Capítulo 33
Bajé al varadero el domingo por la mañana con el folio del buzón en el bolsillo, y no como excusa: como recibo.
Era temprano, las nueve y poco, y el puerto un domingo de finales de septiembre está en ese estado raro en que ya no hay turistas y todavía no hace frío.
Nico estaba dentro, solo, con la barca de Salva, poniéndole la primera mano de pintura al casco por la banda de babor.
Lo vi desde fuera un rato antes de entrar, por la abertura de la pared, como una cobarde.
Entré. Levantó la vista y no paró.
—Buenos días.
—Buenos días.
Y no dijo nada más, y eso es lo que hace él, y esta vez me tocaba a mí. Seguí de pie a tres metros y saqué el folio del bolsillo y lo dejé encima del banco de trabajo, doblado en tres como estaba.
—He venido a decirte cuatro cosas —dije—. Y luego me voy, si quieres.
—Di.
Y las dije. En orden, y sin adornos, que es la única manera en que se puede decir esto y la que me costó tres semanas aprender.
—La primera. Cuando llegué, ya tenía el encargo. Me lo dieron el martes en Madrid y el jueves estaba en la notaría. Vine a hacer dos cosas y no dije nada, y eso no fue un descuido: fue una decisión, la tomé en un despacho de Chamberí en cuatro segundos, y la mantuve tres semanas.
Nico dejó la brocha en el borde del bote.
—La segunda. Le mandé fotos del frente marítimo a mi jefa la noche del día que volví de casa de Rosario, y once de esas fotos las hice yo con este teléfono, y en tres de ellas sale tu taller.
Y después las borré del chat para no verlas.
Y el domingo, después de estar aquí contigo, mandé un informe que decía lo que ellos querían oír.
—Ya lo sé.
—Ya lo sé que lo sabes. Pero no te lo he dicho yo hasta ahora, y esa es la diferencia.
Se limpió las manos en el trapo, despacio, y se quedó apoyado en la barca, esperando.
—La tercera. El jueves llamé a Ximo por teléfono y estuve cuarenta minutos preguntándole cosas del oficio sin decirle por qué.
El viernes me metí en una videollamada con los inversores y les presenté otra cosa.
Setenta y ocho llaves repartidas por el casco, la lonja de recepción, cuatro casas de alquiler estable, y el varadero como está y donde está, con un convenio y una escuela taller.
—Cogí aire—. Y no ha servido para nada. Van a hacer lo que traían.
Y el jueves que viene mi jefa firma una sociedad en la que iba a estar mi nombre y ya no está.
Nico no dijo nada. Pero se le movió algo en la cara, y no fue alivio, ni triunfo: fue otra cosa, más incómoda.
—¿Te han echado?
—No. Me han quitado la sociedad. Sigo teniendo mi trabajo, y ese es el chiste. —Me encogí de hombros—. No te lo cuento para que me des las gracias, que no me las tienes que dar. El hotel se hace igual. Te lo cuento porque quiero que sepas dónde estoy, y esta vez de la primera a la última.
—Vale.
—Y la cuarta.
Y aquí es donde tuve que parar un segundo, porque llevaba ocho años sin decir esto en voz alta y dos días ensayándolo y ninguna de las dos cosas sirve.
—Hace ocho años mi abuela me llamó a Madrid, en septiembre, para pedirme que viniera un mes a echarle una mano con la cadera.
Yo le dije que tenía un proyecto muy grande y que no podía moverme.
—Tenía la voz peor de lo que esperaba y seguí igual—.
No tenía ningún proyecto. Me fui tres días a Lisboa a un encuentro de esos de contactos, con una azotea y una copa.
Y dejé que Rosario, con setenta y un años, le vaciara los orinales a mi abuela durante dos meses.
Y que la mujer del horno le subiera la compra los martes con siete meses de embarazo.
Y que tú subieras a las once de la noche después de cerrar aquí.
Se hizo un silencio de esos que en un cobertizo de uralita se oyen.
—Eso es lo que hay —dije—. Y no vengo a que me digas nada. Vengo a decírtelo yo antes de irme, porque llevo un mes viviendo en una casa donde todo el mundo sabía la mitad de esto y nadie me lo ha echado en cara ni una vez, y eso no hay quien lo aguante.
Nico estuvo un rato mirándose las manos.
Y luego dijo la única cosa que podía haber dicho:
—Ya lo sabía.
—¿El qué?
—Lo de que no había proyecto. —Levantó la vista—.
Aquel octubre estuvo aquí un tío de Madrid, del taller ese que hace muebles de barco, ¿cómo se llama...
el de Ibiza? Bueno, da igual. Un tío del gremio, que había estado en unas jornadas en Lisboa, y contando cosas dijo el nombre de tu estudio y dijo que había ido una chica de Dénia.
—Se miró la herramienta que tenía en la mano—.
Y yo lo até. Porque en este pueblo somos así de tontos.
Me tuve que sentar en el bidón.
—¿Y se lo dijiste?
—No. —Muy rápido—. Eso no.
—¿Nunca?
—Nunca. —Cogió la brocha, la volvió a dejar—. Y no me des las gracias tampoco a mí, que yo no lo hice por buena persona. Lo hice porque si yo se lo digo, ella se queda sin la única cosa que decía en voz alta cuando iba a comprar el pan.
Nos quedamos los dos ahí, en un cobertizo con olor a pintura, con el mar sonando fuera.
—Te voy a decir una cosa que a lo mejor no te sirve —dijo, al rato—.
Aquel octubre yo subía a las once. Y ella, algunas noches, cuando ya la había dejado en la cama, me decía: «¿Ha llamado la nena?
». —Se limpió el pulgar en el trapo—. Y yo le decía que no lo sabía, porque no lo sabía.
Y ella decía: «Ya llamará, que tiene mucho lío».
—Para.
—No, escucha, que esto es lo que quiero decirte.
—Levantó una mano—. Que no lo decía triste.
Yo entonces creía que lo decía triste y ahora creo que no.
Lo decía como quien dice que el pan está caro.
Era un dato. Su nieta tenía mucho lío. Y ella estaba orgullosísima de que su nieta tuviera mucho lío, porque en esta casa las mujeres no han tenido lío nunca: han tenido trabajo, que no es lo mismo.
Me tuve que apoyar en el banco.
—Eso es peor —dije.
—Ya lo sé que es peor. —Se encogió de hombros—. Por eso no te lo iba a contar.
—Ahora te digo yo lo mío —dijo.
—No hace falta.
—Sí hace falta. —Se apoyó en la barca—. Lo del otro día, lo que dijiste de que yo no te escribí nunca. Yo te contesté que me lo había pedido ella y eso es verdad, pero es verdad solo desde abril. Y tú lo dijiste bien: los otros siete años y medio no me lo pidió nadie.
—Nico...
—Déjame, que esto lo he pensado mucho y si me paras no lo digo.
—Cogió aire—. Yo, en la barca, te dije que mientras tú no supieras nada yo podía saber cosas de ti y no pasaba nada.
Y lo dije como si fuera una tontería. Y no es una tontería.
—Se pasó la mano por la boca—. Yo no te escondí lo de las cartas por respeto a tu abuela.
Te lo escondí porque mientras tú no lo supieras, yo podía mirarte sin que me miraras tú.
Yo no dije nada.
—Y así son ocho años —siguió, más bajo—.
Ocho años teniendo en la cabeza a una mujer que venía cuatro días en agosto, sabiéndome sus cartas, sabiendo lo de Lisboa, sabiendo lo del proyecto que no existía.
Y sin arriesgar ni un duro. —Sacudió la cabeza—.
Eso que tú me llamaste el otro día. Tú lo dijiste de quedarme en el pueblo, pero es que es de todo. Es de todo, Lucía.
Y hubo un momento —lo tengo clavado— en que los dos supimos que aquello era el punto exacto en el que uno de los dos podía cruzar los tres metros que había en medio.
Y no lo cruzamos.
No sé si fue prudencia o cobardía o algo mucho más sensato que las dos cosas.
Sé que él se quedó donde estaba, y yo me quedé donde estaba, y que estuvimos un rato así, y que en algún momento de ese rato la conversación se acabó sola porque ya estaba todo dicho y todavía no había nada que se pudiera decir encima.
Entonces Nico cogió la brocha, la mojó, la escurrió en el borde, y sin mirarme dijo:
—Si te vas a quedar, coge la otra y empieza por la proa.
Y me quedé.
Estuvimos una hora y cuarenta minutos pintando la banda de babor de la barca de Salva, él desde la popa hacia el medio y yo desde la proa, avanzando el uno hacia el otro, con esa pintura de imprimación que huele a hospital y que hay que dar en capa fina porque si cargas la brocha te chorrea.
Y hablamos poco, y de lo que se habla mientras se trabaja.
—Menos pintura.
—Ya.
—Más. Ahora te has quedado corta.
—Es que has dicho menos.
—He dicho menos, no nada.
A la media hora se me durmió el brazo derecho y me cambié de mano, y descubrí que con la izquierda lo hacía peor pero descansaba, y que se puede alternar, y que eso lo hace la gente que se pasa la vida haciendo cosas y no lo sabe nadie que se pase la vida en una silla.
A los tres cuartos de hora entró Salva, miró su barca, dijo «esta imprimación es la buena» y se fue.
Al rato le pregunté una cosa que llevaba tres semanas queriendo preguntar y que hasta ese día no me había parecido que tuviera derecho:
—¿Cuánto tarda una barca entera? Una de estas.
—¿De cero?
—De cero.
Nico se quedó un momento con la brocha en el aire.
—Depende de lo podrida que esté. Una de siete metros, con las cuadernas partidas y el forro a medias, mil doscientas horas. Y eso trabajando bien, con la madera preparada y sin parar a esperar piezas.
—Mil doscientas.
—Más o menos. —Siguió pintando—. La gente cree que lo caro es la madera. Lo caro es que la madera hay que ponerla dos veces: una para ver cómo va y otra para que se quede.
Lo apunté en algún sitio de la cabeza donde apunto ahora las cosas que voy a necesitar dentro de un año.
Y a la hora y veinte nos encontramos en el centro de la banda, con las dos zonas de pintura fresca a punto de tocarse, y hubo que ajustar el remate, que es una operación de precisión: hay que dar la última pasada larga con la brocha casi seca para que no se note la unión.
—Esto lo haces tú —dijo.
—¿Yo?
—Es una sola pasada. De un tirón, sin parar. Si paras, se ve.
Me dio su brocha, que estaba mejor cargada que la mía, y se apartó dos pasos.
Y la di. Una sola pasada, de un tirón, desde el final de mi zona hasta el principio de la suya, con el brazo entero y sin respirar, y salió limpia. Sin marca. No se veía dónde acababa una y empezaba la otra.
Nos quedamos los dos mirando aquel metro de casco pintado.
—Ya está —dijo.
Y esa fue toda la conversación que tuvimos sobre lo nuestro.
Recogimos. Lavé las brochas en el bidón con el disolvente, que es un trabajo asqueroso y que él me dejó hacer, y creo que me dejó hacerlo a propósito. A las once y cuarto me sequé las manos en un trapo y cogí mi chaqueta.
El folio seguía encima del banco, doblado en tres.
—Me lo llevo —dije.
—Es tuyo.
—¿Puedo pedirte una cosa?
—Depende.
—El zócalo del patio. —Me colgué la chaqueta del brazo—. No lo hagas tú solo. Espera a que yo esté.
Nico se quedó un momento con el bote de pintura en la mano.
—Vale —dijo.
Y yo me fui, con las manos oliendo a disolvente y sin haberle tocado ni una vez.