Capítulo 32 #2
—Casas —dijo ella, sin dudar—. Con gente dentro. Todo el año. Y que las cuatro que están hundidas no se caigan del todo antes de que nos dé tiempo.
Volví a mirar las hileras. Y sin querer, con esa parte de mí que no se apaga nunca, empecé a contar: la de la izquierda tiene la crujía entera y se puede hacer en fases.
Las dos del fondo comparten medianera y se pueden unir.
El lavadero da agua y el agua ordena el orden de las obras.
La primera fase son cuatro, no seis, y hay que empezar por las que no se ven desde la era, porque si empiezas por la que más luce, todo el mundo cree que ya está hecho y se acaba el apoyo.
Llevaba una hora allí y ya tenía la primera fase en la cabeza.
A las siete, cuando ya bajaba la luz y Amparín se había metido otra vez a fisgar el lavadero, nos sentamos los dos en el borde de la era, en las losas, uno al lado del otro con medio metro en medio y el mar al fondo, que desde allí es una raya.
—Yo me equivoqué el miércoles —dije.
—Los dos.
—No. Escúchame, que esto lo voy a decir entero y me está costando.
Tú te equivocaste en la mitad de lo que dijiste y yo en nada.
Todo lo que me dijiste era verdad. —Me miré las manos—.
Y lo que yo te dije al final, lo de que tú eras el vecino, eso no era ni verdad ni discusión. Eso fue por hacer daño.
Nico estuvo callado un rato, mirando la raya del mar.
—Ya lo sé —dijo—. Por eso funcionó.
Y ahí me reí sin querer, con un ruido feo, y él sonrió tres cuartos hacia dentro, y estuvimos otro rato callados con medio metro entre los dos y sin cerrarlo, y ninguno hizo el gesto, porque los dos sabíamos que aquello todavía no estaba y porque el sitio donde estábamos sentados era el motivo exacto por el que iba a ser difícil.
—Nico.
—Qué.
—El lunes tienes reunión con ellos.
Se giró. Y por primera vez desde que le conozco vi en aquel hombre una cosa que no había visto ni en la ruptura: cansancio.
—Ya me han dicho que lo sabías. —Se pasó el dorso de la mano por la boca—. Lo sabe hasta el del estanco.
—No te estoy pidiendo explicaciones.
—Ya. Pero te las voy a dar, que si no vas a estar dándole vueltas hasta noviembre. —Cogió aire—. Sí, he pedido reunión. La pedí el jueves.
—Vale.
—Y sí, me van a ofrecer dinero. Ochenta o noventa mil, calculo, que es lo que se paga por un traspaso de esos metros.
Y sí, con eso yo pago la residencia de mi padre cuatro años sin pensar en nada más.
—Miró hacia el mar—. Eso lo he tenido en la cabeza desde agosto, todas las noches, y no se lo he dicho a nadie de este pueblo porque en cuanto lo digo aquí ya no hay marcha atrás.
—Nico, si lo haces, yo...
—Voy a decirles que no.
Lo dijo así. Sin subir la voz, en el borde de una era, mirando una raya de mar.
—El lunes voy a pedirles reunión formal, con el de la cofradía delante, y les voy a decir que el arrendamiento no se traspasa, y les voy a pedir que lo pongan por escrito en el convenio para que dentro de cuatro años no venga otro a preguntármelo.
—Se frotó la nuca—. Que es lo que tenía que haber hecho en agosto y no hice.
—¿Y tu padre?
—Mi padre lleva dos años sin saber quién soy.
—Y ahí sí se le rompió una sílaba, y la recompuso—.
Pero yo sí sé quién es él. Y aquel hombre vendió una barca para que yo estudiara, y no se puede pagar una residencia vendiendo lo único que le queda de él a los mismos que se lo iban a llevar de todas formas.
No dije nada, porque no había nada que decir.
—Y voy a tener que buscarme la vida de otra manera —añadió, más práctico, ya recompuesto—.
Con más encargos de fuera. Con embarcaciones de museo, que eso lo pagan bien y hay cuatro sitios en toda España que lo hacen.
—Se encogió de hombros—. Igual acabo trabajando en Palma dos meses al año. Fíjate qué gracia.
—Nico, eso está a...
—A un ferry. Ya lo sé. —Y se rio, corto, hacia dentro—. Me lo he mirado.
—Cuarenta y cinco minutos —dijo, al final.
—Cuarenta y cinco.
—Vale.
Bajamos con la luz de las siete y media, él delante con la furgoneta y nosotras detrás con el Panda. En una de las curvas, Amparín, sin apartar los ojos de la carretera, dijo:
—Tu abuela vino aquí en los ochenta a ver una colcha.
—¿Aquí?
—A la casa de los Pastor, en Ondara, digo, cuando ya se habían bajado. —Cambió de marcha—. Tenían una colcha de las de antes y querían que se la arreglara. Y ella les dijo que no.
—¿Por qué?
—Porque decía que aquella colcha había que dejarla como estaba. —Se encogió de hombros—. Que no todo lo viejo hay que arreglarlo, que algunas cosas hay que saber pararlas donde están.
Se fueron a la una.
Bueno: los tres se habían ido a la una y Amparín me devolvió a casa a las ocho menos cuarto. Y fue entonces cuando hice la única cuenta que quedaba por hacer, y no era la del sueldo.
Moraira-alt está a cuarenta minutos de aquí.
Cuarenta minutos por una carretera de curvas que en invierno se hace en cincuenta.
No hay nada arriba: doce casas sin cubierta, un lavadero y una era.
No hay agua corriente en ocho de las doce.
La primera fase son dos años, y dos años de una obra así no se dirigen bajando los fines de semana: se dirigen viviendo allí o en el pueblo de al lado, con las botas puestas, arriba, todos los días, a las siete y media de la mañana, discutiendo con cuadrillas y con cuatro familias cabezotas.
Y a cuarenta minutos y bajando está un hombre con un arrendamiento de un varadero que expira el treinta y uno, que lleva once años diciendo que no a irse, cuya vida entera está atada con cuerdas viejas a cuatrocientos ochenta metros de nave junto a una rampa de hormigón que un plano llama «superficie a liberar».
Cuarenta minutos.
En Madrid, cuarenta minutos es ir a trabajar.
Aquí, cuarenta minutos por una carretera de curvas, con dos vidas que empiezan a las siete de la mañana en dos sitios distintos, es exactamente la distancia a la que dos personas se dicen «nos vemos el sábado» durante cuatro meses y luego dejan de decírselo.
Y hay una cosa peor, que es la que me tuvo hasta las cuatro de la tarde sentada en aquella silla.
Que yo no puedo pedirle que suba.
Porque yo, hace tres días, en su propio taller, le llamé cobarde por quedarse.
Y si ahora subo con una oferta debajo del brazo y le digo «vente conmigo, deja el varadero», entonces todo lo que le dije aquella tarde deja de ser una discusión y se convierte en un plan.
Y yo no le he dicho a ese hombre que su vida está mal para venir a proponerle la mía.
Y él no puede bajar a pedirme que me quede aquí, tampoco. Porque ese hombre no le ha pedido nada a nadie en su vida, y menos que dejen un trabajo con su nombre en el cartel.
Estuve un rato mirando el folio del buzón, que estaba encima de la mesa desde el día anterior.
Poda limonero febrero (Salva tiene escalera).
Febrero. Un hombre que apunta febrero en un presupuesto no está haciendo cuentas: está diciendo que cuenta contigo.
Y yo acababa de encontrar el trabajo de mi vida a cuarenta minutos de él.
Estuve hasta las once de la noche haciendo lo que hago, que es una tabla.
En una columna, Madrid: cincuenta y cuatro mil, el estudio, el piso de Chamberí, doce años de cartera, un puesto que sigue siendo mío y del que Olga no me ha echado.
En otra, Moraira-alt: treinta y uno, dos años, un camino malo, cuatro familias cabezotas, doce casas y mi nombre en un cartel de obra de esos de chapa que se ponen a la entrada, con el logo de la Unión Europea y las letras negras.
Y en una tercera columna, que empecé a escribir y no supe cómo titular, puse una sola línea: cuarenta minutos de curvas.
La miré un buen rato.
Y en ningún momento de aquella noche —ni en ninguna de las noches siguientes— consideré seriamente pedirle a nadie que decidiera por mí, y que tampoco consideré, ni un segundo, rechazar Moraira-alt para quedarme a cuarenta minutos menos de un hombre.
Y eso no es fortaleza. Es que lo tengo aprendido a base de leerlo ocho veces en la letra de una cría de doce, trece, catorce, quince, dieciséis y diecisiete años, y una vez en la de una mujer de veintiséis que no llegó al noveno renglón.
En esta familia las mujeres no nos hemos ido nunca con nadie. Nos hemos ido solas, o nos hemos quedado solas, y lo que no hemos hecho jamás es contárselo a la siguiente.
Apagué la luz de la cocina a las once y veinte.
Y desde el rellano, antes de subir, miré la caja azul encima de la mesa, con su tirador de latón y su portaetiquetas y un solo sobre de pie dentro.
—Ya voy —dije.
Y esta vez sabía perfectamente a quién se lo decía.