendo sin darme cuenta.

A las once y veinte llamé a Amparín, aunque era domingo y aunque era tarde.

—Digo que sí.

—Ay, gràcies a Déu. —Un ruido de tele apagándose—. ¿Y estás segura, hija?

—No.

—Bueno. —Se rio—. Eso también vale.

A las once y media llamaron a la puerta.

Era Rosario, en bata, con una linterna apagada en la mano y la cara de quien lleva media hora mirando una luz encendida desde el balcón de enfrente.

—Es que he visto la cocina —dijo—. Y he pensado: o le pasa algo o está escribiendo.

—Estaba escribiendo.

—Ay. —Entró sin que la invitara, que es lo suyo, y se paró en seco al ver la mesa: la caja azul, el sobre abierto, el billete de cartón amarillento apoyado en el salero y seis papeles en fila—. ¿Eso es lo del barco?

—Eso es lo del barco.

Rosario se sentó en la silla desparejada, la de Salva, y estuvo mirando aquel billete un rato largo sin tocarlo. Le puse una manzanilla. No dijo nada durante tres minutos, que en ella es una eternidad geológica.

—Once de octubre —leyó al final, entrecerrando los ojos—. Del setenta y cuatro. —Chascó la lengua—. Pues ese octubre yo tenía a mi Vicente con dos años.

—¿Y se acuerda de aquel otoño?

—Me acuerdo de que tu bisabuela estuvo dos años en esa cama de arriba y de que tu abuela no bajó a la calle más que a comprar.

—Se ajustó la bata—. Y de que un día, en la pescadería, alguien le preguntó si no se aburría, así, sin mala idea.

Y ella dijo: «Yo tenía otra cosa que hacer y ya está hecha».

—¿Eso dijo?

—Eso dijo. Y las demás nos callamos, porque cuando tu abuela ponía esa voz no se le preguntaba. —Bebió—. Y ahora resulta que la otra cosa era esto.

Estuvimos un rato calladas. Fuera pasó una moto.

—¿Y tú qué estabas escribiendo?

—La carta ocho.

Rosario levantó las cejas.

—¿No estaba escrita?

—No. Esta la escribo yo. —Le di la vuelta al folio para que lo viera y no le dejé leerlo, y ella tampoco lo intentó—. Es la única de las ocho que no estaba escrita.

Rosario se quedó mirando el folio bocabajo, y luego a mí, y luego otra vez al folio, y se le fue poniendo en la cara una cosa que tardé un segundo en reconocer porque no se la había visto nunca a ella: entendimiento.

—Ay, la Amparo —dijo—. Qué mala idea tenía. —Y se rio, con la boca cerrada, con los ojos brillantes—. Qué mala idea tenía y qué bien se le daba.

Se fue a las doce menos veinte, con la linterna encendida para cruzar los seis metros de calle que la separan de su portal.

Después estuve un rato en la cocina, recogiendo los papeles de la carpeta marrón.

Y entonces me acordé de la fecha del sobre, esa que llevaba escrita muy pequeña en la esquina de abajo y que yo había leído un mes antes sin entender nada: 3 de marzo.

Cuatro meses antes de morirse.

Los otros siete sobres no llevan fecha. Los otros siete los fue rotulando ella a lo largo de veinte años, según los iba guardando.

El ocho lo preparó el 3 de marzo, un martes, y a partir de ahí ya no hay más papeles en esta casa con su letra: el testamento con la línea manuscrita es de finales de marzo, y en el cuaderno de cuentas la última página con letra es de dos años antes.

Es decir: aquella mujer, en marzo, con setenta y tantos años, ya muy mal, cogió un sobre bueno del cajón, escribió un título que era una frase mía sin serlo, metió dentro un billete que llevaba cincuenta años guardando y recortó una tira de papel con siete palabras.

Y luego se murió en julio sin decirle nada a nadie, y dejó que un notario me lo entregara todo en una caja azul con un tirador de latón.

En mi oficio, cuando una casa está bien preparada, el cliente no ve el trabajo: entra, mira alrededor y cree que aquello estaba así.

Aquella noche, recogiendo seis papeles de la mesa de la cocina, me di cuenta de que la mejor profesional que he conocido en mi vida no cobró jamás por esto, y de que llevaba un mes entero moviéndome por dentro de un espacio que ella había vestido para mí.

Con una diferencia, que es la única que importa y que tardé todo el mes en ver.

Yo preparo casas para que la gente compre una vida que no existe. Le quito a un piso todas las huellas de los que estuvieron antes, pongo una manta doblada en un tercio y tres limones en un cuenco, y consigo que una mujer llore delante de una cuna alquilada.

Ella no me quitó nada. Al revés: me puso delante todo lo que había —una casa con las cosas donde estaban, cuarenta y seis cajas etiquetadas, un pueblo entero con nombres y apellidos, un hombre que sabía en qué cajón está el paño bueno y siete cartas escritas por mí que yo llevaba veinte años sin querer leer— y me obligó a estar dentro tres días cada vez.

Y luego dejó el sitio vacío para que escribiera yo.

Subí a acostarme a las doce menos cuarto y me dormí como no me dormía desde los veintitantos, y a las siete de la mañana del lunes me levanté sin despertador, me puse la camisa buena y bajé al ayuntamiento.