Capítulo 32
Vinieron el sábado por la mañana, los tres juntos, y yo pensé que venían a echarme la bronca.
Es lo que pensé al abrir la puerta y verlos: Tono con su carpeta de plástico, Salva con las manos a la espalda, y una mujer de unos sesenta años a la que no conocía, con el pelo corto y unas gafas colgadas del cuello, que resultó ser Amparín —sí, Amparín, en este pueblo hay cuatro Amparos por generación— y que preside la asociación de vecinos desde hace once años.
—¿Podemos pasar? —dijo Tono.
Puse café. Se sentaron los tres a la mesa de la cocina, muy formales, y hubo dos minutos de conversación de tiempo y de riuà antes de que Amparín se cansara.
—Vamos a lo que vamos —dijo—. Tono nos ha enseñado lo que mandaste.
Miré a Tono.
—¿Lo que mandé?
—Lo que le mandaste a la chica de comunicación —dijo él, muy digno—. Ella se lo mandó al arquitecto, el arquitecto se lo enseñó al de urbanismo para consultarle una cosa de las alturas, y el de urbanismo se lo enseñó a mí. Que aquí los papeles circulan, Lucía, ya lo sabes.
Salva soltó una risa por la nariz.
—Ocho páginas —dijo Amparín, sacando de una carpeta mi propuesta impresa, con marcas de rotulador fluorescente en tres colores distintos, cosa que me produjo un vértigo profesional que no sabría describir—. Con lo de las cuatro casas de alquiler.
—Eso no lo van a hacer.
—Ya lo sabemos, hija. Eso no lo hacen ni locos. —Se puso las gafas—. Pero es lo que llevamos nosotros seis años pidiendo en el pleno y nadie nos hace caso porque lo pedimos nosotros. Y aquí está escrito con números, con superficies y con eso de… —buscó en la hoja— «horizonte de quince años».
—Es un cálculo de servilleta.
—Está muy bien hecho —dijo Tono, con una lealtad conmovedora hacia un documento que no entendía.
Y entonces Amparín dejó los papeles y me miró de frente.
—Bueno. Nosotros venimos a otra cosa. ¿Tú sabes lo de Moraira-alt?
No lo sabía.
Me lo contaron entre los tres, quitándose la palabra, durante veinte minutos, y a mí me llevó otros veinte poder decir algo.
Moraira-alt es un núcleo de doce casas y una era, a unos cuarenta minutos de aquí, subiendo.
Fue de secano y de almendro. Se quedó vacío del todo en los años setenta, cuando la gente bajó a la costa, y desde entonces está ahí: doce casas de piedra con las cubiertas caídas en cuatro de ellas, un lavadero, una era empedrada de veinte metros de diámetro y un camino que se hizo intransitable en 2019.
Es propiedad municipal desde 1994, por una cesión que nadie sabe explicar del todo.
Y hay dinero.
—Fondos europeos —dijo Amparín, con la precisión de quien lleva años peleando esto—. Una línea de recuperación de núcleos rurales abandonados, para rehabilitación con destino residencial y de servicios. Se pidió en 2023 y se concedió el año pasado. Setecientos veinte mil euros.
—¿Y no se ha hecho nada?
—Se ha hecho el proyecto de la primera fase y se ha ejecutado la mitad del camino. —Tono, avergonzado—. Y ahí se paró. Porque el arquitecto municipal tiene ochocientas cosas, y porque esto no lo puede llevar un arquitecto entre expedientes. Esto necesita a alguien todos los días arriba.
—Y con la cabeza de esto —dijo Amparín, dando dos golpes en mis ocho páginas—.
Porque el dinero es para rehabilitar, no para hacer bonito.
Y hay que decidir qué se hace con cada casa, y para quién, y en qué orden, y hablar con las cuatro familias que todavía tienen derechos ahí, que son unas cabezotas.
—Yo no soy arquitecta.
—Ya lo sabemos. La dirección de obra la lleva el arquitecto municipal, que firma. Nosotros hablamos de dirigir el proyecto. Programa, criterio, gestión y las personas. —Se quitó las gafas—. Que es lo que has hecho aquí en tres semanas sin que nadie te lo pidiera.
Salva, que llevaba diez minutos callado, que es su récord, dijo:
—Y las casas te las va a arreglar gente de aquí. Que hay dos cuadrillas buenas.
—¿Cuánto tiempo? —pregunté.
—Dos años. La primera fase, dos años. —Tono sacó un papel—. Con posibilidad de prórroga, dice aquí.
—¿Y el sueldo?
Y aquí se miraron los tres, y Amparín tuvo la decencia de decírmelo sin adornarlo.
—Treinta y un mil brutos. Con contrato del ayuntamiento y una parte por la línea del fondo. Y no hay dietas ni coche ni nada, y el camino está fatal hasta que se termine el tramo.
Treinta y un mil.
Yo tengo cincuenta y cuatro más variable, y acababa de perder una sociedad.
—Y una cosa más —dijo Amparín—, que la dejo para el final porque para nosotros es lo importante y a lo mejor a ti te da igual.
—Dígame.
—El proyecto llevará el nombre de quien lo dirija.
En el convenio, en los carteles de obra y en la memoria final que se manda a Europa.
—Se puso otra vez las gafas y leyó, de un papel, muy despacio, porque quería leerlo bien—: «Dirección técnica del programa de recuperación». Y ahí va un nombre y dos apellidos.
Y ahí me tuve que levantar y darles la espalda, con la excusa de coger el café, porque no me dio la gana llorar delante de tres personas a las que había mentido durante un mes.
Un nombre y dos apellidos.
Mi abuela bordó cincuenta años y sus piezas llevan el escudo de otras familias, las iniciales de otras novias y el nombre de una parroquia.
Mi madre limpió casas con el nombre de la empresa en la bata y ahora lleva el de una farmacia.
Yo he vestido cuatrocientas casas y he salido en seis revistas donde no aparece mi nombre en ningún sitio, y mi abuela compraba esas revistas y le enseñaba las cortinas a Rosario diciendo «esto lo ha hecho la nena», que era la única manera que existía de que constara.
Serra. En un cartel de obra.
—¿Cuándo tendría que decir algo? —pregunté, todavía de espaldas.
—El lunes hay pleno. —Tono, con la voz precavida—. Si dices que sí, lo llevamos el lunes. Si dices que no, no pasa nada, ¿eh?, esto se busca de otra manera.
—¿Puedo subir a verlo?
Amparín se levantó como si llevara una hora esperando esa frase.
—Coge una chaqueta.
§
Subimos aquella misma tarde, ella conduciendo un Panda de 2007 con una fe absoluta en las curvas. Cuarenta minutos, y los últimos seis por un camino que efectivamente está fatal, con el tramo nuevo terminándose de golpe en mitad de la nada, como una frase que se corta.
Y luego se abre.
Moraira-alt está en una vaguada orientada al sureste, con almendros viejos alrededor y el mar al fondo, muy lejos, como una raya.
Doce casas de piedra seca, de una y dos alturas, dispuestas en dos hileras cortas a los lados de la era.
Cuatro sin cubierta, con las vigas caídas dentro y una higuera creciendo en el salón de una de ellas.
El lavadero, con su pilón de piedra entero, entero de verdad, con la piedra de fregar todavía inclinada en su sitio.
Y la era: veinte metros de diámetro de losas empedradas a mano, con el dibujo radial intacto, en el centro exacto del conjunto, y la hierba entrando por las juntas.
Al final del camino había una furgoneta blanca aparcada.
La conozco. La reconocí antes de acabar la curva, y Amparín, que no se entera de nada y se entera de todo, dijo «anda, mira» y no añadió una palabra más en los cuarenta metros que quedaban.
Estaba en el lavadero.
De pie dentro, en el hueco sin cubierta, con la cabeza hacia arriba mirando una viga, con las manos en los bolsillos.
Se giró al oír el motor y no se movió de donde estaba, y a mí me dio tiempo a bajarme del coche, a cerrar la puerta y a andar treinta metros pensando qué demonios se dice en una situación así.
—Hola —dije, desde fuera.
—Hola.
Amparín, que es un genio, anunció que se iba a ver la casa de los Pastor y desapareció por la hilera de abajo a una velocidad impropia de sus sesenta años.
Y nos dejó a los dos en un lavadero sin techo de un pueblo abandonado, a cuarenta minutos del sitio donde nos habíamos gritado el miércoles.
—¿Qué haces aquí?
—Ver el sitio. —Señaló la viga con la barbilla, y ahí me di cuenta de que llevaba un rato mirándola de verdad—. Eso es sabina. Y está entera. Después de cincuenta años sin cubierta encima, entera del todo. Eso ya no se ve.
—Nico.
—Sí. —Sacó las manos de los bolsillos—. He venido a ver dónde vas a estar.
Y no dijo nada más, y no hacía falta, porque un hombre que coge una furgoneta un sábado por la mañana y hace cuarenta y cinco minutos de curvas para pisar el sitio donde va a trabajar la mujer con la que se peleó el miércoles ya lo ha dicho todo.
Estuvimos una hora larga.
Recorrimos las doce casas. Él entraba delante en las cuatro que están sin cubierta, que es lo que hacen los que saben, y me iba diciendo cosas que apunté aquella misma noche y que tres meses después me repitió el arquitecto municipal palabra por palabra: que dos de las cuatro se salvan, que la tercera se puede consolidar y que la cuarta él la dejaría caer y la señalizaría, porque hay ruinas que ya son otra cosa.
En la número siete, la de la higuera dentro del salón, se paró.
—Esta hay que dejarla.
—¿La casa?
—La higuera. —Miró hacia arriba, al hueco del techo por donde salía—. Lleva más años ahí que tú y que yo. Si la quitas, la casa queda perfecta y no se acuerda nadie de ella.
Está en el acta. Lo puse en el acta, y sigue ahí, y va a seguir.
Estuve de pie en medio de aquella era mucho rato.
Yo he entrado en cuatrocientas casas. Sé lo que es un buen sitio: se sabe en cuarenta segundos, y no tiene que ver con las vistas.
Aquello es de los mejores sitios que he pisado en mi vida, y no por bonito.
Por inteligente. Doce casas colocadas donde el terreno las protege del viento de poniente, con las eras al sol, los aljibes recogiendo de las cubiertas, los muros de piedra seca aterrazando la ladera.
Nadie diseñó eso en un despacho: eso se corrigió durante trescientos años a base de ver qué se caía.
—Aquí vivían sesenta y ocho personas en 1950 —dijo Amparín, que había vuelto sin que la oyéramos—. En el setenta y siete se fue la última familia. Los Pastor.
—¿Y qué quieren ustedes que sea?